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La muchacha Ogier, que según la impresión de Rand no era mayor que Loial, los examinó un momento y luego sonrió.

—Sed bienvenidos al stedding Tsofu. —Su voz era asimismo una versión más delicada que la de Loial; el aleteo más silencioso de un abejorro de menor tamaño—. Yo soy Erith, hija de Iva, nieta de Alar. Sed bienvenidos. Hemos tenido tan pocos visitantes desde que los albañiles abandonaron Cairhien, y ahora tantos a la vez… Vaya, hasta vinieron algunos miembros del Pueblo Errante, aunque, desde luego, se fueron cuando los… Oh, hablo demasiado. Os llevaré junto a los Mayores. Sólo que… —Los recorrió con la mirada en busca del responsable del grupo y al fin detuvo los ojos en Verin—. Aes Sedai, os acompañan muchos hombres, y armados. ¿Seríais tan amable de dejar algunos afuera? Perdonadme, pero siempre es inquietante tener muchos humanos armados en el stedding.

—Por supuesto, Erith —contestó Verin—. Ingtar, ¿os ocuparéis de ello?

Ingtar dio órdenes a Ino y de ese modo él y Hurin fueron los únicos shienarianos que continuaron adentrándose en el stedding en pos de Erith.

Llevando el caballo de las riendas como los otros, Rand levantó la mirada cuando se aproximó Loial, lanzando frecuentes ojeadas a Erith, que se hallaba más adelante con Verin e Ingtar. Hurin caminaba en medio, observando estupefacto a su alrededor algo que Rand no alcanzaba a precisar.

¿No es hermosa, Rand? —preguntó Loial, inclinándose para hablar en voz baja—. Y su voz suena como un canto.

Mat exhaló un bufido pero, cuando Loial lo miró inquisitivamente, se apresuró a convenir con éclass="underline"

—Muy guapa, Loial. Un poco alta para mi gusto, compréndelo, pero muy guapa, no cabe duda.

Loial frunció el entrecejo con incertidumbre, pero asintió.

—Sí, lo es. —Suavizó la expresión—. Es agradable volver a estar en un stedding. No es que la añoranza se hubiera apoderado de mí, claro.

—¿La añoranza? —inquirió Perrin—. No lo comprendo, Loial.

—Los Ogier estamos anclados al stedding, Perrin. Dicen que antes del Desmembramiento del Mundo podíamos ir a donde quisiéramos y quedarnos tanto tiempo como deseáramos, al igual que los humanos, pero eso cambió con el Desmembramiento. Los Ogier quedaron dispersados como los otros pueblos y no podían volver a localizar ninguno de los steddings. Todo se había modificado, todo había mudado de lugar: las montañas, los ríos e incluso los mares.

—Todos sabemos lo que sucedió en el Desmembramiento —señaló con impaciencia Mat—. ¿Qué tiene que ver con esa… esa añoranza?

—Fue durante el exilio, mientras vagábamos perdidos, cuando nos asaltó la añoranza por vez primera. El deseo de sentir el stedding una vez más, de volver a sentirnos en casa. Muchos murieron a causa de ello. Cuando al fin comenzamos a hallar los steddings, uno tras otro, en los años del Pacto de las diez naciones, pareció que por fin habíamos superado la añoranza, pero ésta nos había transformado, había echado raíces en nosotros. Ahora, si un Ogier permanece mucho tiempo fuera del stedding, la añoranza lo asalta de nuevo; comienza a debilitarse y acaba pereciendo si no regresa.

—¿Necesitas quedarte aquí un tiempo? —preguntó ansiosamente Rand—. No es preciso arriesgar la vida para venir con nosotros.

—Lo sabré cuando se manifiesten los primeros síntomas —respondió, riendo, Loial—. Se producirán mucho antes de que pongan en peligro mi vida. Mira, Dalar pasó diez años entre los Marinos sin ver un stedding y regresó sana y salva a casa. —Entre los árboles apareció una mujer Ogier, la cual se detuvo a hablar un momento con Verin. Miró a Ingtar de arriba abajo con aire aparentemente desdeñoso, que hizo pestañear al señor shienariano. Paseó los ojos por Loial, Hurin y los muchachos de Campo de Emond, antes de volver a introducirse en la espesura; Loial parecía intentar esconderse detrás de su caballo—. Además —prosiguió, mirando cautelosamente por encima de la silla el lugar por donde se había marchado—, la vida en un stedding es aburrida comparada con viajar con tres ta’veren.

—Si vas a empezar otra vez con eso… —murmuró Mat.

—Con tres amigos entonces —rectificó Loial—. Sois mis amigos; al menos, eso espero.

—Yo sí —dijo Rand con sencillez.

Perrin asintió con la cabeza y Mat soltó una carcajada.

—¿Cómo no iba a ser amigo de alguien que juega tan mal a los dados? —.Levantó las manos en actitud defensiva cuando Rand y Loial lo miraron con expresión severa—. Oh, está bien. Me gustas, Loial. Eres mi amigo. Pero no sigas sacando a colación… ¡Aaah! En ocasiones tu compañía es tan insoportable como la de Rand. —Su voz se convirtió en un murmullo—. Al menos aquí en el stedding estamos a salvo.

Rand esbozó una mueca. Sabía a qué se refería Mat. «Aquí en un stedding, donde no puedo encauzar el Poder».

Perrin le propinó a Mat un puñetazo en el hombro, pero pareció arrepentirse de haberlo hecho cuando éste lo miró con su escuálida cara.

Lo primero que percibió Rand fue la música, una alegre melodía que flotaba entre los árboles, en la que participaban invisibles flautas y violines y profundas voces que cantaban y reían.

Limpiad el campo, alisadlo. Que no quede semilla ni rastrojo en pie. Aquí labramos, aquí nos esforzamos, aquí crecerán los espigados árboles.

Casi al mismo tiempo advirtió que la enorme forma que veía entre los árboles era también un árbol, con un asurcado tronco apuntalado que debía de tener un diámetro de quince metros. Boquiabierto, alzó la mirada entre las copas, hacia el ramaje que se extendía como el gigantesco casquete de una seta a unos ochenta metros del suelo. Y más allá se avistaban ramas aún más altas.

—¡Caramba! —exclamó Mat—. Con uno de éstos podrían construirse diez casas. ¡Cincuenta casas!

—¿Cortar un Gran Árbol? —Loial parecía escandalizado y enojado. Tenía las orejas rígidas y las cejas abatidas—. Jamás cortamos uno de los Grandes Árboles, a menos que muera, y no suelen hacerlo. Son pocos los que sobrevivieron al Desmembramiento, pero algunos de los mayores eran plantas de semillero durante la Era de Leyenda.

—Lo siento —se excusó Mat—. Sólo estaba calculado lo grande que era. No voy a hacer ningún daño a vuestros árboles.

Loial asintió, apaciguado en apariencia.

Entre la foresta aparecieron más Ogier. La mayoría de ellos parecían concentrados en lo que hacían; si bien todos miraban a los recién llegados e incluso realizaban amigables inclinaciones de cabeza, ninguno se detuvo ni habló. Tenían una curiosa manera de moverse, en la que se fundían extrañamente una meticulosa premeditación con una alegría despreocupada y casi infantil. Sabían quiénes eran y qué eran, conocían el lugar que ocupaban y parecían hallarse en paz consigo mismos y con todo lo que los rodeaba. Rand descubrió que le producían envidia.

Eran pocos los varones Ogier que superaran la estatura de Loial, pero era fácil distinguir los de más edad, pues todos llevaban sin excepción bigotes tan largos como sus colgantes cejas y estrechas barbas bajo la barbilla. Los más jóvenes eran barbilampiños, al igual que Loial. Muchos de los hombres iban en mangas de camisa y asían palas y azadones o sierras y cubos de resina; los otros llevaban sencillas chaquetas, semejantes a casacas, abotonadas hasta el cuello, que les llegaban hasta las rodillas. Las mujeres parecían tener gran afición a los bordados con flores y muchas se adornaban también el pelo con ellas. En las más jóvenes, los bordados estaban circunscritos a las capas, pero las de mayor edad también los lucían en los vestidos, y algunas de cabello gris tenían la ropa cubierta de flores y sarmientos de pies a cabeza. Buena parte de los Ogier, mujeres y chicas en su mayoría, parecían reparar especialmente en Loial, el cual caminaba mirando hacia adelante, agitando con mayor violencia las orejas a medida que avanzaban.