En la última, los seis soldados comenzaron a cantar con voces roncas, si bien con una letra distinta de la que conocía Rand.
No era la primera ocasión en que Rand descubría que una melodía tenía diferente letra y nombre en distintas tierras, a veces incluso en pueblos de un mismo país. Continuó tocando hasta que pararon de cantar, dándose mutuamente palmadas en los hombros y realizando rudos comentarios sobre lo desafinado de su canto.
Cuando Rand se detuvo, el oficial se levantó e hizo un lacónico gesto, tras lo cual los soldados interrumpieron sus risas, se pusieron en pie y dirigieron una reverencia, con la mano en el pecho, a su superior y a Rand antes de abandonar la estancia.
El oficial se aproximó a la mesa de Rand y efectuó una inclinación, también con la mano en el pecho, mostrando la parte rasurada de su cabeza, que parecía llevar empolvada.
—Que la gracia os sea propicia, mi señor. Espero que no os hayan molestado, cantando de ese modo. Son plebeyos, pero no querían insultaros, os lo garantizo. Soy Aldrin Caldevwin, mi señor, capitán del Ejército de Su Majestad, que la Luz ilumine. —Sus ojos se desviaron hacia la espada de Rand, el cual tenía la impresión de que Caldevwin había reparado en las garzas tan pronto como había entrado.
—No me han insultado. —El acento del oficial, preciso y con una pronunciación completa de las palabras, le recordó el de Moraine. «¿Me dejó ir realmente? Me pregunto si estará siguiéndome. O esperándome»— Sentaos, capitán. Por favor. —Caldevwin acercó una silla de otra mesa—. Decidme, capitán, si no es molestia. ¿Habéis visto a otros extranjeros recientemente? Una dama, delgada y de baja estatura y un guerrero de ojos azules. Él es alto y a veces lleva la espada a la espalda.
—No he visto a ningún forastero —repuso, tomando asiento con rigidez—. Exceptuándoos a vos y a vuestra dama, mi señor. Son pocos los nobles que vienen aquí. —Sus ojos se desplazaron hacia Loial, y su expresión se tomó ceñuda por un instante. Hizo caso omiso de la presencia de Hurin, dado que le había atribuido la condición de criado.
—Sólo era una ocurrencia.
—La Luz es testigo, mi señor, de que no os lo pregunto por faltaros al respeto, pero ¿podéis decirme vuestro nombre? Tenemos tan pocos extranjeros por aquí que es mi deseo conocer a cada uno de ellos.
Rand se lo dio, sin añadir título alguno, lo cual no pareció advertir el oficial, y repitió lo que había dicho a la posadera.
—De Dos Ríos, en Andor.
—Un maravilloso lugar tengo entendido, lord Rand, si me permitís llamaros así, y unos excelentes hombres, los andorianos. Ningún cairhienino ha obtenido una espada de maestro a edad tan temprana como la vuestra. Conocí a unos andorianos, una vez, entre los que se hallaba el capitán general de la guardia de la reina. No recuerdo su nombre, es una pena. ¿Tal vez vos podáis ayudarme en ello?
Rand era consciente de la presencia de las camareras tras ellos, que comenzaban a limpiar y barrer. Caldevwin sólo parecía inmerso en una conversación amistosa, pero su mirada tenía un cariz investigador.
—Gareth Bryne.
—Claro está, joven, para ostentar tamaña responsabilidad.
—Gareth Bryne tiene tantas canas en el pelo como para ser vuestro padre, capitán —señaló Rand, sin modificar el tono de voz.
—Disculpad. Quería decir que accedió al cargo siendo joven. —Caldevwin se volvió hacia Selene y la contempló un momento. Luego sacudió la cabeza, como si saliera de un estado de trance—. Perdonadme por miraros de este modo, mi señora, y por hablar así, pero la Gracia os ha favorecido con sus dones. ¿Me daréis un nombre que otorgar a tanta belleza?
En el preciso instante en que Selene abría la boca, una de las doncellas gritó y dejó caer una lámpara que se disponía a bajar de un estante. El aceite se derramó y se incendió al punto. Rand se levantó de un salto, al igual que sus compañeros de mesa, pero la señora Madwen apareció enseguida y, ayudada por la criada, apagó las llamas con el delantal.
—Te he recomendado que tengas cuidado, Catrine —recordó la posadera, agitando su ahora tiznado delantal ante la muchacha—. Un día de éstos vas a quemar la posada y a consumirte dentro de ella.
—Si ponía cuidado, señora —replicó la chica, a punto de echarse a llorar—, pero me ha dado una punzada muy fuerte en el brazo.
La señora Madwen puso las manos en alto.
—Siempre tienes alguna excusa y a pesar de ello rompes más platos que las demás. Ah, está bien. Límpialo y no te quemes. —La posadera se giró hacia Rand y los otros, que se encontraban de pie junto a la mesa—. Confío en que nadie interprete mal esto. No es que la chica vaya a quemar el establecimiento. Le bailan los platos en las manos cuando se pone a pensar en las musarañas, pero nunca se le había caído una lámpara.
—Querría que me mostrarais mi habitación. No me encuentro demasiado bien. —Selene habló con tono cauteloso, como si desconfiara de la reacción de su estómago, pero aun así parecía tan fría y serena como siempre—. El viaje, y el fuego.
La posadera cloqueó como una gallina al cuidado de un polluelo.
—Desde luego, mi señora. Tengo una elegante habitación para vos y vuestro señor. ¿Queréis que mande llamar a la madre Caredwain? Tiene buen tino con las hierbas curativas.
—No —respondió Selene, con voz más dura—. Y quiero una habitación aparte.
La señora Madwen lanzó una ojeada a Rand, pero al cabo de un momento ya estaba inclinándose solícitamente ante Selene indicándole la dirección de las escaleras.
—Como deseéis, mi señora. Lidan, lleva las cosas de la dama como una buena chica, ahora mismo. —Una de las doncellas corrió a tomar las alforjas de Selene que le tendió Hurin y las tres mujeres se fueron, Selene con la espalda erguida y en silencio.
Caldevwin las miró hasta que hubieron desaparecido y luego volvió a sacudir la cabeza. Aguardó a que Rand estuviese sentado antes de tomar asiento.
—Perdonadme, mi señor Rand, por mirar de este modo a vuestra dama, pero la Gracia la ha favorecido sin duda con sus dones. No lo digo con ánimo de insultar.
—En absoluto —respondió Rand, preguntándose si todos los hombres sentían lo mismo que él al mirar a Selene—. Cuando cabalgaba hacia el pueblo, capitán, he visto una enorme esfera de cristal, o algo parecido. ¿Qué es?
—Forma parte de una estatua —repuso lentamente el cairhienino, con mirada penetrante que luego fijó en Loial; por un instante dio la impresión de reflexionar sobre algo novedoso.
—¿Una estatua? He visto una mano y una cara también. Debe de ser descomunal.
—Lo es, mi señor Rand. Y antigua. —Caldevwin hizo una pausa—. De la Era de Leyenda, me han dicho.
Rand sintió un escalofrío. De la Era de Leyenda, cuando el uso del Poder era omnipresente, si las historias eran ciertas. «¿Qué ha pasado allí? Sé que ha sucedido algo».
—La Era de Leyenda —dijo Loial—. Sí, es lo más probable. Nadie ha hecho algo tan descomunal desde entonces. Un gran trabajo excavar eso, capitán. —Hurin permanecía sentado en silencio, como si estuviera ausente.
Caldevwin asintió a desgana.
—Tengo quinientos obreros acampados más allá de las excavaciones y aun así no habremos concluido hasta otoño. Son hombres de extramuros. La mitad de mi trabajo consiste en hacerlos cavar y la otra en mantenerlos alejados de este pueblo. Los habitantes de extramuros son aficionados a la bebida y a las juergas, ¿comprendéis?, y esta gente lleva una vida tranquila. —Su tono indicaba que sus simpatías se hallaban del lado de los lugareños.