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Ésta era una masa ardiente. La cama era una hoguera y las llamas cubrían parte del suelo. No podía arrastrarse allí. Tras ponerse en pie, corrió encorvado hacia el interior, arredrado por el calor, tosiendo y a punto de asfixiarse. De su húmeda chaqueta emanaba vapor, y un lado del armario estaba ardiendo ya. Abrió la puerta de golpe. Sus alforjas estaban adentro, aún a resguardo del fuego, con uno de los bolsillos abultado por el estandarte de Lews Therin Telamon. Vaciló por espacio de un instante. «Todavía podría dejar que se quemara».

El techo crujió sobre él. Agarró las alforjas y se arrojó hacia el umbral, donde aterrizó de rodillas en el preciso instante en que las ardientes vigas se desplomaban en el lugar que él había ocupado. Arrastrando su carga, se movió a ras del suelo hasta el pasillo. El piso temblaba a causa de las nuevas vigas que se venían abajo.

Los hombres que lanzaban cubos de agua ya no estaban en las escaleras cuando llegó a ellas. Bajó casi deslizándose hasta el siguiente rellano, donde se puso en pie y echó a correr a través del desierto edificio en dirección a la calle. Los espectadores lo observaron, con la cara ennegrecida y la chaqueta manchada de tizne, pero él continuó avanzando a trompicones hacia la pared de enfrente, en la que Loial había apoyado a Hurin. Una mujer le enjugaba la cara con un paño, pero éste todavía tenía los ojos cerrados y la respiración alterada.

—¿Hay una Zahorí en los alrededores? —preguntó Rand—. Necesita asistencia. —La mujer lo miró con rostro inexpresivo y él trató de recordar los otros nombres con que se conocía a las mujeres designadas como Zahoríes en Dos Ríos—. ¿Una Sabia? ¿Una mujer a la que algunos llaman Madre? ¿Una mujer que entiende de hierbas y curaciones?

—Yo soy una Lectora, si es eso a lo que os referís —explicó la mujer—, pero todo cuanto puedo hacer por este hombre es aliviar un poco su dolor. Me temo que tiene algo roto en la cabeza.

—¡Rand! ¡Eres tú!

Rand se volvió. Era Mat, que llevaba de las riendas a su caballo entre la multitud, con el arco colgado en bandolera. Un Mat cuyo rostro estaba pálido y arrugado, pero el propio Mat, que, aunque débilmente, sonreía. Y detrás de él estaba Perrin, con sus amarillentos ojos relumbrando con el fuego, los cuales disputaban al incendio el blanco de las miradas. E Ingtar, vestido con una chaqueta de alto cuello en lugar de la armadura, pero aún llevando la espada cuya hoja despuntaba por encima de su hombro. Rand sintió un escalofrío.

—Es demasiado tarde —les dijo—. Llegáis demasiado tarde. —Entonces se sentó en la calle y se echó a reír.

31

Tras la pista

Rand ignoraba que Verin estaba allí hasta que ésta le tomó la cara entre las manos. Por un momento advirtió preocupación en su cara, temor incluso, y luego sintió como si de repente lo hubieran mojado con agua fría, aun cuando no notara humedad alguna. Se estremeció súbitamente y paró de reír; entonces la Aes Sedai lo dejó para agazaparse junto a Hurin. La curandera la observaba con atención. Y lo mismo hizo Rand. «¿Qué está haciendo aquí? ¡Como si no lo supiera…!»

—¿Adónde fuisteis? —inquirió Mat con voz ronca—. Desaparecisteis sin más, y ahora estáis en Cairhien, de modo que habéis viajado más deprisa que nosotros. ¿Loial? —El Ogier se encogió de hombros con incertidumbre y lanzó una ojeada al gentío, agitando las orejas. La mitad de los mirones habían trasladado su atención en favor de los recién llegados. Algunos se aproximaban para escuchar. Rand tomó la mano que le tendía Perrin y se puso en pie.

—¿Cómo habéis encontrado la posada? —Miró a Verin, arrodillada y con las manos aplicadas sobre la frente del husmeador—. ¿Por medio de ella?

—En cierto modo —respondió Perrin—. Los guardias de la puerta querían conocer nuestros nombres y un tipo que salió del puesto de guardia dio un salto al oír el de Ingtar. Afirmó desconocerlo, pero su sonrisa denunciaba a la legua que estaba mintiendo.

—Creo que ya sé a quién te refieres —comentó Rand—. Siempre sonríe de esa manera.

—Verin le enseñó el anillo —intervino Mat— y le susurró algo al oído. —Con voz y aspecto enfermizos, esbozó empero una sonrisa. Rand nunca había reparado en la prominencia de sus pómulos—. No he podido oír lo que le dijo, pero no sabía si los ojos iban a saltarle de las órbitas o si iba a tragarse primero la lengua. De repente, se volvió un portento de solicitud. Nos comunicó que estabas esperándonos y el lugar donde te hospedabas. Hasta se ofreció a acompañarnos, pero realmente pareció aliviado cuando Verin declinó su ofrecimiento. —Exhaló un bufido—. Lord Rand de la casa al’Thor.

—Es una historia demasiado larga para explicarla ahora —dijo Rand—. ¿Dónde están Ino y los demás? Vamos a necesitarlos.

—En extramuros. —Mat frunció el entrecejo antes de proseguir lentamente—. Ino ha dicho que prefería quedarse allí que en el interior de las murallas. Por lo que alcanzo a ver, yo también preferiría estar con ellos. Rand, ¿Por qué vamos a necesitar a Ino? Es que… ¿los has encontrado?

Rand advirtió de improviso que aquél era el momento que había estado rehuyendo. Respiró hondo y miró a su amigo a los ojos.

—Mat, tenía la daga, y la he perdido. Los Amigos Siniestros han vuelto a robarla. —Oyó exclamaciones entre los cairhieninos que prestaban oídos, pero los pasó por alto. Podían seguir involucrándolo en su Gran Juego si así lo deseaban, pero Ingtar había llegado, y él había concluido por fin aquella comedia—. Sin embargo, no pueden estar muy lejos.

Ingtar, que había estado escuchando en silencio, se adelantó y agarró el brazo de Rand.

—¿La tenías? ¿Y el… —miró en derredor, al gentío congregado—, la otra cosa?

—También se lo han llevado —respondió con calma Rand.

Ingtar se propinó un puñetazo en la palma de la mano; algunos de los cairhieninos retrocedieron al advertir la ferocidad de su expresión.

Mat se mordió el labio antes de hablar.

—Como no sabía que la habíais encontrado, no es como si hubiéramos vuelto a perderla. Simplemente, continúa perdida. —Era evidente que hablaba de la daga y no del Cuerno de Valere—. Volveremos a encontrarla. Ahora tenemos dos husmeadores, pues Perrin es uno de ellos. Ha venido siguiendo el rastro hasta extramuros, desde que te esfumaste con Hurin y Loial. Pensé que tal vez te habías escapado… Bueno, ya sabes a qué me refiero. ¿Adónde fuisteis? Todavía no comprendo cómo nos sacasteis tanta ventaja. Ese tipo ha dicho que llevabais varios días aquí.

Rand miró a Perrin, azorado de que fuera un husmeador, y notó cómo éste lo examinaba a su vez. Le pareció que Perrin murmuraba algo. «¿Exterminador de la Sombra? Debo de haberlo oído mal». La amarillenta mirada de su amigo, que en apariencia guardaba secretos sobre su persona, retuvo su atención un momento. Diciéndose a sí mismo que eran imaginaciones suyas, que aún no estaba loco, apartó los ojos.

Verin estaba ayudando a levantarse a Hurin, el cual seguía temblando como una hoja.

—Me siento tan liviano como las plumas de un ganso —aseguraba—. Todavía algo cansado, pero… —Se interrumpió, al reparar en ella por primera vez y caer en la cuenta de lo sucedido.

—La fatiga persistirá unas horas —le informó la Aes Sedai—. El cuerpo debe esforzarse para curarse con rapidez.

—¿Sois una Aes Sedai? —inquirió en voz baja la Lectora cairhienina, poniéndose en pie. Verin inclinó la cabeza y la Lectora le dedicó una profunda reverencia.

Las palabras «Aes Sedai» produjeron una conmoción entre la hasta entonces pacífica multitud, dando paso a sentimientos que iban de la reverencia al miedo y de éste a la sensación de ultraje. Todo el mundo estaba observándolos ahora —ni siquiera Cuale prestaba atención a su posada— y Rand reflexionó que, a fin de cuentas, la prudencia no era desaconsejable.

—¿Tenéis alojamiento? —preguntó Rand—. Hemos de hablar, y no podemos hacerlo aquí.