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—¡La daga! Todo de cuanto parecéis preocuparos es de esa daga. Ya os he dicho que os deshicierais de ella. El Cuerno de Valere, Rand.

—No.

Se acercó a él, con un contoneo que le hizo sentir como si algo se le hubiera atragantado.

—Sólo quiero verlo a la luz del día. No voy a tocarlo siquiera. Vos lo sostendréis. Será un bonito recuerdo para mí, vos sosteniendo el Cuerno de Valere en las manos. —Lo tomó de las manos al decirlo y su contacto le produjo un hormigueo en la piel y sequedad en la boca.

Algo para recordar… cuando se hubiera ido… Podía volver a tapar la daga tan pronto como hubiera sacado el Cuerno del cofre. Sería agradable tener el Cuerno en sus manos y verlo a la luz del día.

Le habría gustado conocer más datos acerca de las Profecías del Dragón. La única ocasión en que había escuchado a un guardia de mercader explicar algunas, allá en el Campo de Emond, Nynaeve había roto una escoba golpeando la espalda del hombre. Nada de lo poco que había oído mencionaba el Cuerno de Valere.

«Las Aes Sedai están intentando que haga lo que ellas pretenden». Selene todavía estaba mirándolo fijamente a los ojos, con un semblante tan juvenil y hermoso que sentía deseos de besarla a pesar de lo que estaba pensando. Nunca había visto a las Aes Sedai actuar de la manera como lo hacía ella, y parecía joven, no de edad indefinida. «Una muchacha de mi edad no podría ser Aes Sedai, pero…»

—Selene —inquirió en voz baja—, ¿sois una Aes Sedai?

—Aes Sedai —casi escupió, soltándole con brusquedad las manos—. ¡Aes Sedai! ¡Siempre me venís con lo mismo! —Respiró hondo y se alisó el vestido, como si quisiera recobrar la compostura—. Soy lo que soy. ¡Y no soy una Aes Sedai! —Acto seguido se sumió en un mutismo que hizo aparecer incluso gélido el sol matinal.

Loial y Hurin trataron de suavizar la situación en la medida de sus posibilidades, intentando entrar en conversación y ocultando su embarazo cuando ella los fulminaba con una mirada. Continuaron cabalgando y, cuando instalaron el campamento esa noche a orillas de un arroyo que les proporcionó pescado para la cena, Selene parecía haber recobrado parte de su buen humor y charlaba con el Ogier sobre libros y hablaba a Hurin con amabilidad.

Pero a Rand apenas le dirigió la palabra, a menos que él lo hiciera primero, tanto esa noche como la jornada siguiente, en la que recorrieron angostos valles flanqueados de imponentes y empinadas laderas. Cuando la miraba, no obstante, siempre estaba observándolo y sonriendo. En ocasiones era la clase de sonrisa que lo inducía a sonreír a su vez; otras, era del tipo que le hacía aclararse la garganta y ruborizarse a causa de sus propios pensamientos, y algunas, la misteriosa sonrisa de quien sabe algo que lucía a veces Egwene. Era una sonrisa que siempre le producía un respingo, pero una sonrisa en fin de cuentas.

«No es posible que sea una Aes Sedai».

El camino comenzó a ascender y, con la promesa del crepúsculo en el aire, la Daga del Verdugo de la Humanidad dio al fin paso a redondeadas colinas, con vegetación arbustiva salpicada de algunos bosquecillos. El camino era un sendero sin pavimentar, por el que de vez en cuando debían de transitar los carros. Algunas de las colinas estaban escalonadas en terrazas de cultivo en las que no había nadie a esa hora. Ninguna de las granjas diseminadas por los alrededores quedaba cerca de su ruta, por lo que Rand sólo alcanzó a percibir que estaban construidas con piedra.

Cuando divisó el Pueblo que se extendía ante ellos, las luces ya parpadeaban en algunas ventanas, previendo la inminente caída de la noche.

—Esta noche dormitemos en camas —anunció.

—Ciertamente no me vendrá mal, lord Rand —manifestó su acuerdo Hurin, al tiempo que Loial asentía con la cabeza.

—¡Una posada de pueblo! —exclamó con desdén Selene—. Sucia, sin lugar a dudas, y atestada de hombres desaseados borrachos de cerveza. ¿Por qué no podemos volver a dormir bajo las estrellas? Encuentro placentero dormir bajo la bóveda celeste.

—No lo sería tanto si Fain llegara mientras dormimos —señaló Rand—, él y esos trollocs. Viene detrás de mí, Selene. En busca del Cuerno, pero es a mí a quien puede encontrar. ¿Por qué creéis que he mantenido una vigilancia tan rígida las noches pasadas?

—Si Fain nos encuentra, podéis darle su merecido. —Su voz expresaba un frío convencimiento—. Y también cabe la posibilidad de que haya Amigos Siniestros en el pueblo.

—Pero, aunque supieran quiénes somos, poco pueden hacer estando rodeados de vecinos. A menos que penséis que todos los habitantes son Amigos Siniestros.

—¿Y si descubren que tenéis el Cuerno? Tanto si a vos os interesa la grandeza como si no, incluso los campesinos sueñan con él.

—Tiene razón, Rand —la apoyó Loial—. Me temo que incluso los campesinos querrían quedarse con él.

—Loial, desdobla tu manta y cubre el cofre con ella. —Loial hizo lo indicado y Rand asintió. Era evidente que había una caja o un arcón sobre la montura del Ogier, pero nada demostraba que no se tratara de un baúl de viaje—. El baúl de equipaje de mi señora —manifestó Rand con una sonrisa y una reverencia.

Ante su ocurrencia, Selene guardó silencio y le lanzó una mirada indescifrable. Minutos después, reemprendieron la marcha.

A poco, a la izquierda de Rand, un rayo del sol poniente arrancó destellos en algo situado a ras del suelo, algo de gran tamaño. Algo enorme, a juzgar por la luz que despedía. Aguijoneado por la curiosidad, volvió el caballo en su dirección.

—Mi señor —se asombró Hurin—, ¿no vamos al pueblo?

—Sólo quiero ver eso antes —explicó Rand. «Tiene más brillo que la luz del sol proyectada sobre el agua. ¿Qué puede ser?»

Con la vista fija en el reflejo, se sorprendió al advertir que Rojo se detenía en seco. A punto de conminar al caballo a avanzar, cayó en la cuenta de que se hallaban al borde de un precipicio de arcilla, que daba a un socavón de imponentes dimensiones. La mayor parte de la colina había sido excavada hasta una profundidad de unos cien pasos. Sin duda había desaparecido más de una colina y tal vez algunos campos, pues el hoyo tenía un diámetro diez veces superior a su hondura. El lado opuesto era una especie de rampa, formada seguramente con tierra apisonada. En el hoyo había una docena de hombres que encendían un fuego; allá abajo ya estaba oscureciendo. De vez en cuando un pedazo de armadura reflejaba la luz y en sus costados oscilaban espadas. Rand apenas les prestó atención.

Del fondo del socavón surgía una gigantesca mano de piedra que sostenía una esfera de cristal y ésta era lo que resplandecía con los últimos rayos de sol. Rand apreció con estupor el gran tamaño de aquella bola de superficie increíblemente lisa que no parecía mellada por ninguna fisura. A cierta distancia de la mano, habían desenterrado una cara que guardaba proporción con ella. El rostro de un hombre con barba, cuyos rasgos eran la viva imagen de la sabiduría y el conocimiento, representaba entre la arcilla la dignidad de la ancianidad.

Sin apelar a él, el vacío se prendió por completo a sí en un instante, acompañado del saidin, que lo atraía en todo su esplendor. Se hallaba tan absorto en la contemplación de la cara y la mano que apenas advirtió lo ocurrido. Un capitán de barco le había hablado de una mano gigante que sostenía una descomunal esfera de cristal, pero Bayle Domon había precisado que se encontraba en la isla de Tremalking.

—Esto es peligroso —advirtió Selene—. Vamos, Rand.

—Creo que encontraría el modo de bajar ahí —comentó con aire ausente. El saidin lo tentaba con su canto. La enorme bola parecía brillar con la luz del sol poniente. Se le antojó que en las profundidades del cristal, la luz giraba y danzaba al compás de la canción del saidin. Se preguntó, extrañado, por qué los hombres de ahí abajo no daban muestras de reparar en ello. Selene se acercó a él y le tomó el brazo.