—¿Has leído algún libro que mencionara esto? —preguntó Rand.
Loial sacudió la cabeza y luego tragó saliva como si lamentase haberla movido. —Nada.
—Supongo que no hay modo de remediarlo. ¿De qué lado, Hurin?
—Sur, lord Rand. —El husmeador no levantó la mirada del suelo.
—Rumbo sur, entonces. —«Debe de existir un modo de regresar sin hacer uso del poder». Rand espoleó los flancos de Rojo y trató de impregnar su voz de confianza, como si su situación no revistiera mayor dificultad—. ¿Qué fue lo que dijo Ingtar? ¿Que había tres o cuatro jornadas hasta ese monumento a Artur Hawkwing? Me pregunto si existirá aquí también, igual que las Piedras. Si éste es un mundo de lo posible, tal vez aún esté en pie. ¿No sería algo digno de ver, Loial?
Siguieron cabalgando en dirección sur.
14
Hermano lobo
¿Qué han desaparecido? —interrogó al aire Ingtar— Y mis guardias no vieron nada. ¡Nada! ¡No pueden haberse esfumado!
Escuchándolo, Perrin metió la cabeza entre los hombros y observó a Mat, que estaba a cierta distancia, murmurando, ceñudo, para sí. Discutiendo consigo mismo, según impresión de Perrin. El sol despuntaba sobre el horizonte y por aquel entonces ya deberían haber estado cabalgando. Las sombras se cernían sobre la hondonada, alargadas pero inmóviles, al igual que los árboles que las proyectaban. Los caballos de carga, dispuestos para la marcha, coceaban el suelo con impaciencia, pero todos permanecían de pie junto a su montura, aguardando.
—Ni la más mínima huella, mi señor —informó Ino al llegar. Su tono traslucía un ultraje por el resultado fallido de su escrutinio—. Maldita sea, ni siquiera el condenado rasguño de un casco. Se han esfumado sin más.
—Tres hombres y tres caballos no se esfuman sin más —gruñó Ingtar—. Vuelve a rastrear el suelo, Ino. Si alguien es capaz de localizar sus huellas, ése eres tú.
—A lo mejor escaparon —apuntó Mat. Ino se detuvo en seco y le asestó una airada mirada. «Como si hubiera maldecido a una Aes Sedai», pensó, asombrado, Perrin.
—¿Por qué iban a escapar? —La voz de Ingtar sonaba peligrosamente suave—. Rand, el constructor, mi husmeador…, ¡mi husmeador!… ¿Por qué habría de irse cualquiera de ellos y menos los tres a la vez?
—No lo sé —respondió Mat, encogiéndose de hombros—. Rand estaba… —Perrin sintió deseos de arrojarle algo, de golpearlo, de hacer cualquier cosa para pararlo, pero Ingtar e Ino estaban mirando. Sintió una oleada de alivio cuando Mat vaciló, extendió las manos y murmuró—: No sé por qué. Sólo se me ocurrió que era una posibilidad.
—Escaparse —bufó Ingtar con una mueca, como si no pudiera considerar aquello ni por un instante—. El constructor puede ir a donde le plazca, pero Hurin no lo haría. Ni tampoco Rand al’Thor. No lo haría, ahora que sabe cuál es su deber. Continúa rastreando el terreno, Ino. —Éste esbozó una reverencia y se alejó presuroso, con la espada balanceándole sobre el hombro. Ingtar emitió un gruñido—. ¿Por qué iba a irse Hurin de esta manera, a media noche, sin decir palabra? El sabe cuál es nuestra misión. ¿Cómo voy a perseguir a esa inmundicia poseída por la Sombra sin él? Daría un millar de coronas de oro por una jauría de sabuesos. De no saber que ello es imposible, diría que los Amigos Siniestros tramaron esto para impedir que los sigamos. Paz, ya no sé lo que estoy diciendo. —Se fue tras Ino a grandes zancadas.
Perrin basculó con inquietud el peso del cuerpo. Los Amigos Siniestros estaban sin duda ganando terreno con cada minuto que transcurría, alejándose y llevándose consigo el Cuerno de Valere y la daga de Shadar Logoth. No creía que Rand, por más que hubiese cambiado y a pesar de lo que le hubiera acaecido, fuese a abandonar dicha búsqueda. «Pero ¿adónde se ha ido y por qué?» Que Loial se marchara con Rand era creíble… pero ¿por qué lo haría Hurin?
—Tal vez en verdad se ha escapado —murmuró.
Después miró en torno a sí. Nadie lo había oído, al parecer; ni siquiera Mat estaba prestándole atención. Se mesó los cabellos. Si las Aes Sedai le hubieran dicho que era un falso Dragón, él también se habría ido. Pero la preocupación por Rand no contribuía en nada a la persecución de los Amigos Siniestros.
Existía una solución, tal vez, si él estaba dispuesto a proponerla, aunque no le agradaba tomar esa vía. Había estado rehuyéndola, pero quizá ya no podía seguir haciéndolo. «Me está bien empleado por lo que le dije a Rand. Ojalá yo pudiera liberarme de ello huyendo». Aun sabiendo que podía prestar ayuda, vaciló.
Nadie estaba mirándolo y, de cualquier modo, nadie sabría lo que estaban viendo aunque mirasen. Finalmente, remiso, cerró los ojos y se entregó a la deriva, dejando que sus pensamientos volaran lejos de sí.
Había tratado de negarlo desde un principio, mucho antes de que sus ojos comenzaran a cambiar su tonalidad castaña por un color similar al del oro bruñido. En aquel encuentro inicial, aquel primer instante de reconocimiento, se había negado a admitirlo y había rehusado hacerlo hasta entonces. Todavía deseaba poder huir.
Su mente vagó en busca de lo que por fuerza debía haber en los contornos, lo que siempre había en el campo cuando había pocos hombres o éstos se hallaban lejos; vagó en busca de sus hermanos. No le gustaba pensar en ellos en esos términos, pero lo eran.
En un comienzo había abrigado el temor de que lo que hacía estuviera contaminado por el Oscuro, o por el Poder Único, algo igualmente pernicioso para un hombre que no aspiraba más que a ser un herrero y vivir tranquilamente su vida al amparo de la Luz. Rememorando aquel tiempo, se identificó con el estado de ánimo de Rand, en el que debían de entremezclarse el temor de sí y la sensación de impureza. El fenómeno del que él participaba, sin embargo, era anterior al uso del Poder por parte de los humanos, era algo que había nacido al inicio del tiempo. Moraine le había asegurado que no tenía nada que ver con el Poder. Era algo que había desaparecido hacía tiempo y que volvía a asomar a la luz. Egwene también lo sabía, aun cuando él hubiera deseado lo contrario. No quería que nadie lo supiera y confiaba en que no se lo hubiera contado a nadie.
Había establecido contacto. Los sentía, percibía otras mentes. Sentía a sus hermanos, los lobos.
Sus pensamientos llegaron a él como un remolino de imágenes y emociones. Al principio no había sido capaz de distinguir algo aparte de la emoción descarnada, pero ahora su mente les atribuía palabras. «Hermano lobo. Sorpresa. Un ser de dos piernas que habla». Una imagen borrosa, difuminada por el tiempo, de hombres corriendo con lobos, en dos manadas que cazaban juntas. «Hemos oído que esto vuelve de nuevo. ¿Eres Diente Largo?»
Era una breve descripción de un hombre vestido con pieles, con un largo cuchillo en la mano, pero a la cual se superponía la imagen, más central, de un lobo de profusa pelambre con un diente más largo que el resto, un diente de acero que relucía bajo el sol mientras el animal dirigía la manada a un desesperado ataque entre profundas nieves contra el venado que representaría la vida en lugar de una muerte paulatina a causa del hambre; y la imagen del venado, en su desesperada huida, del sol reflejándose sobre el blanco manto hasta herir la vista, del viento, aullando en los puertos, levantando torbellinos de fina nieve que semejaban niebla y… Los nombres de los lobos eran siempre imágenes complejas.
«No», pensó tratando de forjar mentalmente su aspecto.
«Sí. Hemos oído hablar de ti».
La imagen de ellos no era la que él había formado, la de un hombre joven con musculosos hombros y ensortijado pelo castaño, un joven con un hacha en el cinturón, a quien los demás consideraban lento de pensamiento y acción. Ese hombre estaba allí, en algún punto de la imagen mental que le devolvían los lobos, pero en ésta tenía la fuerza de un toro salvaje con curvados cuernos de reluciente metal, corriendo en la noche con la velocidad y exuberancia de la juventud, con el rizado cabello resplandeciendo bajo la luna, arrojándose entre Capas Blancas a caballo, en el aire seco, frío y lóbrego, y la sangre tan roja en los cuernos y…