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—¿Vas a ir a la fiesta?

—Desde luego. Aun cuando Moraine no hubiera dicho que debo ir, no habría permitido que pensara que yo… —Sus ojos relumbraron airadamente por un instante, dándole a entender a qué se refería. Nynaeve jamás permitiría que nadie creyera que tenía miedo, aun cuando lo tuviera. En todo caso, no Moraine, y menos aún Lan. Confió en que ella no supiera que él conocía los sentimientos que le inspiraba el Guardián.

Tras un momento su mirada se suavizó al posarse en la manga de su vestido.

—Lady Amalisa me lo ha regalado —anunció tan quedamente que él se preguntó si no estaría hablando para sí. Acarició la seda con los dedos, haciendo resaltar las flores bordadas, sonriendo, sumida en sus pensamientos.

—Te queda precioso, Nynaeve. Estás muy guapa esta noche.

Pestañeó no bien hubo alabado su aspecto. Todas las Zahoríes eran muy susceptibles respecto a su autoridad, pero Nynaeve lo era aún más. El Círculo de Mujeres siempre la había considerado con cierto desprecio debido a su juventud, y tal vez a su belleza, y sus peleas con el alcalde y el Consejo del Pueblo habían sido la comidilla del lugar.

Nynaeve apartó la mano de los bordados y lo miró con furia, inclinando las cejas. Él se apresuró a hablar, para tomarle la delantera.

—No pueden mantener las puertas cerradas indefinidamente. Cuando las abran, me iré, y las Aes Sedai no me encontrarán nunca. Perrin dice que hay sitios en las Colinas Negras y los pastos de Caralain donde uno puede caminar durante días sin ver un alma. Tal vez… tal vez pueda encontrar la manera de controlar… —Se encogió de hombros con embarazo. No era preciso decirlo, no a ella—. Y, si no puedo, no habrá nadie a quien cause daño.

Nynaeve permaneció en silencio unos instantes, antes de responder lentamente.

—No estoy segura, Rand. Para mí no eres distinto de cualquier chico de pueblo, pero Moraine insiste en afirmar que eres ta’veren y no creo que piense que la Rueda ha terminado ya de determinar su influencia en ti. Por lo visto, el Oscuro…

—Shai’tan está muerto —replicó con voz ronca. De pronto la habitación pareció tambalearse. Se agarró la cabeza cuando su cuerpo se vio sacudido por una oleada de vértigo.

—¡Insensato! ¡Eres un idiota rematado! ¡Nombrar al Oscuro, atraer su atención sobre ti! ¿No tienes ya suficientes problemas?

—Está muerto —murmuró Rand, frotándose la cabeza. Tragó saliva. El vértigo estaba disipándose— De acuerdo, de acuerdo. Ba’alzemon, si lo prefieres. Pero está muerto; vi cómo moría, consumido por las llamas.

—¿Y no estaba mirándote yo cuando el ojo del Oscuro ha caído sobre ti ahora mismo? No me digas que no has notado nada o te arrancaré las orejas; he visto la cara que has puesto.

—Está muerto —insistió Rand. El observador invisible se cruzó en su mente, y el viento que lo había empujado en lo alto de la torre. Se estremeció— Suceden cosas extrañas a tan corta distancia de la Llaga…

—Eres un insensato, Rand al’Thor. —Blandió un puño hacia él— Te aplastaría las orejas si supiera que ello iba a aportarte un poco de juicio…

Sus restantes palabras fueron engullidas por el estrepitoso tañido de campanas que resonó en la fortaleza.

Rand se levantó de un salto.

—¡Es una alarma! Me están buscando… —«Nombra al Oscuro y su malignidad caerá sobre ti».

Nynaeve se incorporó con mayor lentitud, sacudiendo inquietamente la cabeza.

—No, no lo creo. Si estuvieran buscándote a ti, no harían sonar las campanas para ponerte sobre aviso. No, si es una alarma, no guarda relación contigo.

—¿De qué se trata entonces? —Se precipitó hacia la aspillera más próxima y se asomó a ella.

Las luces recorrían la fortaleza envuelta por la noche con igual profusión y celeridad que las moscas a pleno día. Algunas antorchas se dirigían a las murallas y torres, pero la mayoría de las que alcanzaba a ver se concentraban en el jardín de abajo y en el patio que apenas lograba vislumbrar. Lo que había causado la alerta se encontraba en el interior de la ciudadela. Las campanas recobraron el mutismo, dejando oír los gritos de los hombres, pero no comprendía su contenido.

«Si no me buscan a mí…»

—Egwene —dijo de improviso.

«Si él todavía está vivo, si existe el maligno, se supone que ha de atacarme a mí».

Nynaeve se volvió desde la aspillera a la que se había encaminado para mirar.

—¿Cómo?

—Egwene. —Atravesó la habitación con rápidas zancadas y sacó la espada y la funda del hatillo. «Luz, se supone que ha de dañarme a mí y no a ella»—. Está en las mazmorras con Fain. ¿Qué pasaría si se hallara libre por algún motivo?

Nynaeve lo detuvo junto a la puerta, agarrándolo del brazo. No le llegaba ni al hombro, pero lo contenía férreamente.

—No te comportes como una cabra loca otra vez, Rand al’Thor ¡Aunque esto no tenga que ver contigo, las mujeres sí están buscando algo! Luz, chico, éstos son los aposentos de las mujeres. Habrá Aes Sedai en los corredores, sin duda. Egwene estará bien. Iba a ir con Mat y Perrin. Aun cuando topara con imprevistos, ellos cuidarían de ella.

—¿Y si no los ha encontrado, Nynaeve? Egwene no se habría arredrado por ello. Habría ido sola, igual que lo hubieras hecho tú, y lo sabes muy bien. ¡Luz, le he dicho que Fain era peligroso! ¡Diantre, se lo he dicho! —Se zafó de su mano y se abalanzó afuera. «¡Que la Luz me consuma, se supone que ha de herirme a mí!»

Una mujer exhaló un grito al verlo, con una tosca camisa y un jubón de obrero y una espada en la mano. Aun invitados, los hombres no entraban armados en las habitaciones de las mujeres a menos que la fortaleza estuviera sometida a ataque. El corredor estaba repleto de mujeres, doncellas vestidas de negro y dorado, damas ataviadas con sedas y lazos, mujeres con chales bordados con largos flecos, todas hablando simultáneamente, queriendo saber qué sucedía. Niños llorosos se agarraban a las faldas por doquier. Se zambulló entre ellas, esquivándolas cuando le era posible, murmurando disculpas para quienes zarandeaba al pasar, tratando de evitar sus miradas cargadas de estupor.

Una de las mujeres cubiertas con un chal regresó a su habitación y Rand vio en el centro de su espalda una resplandeciente lágrima blanca. De súbito, reconoció caras que había visto en el patio exterior. Aes Sedai, que lo miraban alarmadas.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

—¿Han atacado la fortaleza? ¡Respóndeme!

—No es un soldado. ¿Quién es? ¿Qué está ocurriendo?

—¡Es el joven lord sureño!

—¡Que alguien lo detenga!

El temor le hizo esbozar una mueca, pero continuó avanzando, tratando de aligerar el paso.

Entonces una mujer salió al pasillo, frente a él, y él se paró contra su voluntad. Recordaba aquel rostro más que ninguno; estaba convencido de que no lo olvidaría durante el resto de sus días: la Sede Amyrlin. Ésta abrió desmesuradamente los ojos al verlo y luego retrocedió. Otra Aes Sedai, la mujer de elevada estatura que había visto con el bastón, se interpuso entre él y la Amyrlin, gritándole algo que no logró comprender en medio del creciente alboroto.

«Lo sabe. Válgame la Luz, lo sabe. Moraine se lo ha dicho». Siguió corriendo. «Luz, permíteme únicamente comprobar que Egwene está a salvo antes de que me…» Oyó gritos tras él, pero no les prestó oídos.

Al salir del ala que ocupaban las mujeres el barullo continuaba rodeándolo. Los hombres corrían por los patios con las espadas desenfundadas, sin prestarle atención. Por encima del repicar de las campanas, ahora acertaba a distinguir otros ruidos: gritos, alaridos, el entrechocar del metal… Apenas le dio tiempo a reconocer el sonido de la batalla —¿un combate?, ¿en el interior de Fal Dara?— antes de que tres trollocs se precipitaran hacia él y lo arrinconaran.

Unos hocicos poblados de pelo desfiguraban unos rostros humanos y uno de ellos tenía cuernos de macho cabrío. Todos gruñían, blandiendo espadas semejantes a guadañas mientras avanzaban velozmente hacia él.