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El murmullo de la conversación volvió a arreciar una vez más, y el malabarista hizo girar de nuevo sus aros formando una estrecha elipse que casi rozaba el techo de yeso. Los saltimbanquis no habían parado su espectáculo; una mujer, propulsada al aire por las manos de uno de sus compatriotas, mostró al girar una reluciente piel engrasada, a la luz de un centenar de lámparas, y aterrizó de pie en las manos de un hombre que permanecía erguido a hombros de otro. El primero la elevó, extendiendo los brazos, al tiempo que su compañero de abajo lo subía a él del mismo modo, y después la mujer alargó los brazos como en espera de aplausos. Ninguno de los cairhieninos pareció percatarse.

Verin e Ingtar se deslizaron entre los asistentes. El shienariano recibió algunas miradas recelosas; algunos observaban a la Aes Sedai con temor, otros con la expresión preocupada de quienes se hallan con un perro rabioso al alcance de la mano. Estos últimos eran con frecuencia varones, y entre las mujeres hubo algunas que acudieron a su encuentro para entablar conversación con ella.

Rand advirtió que Mat y Hurin ya habían desaparecido en las cocinas, donde todos los criados que habían llegado con los invitados permanecerían reunidos hasta que los llamaran. Confió en que no tuvieran dificultades para salir de allí.

—Rand —anunció Loial, inclinándose para hablarle casi al oído—, hay un Atajo cerca de aquí. Lo siento.

—¿Quieres decir que esto era una arboleda Ogier? —inquirió quedamente Rand. Loial asintió.

—El stedding Tsofu no había sido hallado todavía cuando levantaron la ciudad, de lo contrario los Ogier que construyeron Al’cair’rahienallen no habrían necesitado una arboleda para mantener vivo el recuerdo del stedding. Esto era un bosque cuando pasé la otra vez por Cairhien y pertenecía al rey.

—Probablemente Barthanes se lo arrebató mediante algún complot. —Rand recorrió con nerviosismo la estancia con la mirada. Todos charlaban aún, pero había más de una persona que los observaba a él y al Ogier. No veía a Ingtar. Verin se encontraba en el centro de un grupo de mujeres—. Ojalá pudiéramos quedarnos juntos.

—Verin lo ha desaconsejado, Rand. Dice que les causaría suspicacia y enfado que nos mantuviéramos apartados de ellos. Debemos evitar sospechas hasta que Mat y Hurin encuentren algo.

—He oído tan bien como tú lo que ha dicho, Loial. Pero continúo opinando que, si Barthanes es un Amigo Siniestro, debemos saber dónde nos encontramos. Ir por ahí cada uno por nuestra cuenta es exponerse a recibir un golpe en la cabeza.

—Verin piensa que no hará nada hasta que averigüe si podemos serle útiles. Limítate a actuar como nos ha indicado, Rand. Las Aes Sedai saben lo que se traen entre manos. —Loial caminó entre el gentío, reuniendo un círculo de señores y damas antes de haber dado diez pasos.

Otros hicieron ademán de acercarse a Rand, ahora que estaba solo, pero éste se volvió en otra dirección y se alejó presurosamente. «Puede que las Aes Sedai sepan lo que traen entre manos, pero yo no. No me gusta esto. Luz, ojalá supiera si estaba diciendo la verdad. Las Aes Sedai nunca mienten, pero la verdad que expresa una Aes Sedai no es siempre la que uno cree».

Continuó moviéndose para evitar hablar con los nobles. Había muchas otras salas, todas llenas de aristócratas, en las que se ofrecían distintos espectáculos: tres juglares diferentes con sus capas distintivas, más malabaristas y saltimbanquis, y músicos que tocaban flautas, vihuelas, salterios y laúdes, aparte de violines de cinco tamaños distintos, rectos, curvados o abarquillados, e instrumentos de percusión de diez clases diferentes, desde tambores a timbales. Dedicó más de una mirada a los que tocaban el cuerno, específicamente a los cuernos curvos, pero éstos eran de bronce sin lugar a dudas.

«No tendría el Cuerno de Valere aquí afuera, estúpido —se reprendió—. No a menos que Barthanes quiera llamar a los héroes fallecidos como parte del espectáculo».

Había incluso un bardo, que lucía unas botas adornadas con plata al estilo teariano y una chaqueta amarilla, y deambulaba entre las salas tañendo el arpa y deteniéndose de vez en cuando para declamar en Cántico alto. Miraba con aire desdeñoso a los juglares y no se paraba en las habitaciones donde éstos actuaban, pero Rand apenas advirtió diferencias entre él y los demás, salvo en el vestuario.

De improviso Barthanes se encontró caminando a su lado. Un criado con librea le ofreció de inmediato su bandeja de plata con una reverencia. Barthanes tomó una copa de vidrio soplado llena de vino. Caminando de espaldas ante ellos, todavía inclinado, el sirviente tendió la bandeja a Rand hasta que éste sacudió la cabeza y luego se fundió entre la muchedumbre.

—Parecéis inquieto —comentó Barthanes, dando un sorbo.

—Me gusta caminar. —Rand se preguntó cómo podía seguir los consejos de Verin y, recordando lo que había dicho acerca de su comparecencia ante la Amyrlin, adoptó la postura de El gato cruzando el patio. No conocía una manera de caminar más arrogante que aquélla. Barthanes frunció los labios y Rand pensó que tal vez la considerara excesivamente altanera, pero él no disponía más que de los consejos de Verin para desenvolverse, de modo que continuó con igual porte—. Es una fiesta magnífica —alabó, para suavizar la situación—. Tenéis muchos amigos, y nunca había visto tantos animadores.

—Muchos amigos —acordó Barthanes—. Podéis decirle a Galldrain cuántos, y quiénes. Es probable que algunos de los nombres lo sorprendan.

—No conozco al rey, lord Barthanes, ni creo que llegue a conocerlo.

—Desde luego. Fue sólo el azar el que os trajo a ese insignificante pueblo. Vos no realizasteis ninguna comprobación de los progresos de recuperación de la estatua. Una gran empresa.

—Sí. —Había vuelto a pensar en Verin, deseoso de que ésta le hubiera dado pistas sobre cómo hablar a un hombre que presumía que él estaba mintiendo—. Es peligroso enfrascarse en asuntos relacionados con la Era de Leyenda cuando se ignora lo que se hace.

Barthanes inspeccionó su vino, meditando como si Rand acabara dé emitir algún profundo juicio.

—¿Estáis afirmando que no apoyáis a Galldrain en esto? —preguntó al fin.

—Ya os he dicho que no conozco al rey.

—Sí, desde luego. No sabía que los andorianos fueran tan hábiles con el Gran Juego. Son pocos los que vienen a Cairhien.

Rand aspiró profundamente para contenerse y no decirle con mal tono que él no estaba participando en su juego.

—Hay muchas barcazas de grano procedentes de Andor en el río.

—Mercaderes y comerciantes. ¿Quién iba a fijarse en gentes de su especie? Sería lo mismo que reparar en los escarabajos de las hojas. —La voz de Barthanes expresaba igual desdén por escarabajos que mercaderes, pero una vez más frunció el entrecejo como si Rand hubiera insinuado algo—. No hay muchos hombres que viajen en compañía de Aes Sedai. Parecéis demasiado joven para ser un Guardián. Supongo que lord Ingtar es el Guardián de Verin Sedai.

—Somos quienes hemos afirmado que éramos —aseguró Rand, que a continuación esbozó una mueca. «Salvo yo».

Barthanes estaba escrutando la cara de Rand sin apenas disimulo.

—Joven, muy joven para llevar una espada con la marca de la garza.

—Tengo menos de un año —contestó Rand sin reflexionar, y de inmediato deseó no haberlo hecho. Aquello sonaba a sus oídos como una insensatez, pero Verin le había dicho que se comportara como lo había hecho ante la Sede Amyrlin, y ésa era la respuesta que Lan le había dado. Los hombres de las Tierras Fronterizas consideraban la fecha en que recibían su espada como el día de su bautizo.

—Curioso. Un andoriano, y sin embargo formado como un hombre de las Tierras Fronterizas. ¿O como un Guardián? —Barthanes entornó los ojos, examinando a Rand—. Tengo entendido que Morgase sólo tiene un hijo, de nombre Gawyn, me han dicho. Debéis de tener una edad cercana a la suya.