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27

La sombra en la noche

No lo comprendo —dijo Loial—. Estaba ganando casi todo el rato. Y entonces ha venido Dena y se ha sumado al juego y ha ganado todas las tiradas, todas. Lo ha llamado una pequeña lección. ¿Qué ha querido decir?

Rand y el Ogier caminaban por extramuros, dejando atrás el Racimo de Uvas. El sol, una roja bola que se ocultaba en el horizonte, proyectaba largas sombras a sus espaldas. La calle estaba desierta, con excepción de una de las grandes marionetas, un trolloc con cuernos de cabra con una espada al cinto, y de los cinco hombres que controlaban sus movimientos, pero los sonidos de júbilo se oían aún en otras partes del barrio, en donde se hallaban las salas de espectáculos y las tabernas. Aquí, las puertas ya estaban atrancadas y los postigos de las ventanas cerrados.

Rand dejó de manosear el estuche de madera de la flauta y se lo colgó al hombro. «Supongo que no podía esperar que tirara todo por la borda para venir conmigo, pero al menos podríamos conversar. ¡Luz, qué ganas tengo de que venga Ingtar!» Se puso las manos en los bolsillos y notó el tacto de la nota de Selene.

—No creo que… —Loial guardó silencio, incómodo— No creerás que ha hecho trampa, ¿verdad? Todo el mundo sonreía como si estuviera haciendo algo gracioso.

Rand se encogió de hombros debajo de la capa. «He de tomar el Cuerno y salir de aquí. Si esperamos a Ingtar, puede ocurrir cualquier cosa. Fain vendrá tarde o temprano. Debo tomarle la delantera». Los hombres que transportaban el títere se encontraban casi a su lado.

—Rand —observó de repente Loial—, no me parece que eso sea una…

De súbito los hombres dejaron caer las varas al suelo y, en lugar de derrumbarse, el trolloc dio un salto hacia Rand con las manos extendidas.

No había tiempo para reflexionar. Como un acto reflejo, desenvainó raudamente la espada: La luna se eleva sobre los lagos. El trolloc retrocedió a trompicones, chillando, y se desplomó con un rictus amenazador.

Por un instante todos permanecieron paralizados. Entonces los desconocidos, Amigos Siniestros sin duda, miraron alternativamente al trolloc tendido en la calle y a Rand, con la espada en las manos y Loial a su lado, y, girándose, echaron a correr.

Rand también observó al trolloc. El vacío lo había rodeado antes de que su mano tocara el acero; el saidin refulgía en su mente, insinuante, repugnante. Logró, no sin esfuerzo, ahuyentar el vacío y luego se mordió los labios. Sin la vacuidad, el miedo le recorría el cuerpo.

—Loial, debemos regresar a la posada. Hurin está solo y ellos…

Emitió un gruñido cuando un recio brazo lo levantó por los aires, un brazo tan largo que podía sujetar los dos suyos contra el pecho. Una peluda mano le atenazó la garganta. Percibió un hocico con colmillos justo encima de su cabeza, y un fétido olor agridulce, como de pocilga, le impregnó la nariz.

Tan velozmente como lo había aferrado, la mano le soltó la garganta. Estupefacto, Rand la miró y vio cómo los gruesos dedos del Ogier asían la muñeca del trolloc.

—Aguanta, Rand. —La voz de Loial sonaba tensa. La otra mano del Ogier agarró el brazo que aún tenía levantado a Rand—. Aguanta.

Rand fue zarandeado mientras el Ogier y el trolloc forcejeaban. De improviso cayó. Tambaleante, dio dos pasos para ganar espacio y regresó con la espada en alto.

De pie tras el trolloc de hocico de jabalí, Loial lo retenía por la muñeca y el antebrazo, manteniéndole los brazos abiertos, respirando afanosamente a causa del esfuerzo. El trolloc gruñía en la discordante lengua trolloc, echando la cabeza hacia atrás con intención de golpear a Loial con el hocico. Sus botas se arrastraban sobre la tierra de la calle.

Rand trató de encontrar un punto donde clavar la hoja al trolloc sin herir a Loial, pero Ogier y trolloc giraban tanto en su pulso de fuerza que no hallaba un lugar seguro.

Con un gruñido, el trolloc hurtó el brazo izquierdo, pero, antes de que consiguiera soltarse por completo, Loial le rodeó el cuello con el brazo y lo apretó contra sí. La criatura dirigió las garras a su espada en forma de guadaña, que pendía en su costado derecho. Centímetro a centímetro el oscuro acero fue deslizándose, saliendo de la vaina. Y todavía se movían tanto que Rand no podía atacar sin poner en peligro a Loial.

El Poder, eso serviría. Ignoraba cómo, pero no se le ocurría otro recurso al que recurrir. El trolloc tenía ya la espada medio desenvainada y, cuando la curvada hoja quedara desnuda, daría muerte a Loial.

Rand formó el vacío con renuencia. El saidin brillaba, llamándolo. Vagamente, rememoró un tiempo en que había cantado para él, pero ahora éste únicamente lo atraía, como cautiva el perfume de una flor a una abeja, o el hedor de un muladar a una mosca. Se abrió a él, le tendió las manos… y no halló nada. Era como si hubiera tratado de asir la luz normal. La infección se deslizaba en su interior, ensuciándolo, pero no había flujo de luz dentro de él. Impelido por una distante desesperación, lo intentó una y otra vez. Y, de nuevo, sólo encontró la contaminación.

Con un súbito empujón, Loial arrojó de lado al trolloc, con tanta fuerza que el monstruo fue a chocar de cabeza contra la pared de un edificio, por la que se deslizó hasta quedar tumbado con el cuello doblado. Loial permaneció quieto observándolo, con la respiración alterada.

Rand abandonó un momento el vacío antes de caer en la cuenta de lo ocurrido. Entonces, se desprendió del vacío y la infecta luz y se acercó presuroso a Loial.

—Nunca… había matado antes, Rand. —Loial inspiró, estremeciéndose.

—Te habría matado si no lo hubieras hecho tú —arguyó Rand. Lleno de ansiedad, miró las callejas y las puertas atrancadas y los postigos cerrados. Donde había dos trollocs, debía de haber más—. Siento que hayas tenido que hacerlo tú, Loial, pero nos habría dado muerte a los dos en el mejor de los casos.

—Lo sé, pero me repugna. Aunque sea un trolloc. —Señalando el sol poniente, el Ogier tomó el brazo de Rand—. Hay otro.

El resplandor del sol no le permitió a Rand distinguir los detalles, pero parecía tratarse de un nuevo grupo de hombres con un enorme títere, que caminaban a su encuentro. Ahora, sin embargo, ya sabía en qué había de centrar la atención: la «marioneta» movía las piernas con demasiada naturalidad y la hocicuda cabeza se alzaba para husmear el aire sin ninguna vara que la impulsara. No creía que el trolloc y los Amigos Siniestros pudieran verlos entre las sombras del crepúsculo, ni tampoco los cadáveres que yacían en la calle, pues se movían con excesiva lentitud. De todas maneras era evidente que buscaban algo y que cada vez se hallaban más cerca.

—Fain sabe que estoy por aquí —señaló, limpiando precipitadamente la hoja de la espada en la chaqueta del trolloc muerto—. Los ha enviado a buscarme. No obstante, teme que vean a los trollocs o de lo contrario no los habría disfrazado. Si podemos llegar a una calle donde haya gente, estaremos a salvo. Debemos ir a ver a Hurin. Si Fain lo encuentra solo con el Cuerno…

Se llevó a Loial hacia la siguiente esquina y dobló en dirección a los sonidos de música y risas más cercanos, pero, mucho antes de alcanzarlos, otro grupo de individuos apareció frente a ellos en la solitaria calle con una marioneta que no era tal. Rand y Loial tomaron el próximo cruce, que conducía al este.

En cada ocasión en que Rand trataba de llegar a la música y las risas, había un trolloc en su camino, a menudo husmeando el aire para detectar un olor. Algunos trollocs cazaban por medio del olfato. En algunos puntos, allí donde no había nadie que lo viera, un trolloc caminaba solo. Más de una vez tuvo la certeza de que se trataba de uno que ya había visto antes. Estaban estrechando el cerco, y asegurándose de que él y Loial no abandonaran las desiertas calles con sus postigos cerrados. Paulatinamente, ambos se vieron obligados a replegarse hacia el este, alejándose de la gente, de la ciudad y de Hurin, por estrechas callejas laberínticas sobre las que se cernía la oscuridad. Rand lanzaba pesarosas ojeadas a los altos edificios junto a los que pasaban, cerrados a cal y canto ante la inminencia de la noche. Aun cuando llamara a una morada, hasta que alguien abriera, incluso si los dejaran entrar, ninguna de las puertas que avistaba detendría a un trolloc. Lo único que conseguiría sería ofrecer más víctimas aparte de Loial y él.