De pronto cayó en la cuenta de que ella estaba observándolo. Su expresión permanecía inalterable, pero sus oscuros ojos lo hicieron sentirse desnudo. Involuntariamente, se imaginó a Selene sin ropa, y volvió a ruborizarse.
—¡Aaah! Ah, ¿de dónde sois, Selene? No hemos visto ningún ser humano desde que llegamos aquí. ¿Se encuentra cerca vuestra ciudad? —La mujer lo miró con aire pensativo y él retrocedió. Su mirada le había hecho caer en la cuenta de cuán cerca se hallaba de ella.
—No pertenezco a este mundo, mi señor —repuso—. No hay gente aquí. Ningún ser vivo a excepción de los grolm y algunas criaturas parecidas. Soy de Cairhien. Y, respecto a la manera como llegué aquí, no lo sé con exactitud. Salía a pasear a caballo y me detuve para echar una siesta y, al despertar, mi caballo y yo nos encontrábamos aquí. Mi única esperanza, mi señor, es que seáis capaz de salvarme nuevamente y devolverme al hogar.
—Selene, yo no soy… Es decir, llamadme Rand. —Volvió a notar las orejas enrojecidas. «Luz, no pasará nada porque me considere un señor. Diantre, no perjudicaría a nadie».
—Si así lo deseáis…, Rand. —Su sonrisa le atenazó la garganta—. ¿Me ayudaréis?
—Desde luego, lo haré. —«Demonios, ¡qué hermosa es! Y está mirándome como al héroe de un relato». Sacudió la cabeza para ahuyentar tales desatinos—. Pero primero debemos encontrar a los hombres que buscamos. Intentaré manteneros a salvo, pero debemos encontrarlos. Si venís con nosotros estaréis más protegida.
Selene guardó silencio por un momento, con rostro inexpresivo y calmado. Rand no tenía noción de qué pensaba, pero intuía que estaba examinándolo como si acabara de conocerlo.
—Un hombre responsable —apuntó al fin, con una sonrisa en los labios—. Me gusta. Sí. ¿Quiénes son esos bellacos que perseguís?
—Amigos Siniestros y trollocs, mi señora —respondió precipitadamente Hurin, realizando una torpe reverencia desde la silla—. Mataron a varias personas en la fortaleza de Fal Dara y robaron el Cuerno de Valere, mi señora, pero lord Rand lo recuperará.
Rand miró con rudeza al husmeador, el cual esbozó una débil sonrisa. «Vaya modo de guardar un secreto». Aquello no importaba demasiado allí, pero, una vez de regreso a su mundo…
—Selene, no debéis hablar a nadie del Cuerno. Si trasciende la noticia, tendremos a un centenar de personas pisándonos los talones con intención de obtener el Cuerno para sí.
—No, jamás lo haría —lo tranquilizó Selene—, sabiendo el riesgo que entraña el que caiga en poder de desalmados. El Cuerno de Valere… No sabría deciros la de veces que he soñado tocarlo, tenerlo en mis manos. Debéis prometerme que, cuando lo tengáis, me dejaréis tocarlo.
—Antes de eso, debemos encontrarlo. Será mejor que nos pongamos en camino. —Rand le ofreció la mano para ayudarla a montar y Hurin desmontó para sostenerle el estribo—. Sea lo que fuere eso que maté, ¿un grolm?, es posible que haya más por los alrededores. —Su mano era firme y su presión denotaba una fuerza sorprendente… y su piel era… ¿seda? Algo aún más suave.
—Siempre los hay —le informó Selene. La blanca yegua brincó, mostrando los dientes a Rand, pero se calmó cuando su ama tomó las riendas.
Rand se colgó el arco a la espalda y montó. «¡Luz! ¿Cómo puede existir una piel tan suave?»
—Hurin, ¿dónde está el rastro? ¿Hurin? ¡Hurin!
El husmeador se sobresaltó, dejando de contemplar a Selene.
—Sí, lord Rand. Eh… el rastro. Hacia el sur, mi señor. Todavía va hacia el sur.
—Entonces en marcha. —Rand dirigió una inquieta mirada a la masa verde grisáceo del grolm tendido en el arroyo. Había sido preferible creer que eran los únicos seres vivos en aquel mundo—. Sigue el rastro, Hurin.
Selene cabalgó un rato junto a Rand, hablando de temas diversos, haciéndole preguntas y llamándolo señor. Media docena de veces él estuvo dispuesto a decirle que él no era un noble, sino sólo un pastor, y en cada una de ellas, al mirarla, fue incapaz de hallar las palabras. Estaba seguro de que una dama como ella no conversaría del mismo modo con un pastor, aun cuando éste le hubiera salvado la vida.
—Seréis un gran hombre cuando encontréis el Cuerno de Valere. Un hombre destinado a pasar a la leyenda —pronosticó—. El hombre que sople el Cuerno forjará su propia leyenda.
—No quiero hacerlo sonar ni formar parte de ninguna leyenda. —No sabía si ella llevaba algún perfume, pero parecía exudar un olor propio, un aroma que le asaltaba la mente; un olor a especias, dulce y penetrante, que le hacía cosquillas en la nariz y lo obligaba a tragar saliva.
—Todos los hombres desean ser importantes. Podríais ser el hombre más prominente de todas las eras.
Aquello se asemejaba demasiado a lo que había dicho Moraine. El Dragón Renacido sería recordado sin duda con el transcurso de las eras.
—Yo no —disintió fervientemente—. Yo sólo… —Imaginó su desdén si le confesaba que no era más que un pastor después de haber permitido que lo creyera un señor, y modificó el curso de su frase—. … Sólo trata de encontrarlo. Y de ayudar a un amigo.
—Os habéis lastimado la mano —señaló Selene, tras un momento de silencio.
—No es nada. —Se dispuso a introducir la mano herida, dolorida de tanto sostener las riendas, en la chaqueta, pero ella alargó la suya y lo retuvo.
Fue tanta su sorpresa que la dejó hacer, y luego no le quedó más alternativa que apartarla rudamente o dejar que desenvolviera el pañuelo. El contacto de su mano era fresco y firme. Su palma estaba roja e hinchada, pero la garza aún destacaba claramente en ella. Selene tocó la marca con un dedo, pero no realizó ningún comentario, ni siquiera para preguntar cómo se había impreso tal forma.
—Esto podría agarrotaros la mano si no se cura. Tengo un bálsamo que os vendrá bien. —Sacó un pequeño frasco de piedra de un bolsillo de su capa, lo destapó y comenzó a aplicar suavemente una pomada en la herida.
El ungüento le refrescó momentáneamente, para penetrar enseguida en su piel. Tenía unos efectos tan benéficos como la mayoría de preparados de Nynaeve.
Observó con sorpresa cómo cedía el enrojecimiento y la hinchazón a medida que ella frotaba la herida.
—Algunos hombres —comentó, sin apartar la mirada de su mano— deciden ir en pos de la grandeza, mientras que otros se ven forzados a aceptarla. Siempre es mejor elegir que cumplir una obligación. El hombre que actúa bajo presión nunca llega a dominar la situación. Debe danzar al compás de las cuerdas que accionan quienes lo han inducido.
Rand retiró la mano. La marca aparecía casi curada, como si hubiera transcurrido una semana desde que había sufrido la quemadura.
—¿A qué os referís? —preguntó con brusquedad.
La mujer le sonrió y él se sintió avergonzado por la violencia de su reacción.
—Al Cuerno, claro está —respondió con calma, guardando el bálsamo. Su yegua, que caminaba junto a Rojo, era lo bastante alta como para que sus ojos quedaran tan solo un poco más abajo que los de Rand— Si encontráis el Cuerno de Valere, no habrá medio de evitar una posición prominente. Pero ¿será ésta impuesta o vais a asumirla por propia voluntad? Ésa es la cuestión.
—¿Sois una Aes Sedai? —inquirió, relacionando su manera de argumentar con la de Moraine.
—¿Una Aes Sedai? —Selene enarcó las cejas y sus ojos rutilaron, pero su voz sonó imperturbable— ¿Yo? No.
—No era mi intención ofenderos. Lo siento.
—¿Ofenderme? No lo habéis hecho, pero yo no soy Aes Sedai. —Frunció lo labios, mostrando una hermosura intacta, a pesar del desdén de su gesto—. Se refugian en lo que creen les aporta seguridad cuando podrían hacer tanto. Se someten cuando podrían dominar, permiten que los hombres libren guerras cuando podrían imponer el orden en el mundo. No, nunca me llaméis Aes Sedai. —Sonrió y dejó reposar la mano en su brazo para demostrarle que no estaba enojada. Su contacto, sin embargo, le hizo tragar saliva y fue un alivio para él que poco después se rezagara para cabalgar al lado de Loial. Hurin inclinó la cabeza ante ella como si fuera un viejo criado de la familia.