Moraine esbozó una sonrisa que no afectó a sus ojos.
—Todavía pensarán cosas peores de mí antes de que haya acabado. Volviendo a nuestro tema, Mat estará alborozado por ocupar un lugar tan prominente en la leyenda del Cuerno y me parece que no será difícil convencer a Perrin. Necesita algo que lo distraiga de sus preocupaciones. Rand sabe lo que es, en parte al menos, y siente temor por ello, claro está. Quiere marcharse a algún sitio donde esté solo, donde no pueda dañar a nadie. Dice que nunca volverá a esgrimir el Poder, pero no está seguro de poder contenerse.
—Y está en lo cierto. Sería más sencillo renunciar a beber agua.
—Exactamente. Y quiere librarse de las Aes Sedai. —Moraine esbozó una ligera y triste sonrisa— Si se le ofrece la posibilidad de dejar a un lado a las Aes Sedai y permanecer un poco más de tiempo con sus amigos, estarán tan entusiasmado como Mat.
—Pero ¿cómo va a dejar a un lado a las Aes Sedai? Tú debes viajar con él. No podemos perderlo ahora, Moraine.
—No puedo acompañarlo. —«Media una gran distancia de Fal Dara a Illian, pero él ha recorrido un camino casi tan largo»— Debemos soltarle el lazo por un tiempo. No hay otra alternativa. He ordenado quemar todas sus viejas ropas. Han existido demasiadas oportunidades para que algún hilo de sus vestimentas cayera en manos inadecuadas. Los limpiaré antes de que partan; ellos ni siquiera se percatarán de ello. De ese modo no habrá ninguna posibilidad de que les sigan el rastro y el otro hilo de esa categoría se encuentra encerrado aquí en las mazmorras. —La Amyrlin, a punto de asentir, le dirigió una mirada interrogativa, pero ella no hizo ninguna pausa— Viajarán con toda la seguridad que puedo ofrecerles, Siuan. Y, cuando Rand me necesite en Illian, estaré allí, y me ocuparé de que sea él quien presente el Cuerno al Consejo de los Nueve y a la Asamblea. Yo me encargaré de todo en Illian. Siuan, los illianos seguirían al Dragón, o al propio Ba’alzemon, si llegara con el Cuerno de Valere, e igual disposición tendrán los que se han congregado para la Cacería. El verdadero Dragón Renacido no tendrá necesidad de reunir un ejército de seguidores antes de que las naciones le declaren la guerra. Comenzará su andadura con una nación que lo acoja y sus huestes que lo secunden.
La Amyrlin se arrellanó en la silla, pero de inmediato se inclinó hacia adelante, al parecer indecisa entre la fatiga y la esperanza.
—¿Pero se proclamará el mismo? Si tiene miedo… La Luz sabe bien que tiene motivos para ello, pero los hombres que se autodenominan Dragón desean el poder. Si él no tiene ambiciones…
—Dispongo de los medios para obligarlo a proclamarse como el Dragón tanto si lo quiere como si no. E, incluso si no lograra llevar a cabo mis propósitos por algún motivo, el Entramado se ocupará de hacerlo. Recuerda que es ta’veren, Siuan. No posee mayor control sobre su destino del que tiene la mecha de una vela sobre el fuego.
—Es arriesgado —observó, suspirando, la Amyrlin—. Arriesgado. Sin embargo, mi padre solía decirme «Muchacha, si no corres ningún riesgo, nunca te ganarás un real». Debemos organizarlo todo. Siéntate. Eso requiere tiempo. Mandaré a buscar vino y queso.
—Ya hemos permanecido reunidas demasiado rato. Si alguna de ellas intentara escuchar y descubriera tu salvaguarda, ya estarían elucubrando ahora. No vale la pena despertar sus sospechas. Podemos concertar una cita mañana. —«Además, mi muy querida amiga, no puedo contártelo todo, ni exponerme a que averigües que te oculto algo».
—Supongo que tienes razón. Pero será lo primero de que nos ocupemos por la mañana. Hay demasiadas cosas de las que debes ponerme al corriente.
—Por la mañana —convino Moraine. La Amyrlin se puso en pie y ambas se unieron de nuevo en un abrazo— Por la mañana te explicaré cuanto debes saber.
Leane miró intensamente a Moraine cuando ésta apareció en la puerta y luego se precipitó en la estancia donde se hallaba la Amyrlin. Moraine trató de aparentar mortificación en el rostro, como si hubiera padecido una de las famosas charlas de recriminación de la Amyrlin, de las cuales salían la mayoría de las mujeres con los ojos desorbitados y las rodillas trémulas, pero aquella expresión le resultaba ajena. Evidenciaba más enfado que otra cosa, lo cual servía casi a igual propósito. Era vagamente consciente de las otras Aes Sedai que se hallaban en la antecámara; le pareció que algunas se habían ido y que otras habían llegado desde que ella entró, pero apenas si les dirigió la mirada. Era ya muy tarde y tenía mucho que hacer antes de que llegara la mañana. Mucho, antes de volver a hablar con la Sede Amyrlin.
Apresurando el paso, se introdujo en el dédalo de corredores de la fortaleza.
La columna que avanzaba por Tarabon con entrechocar de arneses habría causado gran impresión bajo la acerada luz de la luna si hubiera habido alguien en condiciones de verla. Dos mil Hijos de la Luz, a lomos de magníficos caballos, envueltos en tabardos y capas blancas, con armaduras bruñidas y su caravana de carromatos de provisiones, sus herreros y criados con la retahíla de remonta. Había algunos pueblos en aquellos parajes escasamente poblados de bosques, pero habían evitado los caminos e incluso los campos de los labriegos. Debían reunirse con… alguien en un diminuto pueblo cercano a la frontera norteña de Tarabon, en la orilla del llano de Almoth.
Geofram Bornhald, que cabalgaba a la cabeza de su hueste, se preguntaba qué sentido tenía todo aquello. Recordaba demasiado bien su entrevista con Pedron Niall, capitán general de los Hijos de la Luz, en Amador, pero sus pesquisas apenas habían dado resultado allí.
—Estamos solos, Geofram —había advertido el hombre de pelo blanco con débil voz de anciano—. Recuerdo que me prestaste el juramento hará… treinta y seis años.
—Mi señor capitán general, ¿puedo preguntaros por qué me ordenasteis regresar de Caemlyn con tanta urgencia? Con un poco más de presión, Morgase habría sido derribada del trono. Existen casas nobiliarias de Andor que consideran su relación con Tar Valon tal como lo hacemos nosotros y estaban dispuestas a hacer públicas sus pretensiones al trono. Dejé a Elmon Valda a cargo del ejército, pero él insistía en la necesidad de seguir a la heredera hasta Tar Valon. No me sorprendería enterarme de que ha raptado a la muchacha o atacado incluso Tar Valon. —Y Dain, el hijo de Bornhald, había llegado justo antes de que a éste se le ordenara regresar. Dain daba muestras de gran celo. Suficiente, en todo caso, para acceder a ciegas a cualquier propuesta de Valda.
—Valda camina por la senda de la Luz, Geofram. Pero vos sois el mejor comandante de guerra entre los Hijos. Reuniréis una legión, con los mejores hombres de que podáis disponer, y los conduciréis a Tarabon, evitando todo ojo conectado con una lengua capaz de hablar. Toda lengua de esas características debe ser silenciada, si los ojos ven.
Bornhald había vacilado. Cincuenta Hijos juntos, o incluso un centenar, podían entrar en cualquier país sin reparos, al menos expresados abiertamente, pero toda una legión…
—¿Es la guerra, mi señor capitán general? Corren rumores en las calles, descabellados en su mayoría, que afirman que las huestes de Artur Hawkwing han vuelto. El rey…
—No da órdenes a los Hijos, capitán Bornhald. —Por primera vez, la voz del capitán general había sonado con tono levemente tajante— Soy yo quien lo da. Dejemos que el rey continúe sentado en palacio, dedicado a su actividad habitual, la cual consiste en no hacer nada. Espero que vuestra legión cabalgue durante tres días. Ahora retiraos, Bornhald. Tenéis un trabajo que cumplir.
—Excusad, mi señor capitán general, pero ¿con quién he de reunirme? —había inquirido Bornhald con el entrecejo fruncido— ¿Por qué me arriesgo a entrar en guerra con Tarabon?