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De súbito se halló desgarrando… algo. No sabía qué era ni cómo lo había hecho. Telarañas de acero. Rayos de luna esculpidos en piedra. Se deshicieron en contacto con sus manos, pero sabía que no había tocado nada. Se consumieron y fundieron con el calor que fluía en su interior, un calor como el fuego de una forja, semejante al de un mundo incendiado, semejante a…

La escena cesó. Sin resuello, miró en torno a sí con ojos desorbitados. Algunas moscas yacían en el asado a medio cortar, en la fuente. Moscas muertas. «Seis moscas. Solamente seis». Había más en las escudillas, media docena de diminutas motas negras entre las verduras frías. Todas muertas. Salió dando trompicones hacia la calle.

En aquel instante Mat apareció en la puerta de la casa de enfrente, sacudiendo la cabeza.

—No hay nadie aquí —anunció a Perrin, todavía a caballo—. Parece como si se hubieran levantado a media cena y se hubieran ido caminando.

De la plaza llegó un grito.

—Han encontrado algo —dedujo Perrin, clavando los talones en los flancos de su montura. Mat subió al caballo y galopó tras él.

Rand montó lentamente sobre Rojo; el semental se sobresaltó como si percibiera su inquietud. Lanzó una ojeada a las casas mientras cabalgaba pausadamente en dirección a la plaza, pero no consiguió mantener la vista centrada en ellas más de un instante. «Mat ha entrado y no le ha ocurrido nada». Resolvió no volver a poner los pies en ninguna de las casas de aquel pueblo bajo ningún concepto. Espoleando a Rojo, aligeró la marcha.

Todos se hallaban de pie como estatuas delante de un gran edificio con amplias puertas de doble hoja. A Rand no le pareció que fuera una posada; en primer lugar no había ningún letrero. Tal vez se tratara de un sitio de reunión de los lugareños. Se sumó al silencioso círculo y posó la mirada en el mismo punto que atraía unánimemente su atención.

Entre las puertas había un hombre con los miembros extendidos, ensartado con gruesos clavos por las muñecas y hombros. Otros clavos le habían horadado los ojos para mantenerle la cabeza en alto. La sangre, seca y oscura, trazaba abanicos por sus mejillas. Las marcas de arañazos en la madera, detrás de sus botas, evidenciaban que había estado vivo cuando se había producido aquel acto, o cuando éste se había iniciado, en todo caso.

Rand retuvo el aliento. No era un hombre. Jamás un ser humano había llevado aquellas ropas, más negras que la noche. El viento agitaba la punta de la capa atrapada detrás del cuerpo —lo cual no hacía siempre, bien lo sabía él; el viento no solía producir efecto alguno en esos ropajes— pero nunca habían existido ojos en aquel pálido y exangüe rostro.

—Myrddraal —musitó. Fue como si sus palabras hubieran desencadenado las de los demás. Empezaron a recobrar el movimiento, y el aliento.

—¿Quién? —comenzó a preguntarse Mat, que hubo de detenerse para tragar saliva—. ¿Quién pudo hacer esto a un Fado? —Su voz moduló una nota aguda al final.

—No lo sé —contestó Ingtar—. No lo sé. —Miro alrededor, examinando las caras, o tal vez contando para asegurarse de que todos se hallaban allí—. Y no creo que vayamos a enterarnos de algo aquí. Cabalgaremos. ¡Montad! Hurin, busca las huellas de partida de este lugar.

—Sí, mi señor. Sí. Con mucho gusto. Por ese lado, mi señor. Todavía se dirigen hacia el sur.

Se alejaron dejando el cadáver colgado del Myrddraal, cuya negra capa azotaba el viento. Hurin fue el primero en salir de la población, sin aguardar a Ingtar en aquella ocasión, pero Rand lo siguió a escasa distancia.

11

Reflejos del entramado

Por una vez, Ingtar ordenó el alto de la marcha cuando el sol todavía despedía rayos dorados sobre el horizonte. Los aguerridos shienarianos estaban notando los efectos de lo que habían presenciado en el pueblo. Ingtar nunca se había detenido antes a hora tan temprana y el paraje de acampada que había elegido parecía un lugar propicio para la defensa. Era una profunda hondonada, casi redonda, lo bastante amplia para albergar espaciosamente a todos los hombres y monturas. Un bosquecillo poco denso de robles achaparrados y cedros cubría las laderas exteriores. Los contornos en sí tenían una altura suficiente como para esconder a cualquiera que acampase allí, incluso sin la pantalla de los árboles. El promontorio que formaban casi semejaba una colina, en aquel terreno.

—Lo único que estoy diciendo, maldita sea —oyó insistir a Ino mientras desmontaban—, es que la vi, así la Luz te confunda. Justo antes de que encontráramos a ese condenado Semihombre. La misma condenada mujer que vi en el maldito embarcadero. Estaba allí, y luego, pardiez, ya no estaba. Dirás lo que te venga en gana, pero vigila cómo lo dices, diantre, o te voy a desollar con mis propias manos y quemar tu condenado cuero, mamón de agallas de cordero.

Rand se paró con un pie en el suelo y el otro aún en el estribo. «¿La misma mujer? Pero no había ninguna mujer en el embarcadero, sólo algunas cortinas agitadas por el viento. Y no podría haber llegado a ese pueblo tomándonos la delantera, en caso de que estuviera allí». El pueblo.

Ahuyentó aquellos pensamientos. Incluso más que al Fado, clavado a la puerta, quería olvidar aquella habitación, y las moscas, y la gente que había allí y que se hallaba, a un tiempo, ausente. El Semihombre había sido real —todos lo habían visto— pero la habitación… «Tal vez ya estoy enloqueciendo». Deseó que Moraine estuviera presente para hablar con ella. «Deseando la compañía de una Aes Sedai. Tú eres un insensato. Ahora que te has librado de ello, mantente al margen. ¿Pero me he librado de ellas? ¿Qué ocurrió allí?»

—Los animales de carga y las provisiones en el medio —ordenó Ingtar mientras los lanceros se disponían a montar el campamento—. Almohazad a los caballos y luego ensilladlos de nuevo por si hemos de movernos rápidamente. Que cada hombre duerma junto a su montura, y esta noche no se encenderán fuegos. Los cambios de centinelas se realizarán cada dos horas. Ino, quiero que mandes exploradores, que lleguen tan lejos como les sea posible y regresen antes de que caiga la noche. Quiero saber qué hay por los alrededores.

«Lo está sintiendo —pensó Rand—. Ya no se trata únicamente de algunos Amigos Siniestros y unos cuantos trollocs y quizás un Fado». ¡Únicamente algunos Amigos Siniestros y unos cuantos trollocs y quizás un Fado! Aun pocos días antes no hubiera antepuesto un «únicamente» a tal combinación. Incluso en las Tierras Fronterizas, aun con la Llaga a menos de una jornada a caballo, los Amigos Siniestros, los trollocs y el Myrddraal habían desencadenado una auténtica pesadilla. Antes de que hubiera visto a un Myrddraal clavado a un puerta. «¿Qué cosa que mora bajo la Luz hubiera podido hacer eso? ¿Qué cosa que no mora bajo la Luz?» Antes de que se hubiera adentrado en una habitación donde había estado cenando una familia cuyas risas se habían interrumpido bruscamente. «Deben de haber sido imaginaciones mías. Deben de haberlo sido». Aun para sus adentros, no lograba persuadirse de ello. Ni el viento que lo había empujado en lo alto de la torre, ni lo insinuado por la Sede Amyrlin habían sido fabulaciones suyas.

—Rand… —Se sobresaltó al advertir que Ingtar le hablaba por encima del hombro—. ¿Vas a quedarte toda la noche con un pie en el estribo?

Rand depositó el pie en el suelo.

—Ingtar, ¿qué pasó en ese pueblo?

—Los trollocs se los llevaron. Igual que a los habitantes del embarcadero. Eso es lo que sucedió. El Fado… —Ingtar se encogió de hombros y bajó la mirada hacia un bulto, voluminoso y cuadrado, envuelto con lona, que llevaba en los brazos; lo miró como si viera ocultos secretos que prefería ignorar.— Los trollocs se los llevaron para servirse de ellos como alimento. También lo hacen en los pueblos y granjas cercanos a la Llaga, en ocasiones, cuando sus correrías nocturnas superan las torres fronterizas. A veces recuperamos nuevamente a las personas, y otras no. A veces las recuperamos y casi deseamos no haberlo hecho. Los trollocs no siempre matan antes de comenzar su carnicería. Y a los Semihombres les gusta disponer de… diversiones. Eso es peor que lo perpetrado por los trollocs. —Su voz sonaba tan firme como si estuviera charlando de temas cotidianos, y tal vez así lo hacía, tratándose de un soldado shienariano. Rand respiró hondo para aquietar su estómago.