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—Magnífico, lord Rand —alabó Hurin—. Nunca… nunca había visto a nadie disparar así.

El vacío retenía a Rand. La luz lo llamaba y él… anhelaba… tocarla. La luz lo rodeaba, lo henchía.

—¿Lord Rand? —Hurin le tocó el brazo y Rand se sobresaltó, sustituyendo el vacío por lo que había en torno así—. ¿Estáis bien, mi señor?

Rand se frotó la frente con la punta de los dedos. Estaba seca, aunque se sentía como si debiera estar cubierta de sudor.

—Estoy…, estoy bien, Hurin.

—Se vuelve más sencillo a medida que se practica, eso me han dicho —afirmó Selene—. Cuanto más tiempo se vive en la Unidad, más fácil es.

Rand lanzó una ojeada hacia ella.

—Bien, no voy a necesitarlo de nuevo, al menos por un tiempo.

«¿Qué ha sucedido? Quería…» Todavía sentía deseos de hacerlo, advirtió horrorizado. Quería regresar al vacío, sentirse nuevamente henchido por aquella luz. Había tenido la impresión de estar realmente vivo entonces, con la sensación de vértigo incluida, y lo que experimentaba ahora no era más que una imitación. No, peor aún. Había estado casi vivo, había conocido cómo sería estar «vivo». Todo cuanto tenía que hacer era tender la mano hacia el saidin

—No otra vez —murmuró. Posó la mirada sobre los grolm muertos, cinco monstruosas formas tendidas en el suelo. Ya no entrañaban peligro—. Ahora podemos reemprender…

Un gruñido gutural, excesivamente familiar, sonó más allá de los cadáveres de los grolm, al otro lado de la siguiente colina, y fue respondido por otros similares. Por el este y el oeste, se oyeron otros.

Rand se dispuso a levantar el arco.

—¿Cuántas flechas os quedan? —preguntó Selene—. ¿Podéis matar veinte grolm? ¿Un centenar? Debemos ir al Portal de Piedra.

—Tiene razón, Rand —convino Loial—. Ahora ya no tienes otra alternativa. —Hurin miraba ansiosamente a Rand. Los grolm chillaban sin cesar.

—La Piedra —acordó, remiso, Rand antes de volver a montar y colgarse el arco a la espalda—. Llevadnos a esa Piedra, Selene.

Asintiendo con la cabeza, la mujer volvió grupas y espoleó la yegua. Rand y los demás partieron tras ella, Loial y Hurin con impaciencia y él a desgana. Los aullidos de los grolm los perseguían, emitidos, al parecer, por cientos de gargantas. A juzgar por su sonido, los grolm estaban apostados en torno a ellos en un semicírculo que iba estrechándose por todos lados salvo enfrente.

Selene los guió veloz y diestramente por entre las colinas. El terreno comenzaba a ascender en la base de las montañas en empinadas laderas que los caballos remontaban con esfuerzo, hollando los rocosos afloramientos de aspecto descolorido y la escasa y desvaída maleza que se aferraba a ellos. La marcha se tomaba más difícil a medida que subían.

«No vamos a conseguirlo», pensó Rand la quinta vez que Rojo resbaló, provocando un reguero de piedras. Loial dejó a un lado la barra, que entorpecía su paso y que de poca utilidad le sería en un enfrentamiento con los grolm. El Ogier, que había desistido de ir a caballo, utilizaba una mano para agarrarse a los salientes y con la otra tiraba de su montura. Los grolm gruñían tras ellos, cada vez más cercanos.

Entonces Selene refrenó la yegua y señaló una hondonada al fondo. Todo estaba allí, las siete amplias escaleras de colores alrededor de un pavimento pálido y la esbelta columna de piedra en el centro.

La muchacha desmontó y condujo su montura a la oquedad, bajó los escalones y se dirigió a la columna. Ésta proyectaba su sombra sobre ella. Se volvió para mirar a Rand y los demás. Los grolm seguían aullando, centenares de ellos, pisándoles los talones.

—Pronto caerán sobre nosotros —advirtió Selene—. Debéis serviros de la Piedra, Rand. O hallar la manera de acabar con todos los grolm.

Con un suspiro, Rand bajó del caballo y se encaminó a la hondonada. Loial y Hurin lo siguieron con premura. Contempló angustiosamente la columna cubierta de símbolos, el Portal de Piedra. «Ella debe ser capaz de encauzar el Poder, aunque no lo sepa; de lo contrario no habría llegado hasta aquí. El Poder no ocasiona ningún daño a las mujeres».

—Si esto os trajo aquí —comenzó a argüir, pero ella lo interrumpió.

—Sé qué es esto —afirmó con decisión—, pero desconozco la manera de usarlo. Vos debéis hacer lo que ha de hacerse. —Con un dedo recorrió uno de los símbolos, algo mayor que el resto. Un triángulo apoyado en un vértice rodeado de un círculo—. Esto representa el mundo real, nuestro mundo. Creo que será de ayuda que lo retengáis en la mente mientras… —Extendió las manos como si no supiera exactamente qué era lo que él había de hacer.

—Eh… mi señor… —advirtió tímidamente Hurin—. Nos queda poco tiempo. —Observó por encima del hombro el borde de la hondonada. Los ladridos sonaban con más fuerza—. Esas cosas estarán aquí dentro de unos minutos. —Loial asintió.

Aspirando hondo, Rand posó la mano en el símbolo que había indicado Selene. La miró para ver si lo hacía correctamente, pero ella se limitó a observar, sin que su pálida frente se viera perturbada por la más mínima arruga de preocupación. «Ella tiene confianza en que puedes salvarla. Debes hacerlo». El aroma de Selene le impregnó las aletas de la nariz.

—Eh…, mi señor…

Rand tragó saliva y apeló al vacío. Éste llegó fácilmente, y se prodigó en torno a él sin esfuerzo. El vacío. La nada, habitada sólo por la luz, agitándose de un modo que le revolvía el estómago. No había nada más que el saidin. Aun así las náuseas eran distantes. Formaba una unidad con el Portal de Piedra. La columna tenía un tacto suave y algo untuoso bajo su mano, pero su palma notaba la calidez del triángulo. «Tengo que devolverles la seguridad. Tengo que devolverlos al hogar». La luz fluyó hacia él, lo rodeó y él… la abrazó.

La luz lo llenaba. Estaba henchido de calor. Veía la Piedra, veía a los demás observándolo —Loial y Hurin con ansiedad, Selene sin mostrar la menor duda respecto a él— pero era como si no estuvieran allí. No había más que la luz. El calor y la luz, que penetraban su cuerpo cual agua vertida en arena reseca, llenándolo. El símbolo le quemaba la carne. Trató de absorberlo todo, todo el calor, toda la luz. Todo. El símbolo…

De súbito, como si el sol se hubiera puesto en un abrir y cerrar de ojos, el mundo tembló. El símbolo era un carbón ardiente bajo su mano; bebió la luz. El mundo parpadeó. Le producía náuseas, esa luz; era como el agua para un hombre muerto de sed. Las imágenes destellaban. Bebió de ella. Le daba ganas de vomitar; quería engullirla toda. Otro parpadeo. El triángulo y el círculo lo abrasaban; notaba cómo le quemaban la mano. Un nuevo temblor. ¡Quería aspirarlo! Gritó, aullando de dolor, aullando de anhelo.

Un destello…, un destello… un destello…

Apenas era consciente de que unas manos tiraban de él. Retrocedió a trompicones; el vacío se desprendía de él, la luz, y la náusea que lo atormentaba. La luz. Observó pesaroso cómo ésta se retiraba. «Luz, es una locura desearlo. ¡Pero estaba tan repleto de ella! Estaba tan…» Aturdido, miró a Selene. Era ella quien lo sostenía por los hombros, mirándolo con incertidumbre. Alzó la mano hasta los ojos. La marca de la garza estaba allí, pero nada más. Ningún triángulo ni círculo había quedado impreso en su carne.

—Impresionante —dijo lentamente Selene. Lanzó una mirada a Loial y Hurin. El Ogier parecía estupefacto, con los ojos abiertos como platos; el husmeador estaba agazapado con una mano en el suelo, como si temiera no poder sostenerse de otro modo—. Todos estamos aquí y nuestros caballos también. Y ni siquiera sabéis cómo lo habéis logrado. Extraordinario.

—¿Estamos…? —comenzó a inquirir Rand, que hubo de detenerse para tragar saliva.