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Rand se acordó de Moraine a su pesar. «Las viejas barreras se debilitan. Nuestro tiempo está impregnado de disolución y cambio. Las cosas antiguas vuelven a manifestarse y otras nuevas tienen nacimiento. Tal vez vivamos lo bastante para ver el fin de una era». Se estremeció.

—De modo que seguiremos a quienes robaron el Cuerno por medio de vuestra nariz.

Ingtar asintió y Hurin sonrió con orgullo.

—Lo haremos… ah… Rand. Una vez seguí el rastro de un asesino hasta Cairhien y otras, hasta Maradon, para traerlos de vuelta y entregarlos a la justicia real. —Su sonrisa se desvaneció y su semblante reflejó desasosiego—. Éste, sin embargo, es el peor de todos. El asesinato huele mal y las huellas de un asesino apestan, pero éstas… —Arrugó la nariz—. Había hombres en ellas anoche; Amigos Siniestros, seguramente, pero no se puede distinguir a los Amigos Siniestros por el olfato. Lo que seguiré son los trollocs, y el Semihombre. Y algo aún más detestable. —Bajó la voz, frunciendo el entrecejo y murmurando para sí, pero Rand alcanzó a escucharlo—. Algo aún peor, la Luz me asista.

Llegaron a las puertas de la ciudad y, justo al otro lado de las murallas, Hurin elevó el rostro hacia la brisa. Las aletas de su nariz se agitaron y luego exhaló un bufido de desagrado.

—Por ese lado, mi señor Ingtar. —Señaló en dirección sur.

—¿No es hacia la Llaga? —preguntó, sorprendido, Ingtar.

—No, mi señor Ingtar. ¡Puaf! —Hurin se tapó la boca con la manga—. Casi puedo notar su sabor. Fueron hacia el sur.

—Entonces estaba en lo cierto la Sede Amyrlin —confirmó lentamente Ingtar—. Una grande y sabia mujer, que se merece alguien mejor que yo para servirla. Sigue el rastro, Hurin.

Rand se volvió y lanzó una ojeada a través de las puertas, hacia la fortaleza. Confiaba en que a Egwene le fuera bien. «Nynaeve la cuidará. Quizá sea mejor así: como un corte limpio, demasiado rápido para doler hasta después de haberlo recibido».

Cabalgó detrás de Ingtar y el estandarte con la Lechuza Gris, en dirección sur. Notaba en la espalda el frescor del viento que se levantaba a pesar de] sol. Creyó escuchar una carcajada, tenue y sarcástica, transportada en él.

La luna creciente iluminaba las húmedas y oscuras calles de Illian, donde todavía sonaba el clamor de los festejos celebrados durante el día. Dentro de pocos días, la Gran Cacería del Cuerno se emprendería con la pompa y ceremonia que, según la tradición, venía acompañándola desde la Era de Leyenda. Las celebraciones dedicadas a los cazadores se habían engrosado en la Fiesta de Teven, con sus famosos concursos y premios para los juglares. El premio más valioso de todos lo recibiría, como siempre, quien realizase la mejor recitación de La Gran Cacería del Cuerno.

Aquella noche los juglares daban representaciones en los palacios y mansiones de la ciudad, donde los grandes y los poderosos se entretenían, al igual que los cazadores llegados de todas las naciones para cabalgar en pos, sino del propio Cuerno de Valere, al menos de la inmortalidad registrada en canciones y relatos. Disfrutarían de música y danzas, de abanicos y hielo para combatir los primeros calores del año, pero las verbenas llenaban las calles también, bajo la bochornosa noche de brillante luna. Cada día y cada noche eran un carnaval, hasta la partida de la Cacería.

Las gentes pasaban corriendo junto a Bayle Domon ataviadas con máscaras y extraños y extravagantes trajes, muchos de los cuales mostraban generosos escotes. Corrían, gritando y cantando, apiñados de seis en seis, luego diseminados en parejas que reían y se entrelazaban en estridentes grupos de veinte. Los fuegos artificiales crepitaban en el cielo, tiñendo la negrura con estallidos de plata y oro. Había casi tantos iluminadores en la ciudad como juglares.

Domon apenas prestaba atención a los fuegos ni a la Cacería. Se encaminaba a una cita con hombres de quienes sospechaba que intentarían darle muerte.

Cruzó el Puente de las Flores, sobre uno de los múltiples canales de la ciudad, y se adentró en el Barrio Perfumado, la zona portuaria de Illian. El canal desprendía el olor de excesivos orinales vertidos en él y no había indicios de que hubieran crecido nunca flores en las proximidades del puente. El suburbio olía a cáñamo y brea de los embarcaderos y muelles y al agrio fango del puerto, exacerbados por el aire caliente que casi parecía tan húmedo como un líquido. Domon respiraba trabajosamente; cada vez que regresaba de las tierras norteñas lo sorprendían, a pesar de haber nacido allí, los tempranos calores del verano de Illian.

En una mano llevaba un grueso garrote y la otra reposaba sobre la empuñadura de la corta espada que había utilizado con frecuencia para defender la cubierta de su mercante fluvial de los bandoleros. No eran pocos los bandidos que caminaban entre el jolgorio de aquellas noches, donde las presas eran ricas y estaban empapadas en vino.

No obstante, él era un hombre fornido y musculoso y, viéndolo vestido con su sencilla chaqueta, ninguno de los forajidos que salían en busca de oro lo creía lo bastante rico como para tentar su complexión y su garrote. Los pocos que obtenían una visión precisa de él, cuando atravesaba la luz que despedía una ventana, retrocedían hasta que se había alejado unos pasos. Una oscura melena que le llegaba a los hombros y una larga barba con el labio superior rasurado enmarcaban una cara redonda, que, sin embargo, nunca había sido blanda y que ahora presentaba un semblante tan hosco como si tuviera intención de abrirse camino horadando una pared.

Más parranderos se cruzaron a su paso, descontrolados, con el habla desfigurada por el vino. «El Cuerno de Valere, ¡y un pimiento! —pensó sombríamente Domon—. Es mi barco lo que quiero conservar. Y mi vida, que la Fortuna me aguijonee».

Penetró en una posada, cuyo letrero lucía un gran tejón rayado bailando sobre las patas traseras y un hombre sosteniendo una pala de plata. Aligerar el Tejón, se llamaba, si bien ni siquiera Nieda Sidoro, la posadera, sabía qué significaba ese nombre; siempre había habido una posada denominada así en Illian.

La sala principal, con serrín en el suelo y un músico que tañía suavemente una vihuela, interpretando una de las melancólicas canciones de los Marinos, se hallaba bien iluminada y tranquila. Nieda no permitía alborotos en su local y su sobrino, Bili, era tan forzudo como para sacar a pulso a un hombre a la calle. Marinos, estibadores y almaceneros acudían al Tejón para un trago y en ocasiones charlar un rato o jugar a las damas o a los dardos. La estancia se encontraba medio llena ahora; incluso los hombres que preferían el sosiego habían cedido a la tentación del carnaval. Las conversaciones se sostenían en tono bajo, pero Domon escuchó menciones a la Cacería, al falso Dragón que habían apresado los murandianos y al que los tearianos estaban persiguiendo a través de Haddon Mirk. Al parecer, había diversidad de pareceres respecto a si era preferible ver perecer al falso Dragón o a los tearianos.

Domon esbozó una mueca. «¡Falsos Dragones! Que la Fortuna me pinche con su aguijón, no hay ningún lugar seguro hoy en día». No obstante, a él lo traían sin cuidado los falsos Dragones, al igual que la Cacería.

La fornida propietaria, con el pelo recogido en un moño, estaba limpiando una jarra, al tiempo que controlaba con la mirada el establecimiento. No interrumpió su tarea y ni siquiera lo miró realmente, pero cerró el párpado izquierdo y desvió los ojos hacia los tres hombres sentados en una mesa situada en un rincón. Su actitud silenciosa, casi sombría, parecía extraña aun en un lugar como el Tejón, y sus elegantes sombreros de terciopelo y oscuras capas, bordados en el pecho con rayas plateadas, escarlata y doradas, resaltaban entre los ordinarios ropajes del resto de los clientes.