– Querido amigo -dijo Chacko-, eso es imposible. Su trabajo es inestimable. Toda la maquinaria de la fábrica funciona prácticamente gracias a él… y, además, no podemos solventar el problema echando a todos los paravanes. Tenemos que aprender a desterrar esa insensatez.
Al camarada Pillai no le gustó en absoluto que le llamara querido amigo. Le sonó como si fuera un insulto formulado en un buen inglés, lo cual, por supuesto, lo convertía en un insulto doble: por ser un insulto y porque Chacko creía que no lo iba a entender. Eso le hizo cambiar totalmente de humor.
– Puede ser -dijo cáustico-, pero Roma no se construyó en un día. No olvide, camarada, que esto no es su Universidad de Oxford. Lo que para usted es insensatez, para las masas es otra cosa.
Lenin, con la delgadez de su padre y los ojos de su madre, apareció en la puerta sin aliento. Había acabado de recitar el monólogo completo de Marco Antonio y la mayor parte de «Lochinvar» antes de darse cuenta de que se había quedado sin público. Volvió a colocarse entre las rodillas del camarada Pillai.
Dio una palmada con las manos por encima de la cabeza de su padre, lo que originó un caos en la nube de mosquitos. Luego contó los que habían quedado aplastados entre sus manos. Algunos tenían sangre fresca. Se las enseñó a su padre, que se lo pasó a su madre para que se las limpiara.
De nuevo los gruñidos de la vieja señora Pillai se apropiaron del silencio que se había creado. Entre tanto, Latha había llegado con Pothachen y Mathukutly. Se les hizo esperar fuera. La puerta estaba entreabierta. A partir de entonces, el camarada Pillai habló en malayalam y lo suficientemente alto para que le oyera la audiencia exterior.
– Por supuesto, el foro adecuado para tratar los agravios de los trabajadores es el sindicato. Y en este caso, cuando el propio modalali es un camarada, es una vergüenza para ellos no estar sindicados y unirse a la lucha del partido.
– Ya he pensado en ello -dijo Chacko-. Voy a organizaros en un sindicato. Elegirán a sus representantes.
– Pero, camarada, usted no puede llevar a cabo la revolución por ellos. Usted sólo puede crear conciencia. Educarlos. Son ellos los que tienen que emprender su propia lucha. Ellos tienen que vencer sus temores.
– ¿Temor a quién? -dijo Chacko sonriendo-, ¿a mí?
– No, no a usted, mi querido camarada. A siglos de opresión.
Y entonces el camarada Pillai citó con voz autoritaria al presidente Mao. En malayalam. Curiosamente, con la misma expresión de su sobrina:
– «La revolución no es una fiesta. La revolución es un acto de insurrección, un acto de violencia con el que una clase derriba a otra.»
Y así, tras haber conseguido el contrato para las etiquetas del Vinagre Sintético para cocinar, desterró con habilidad a Chacko del grado combativo de los Derribadores al grado peligroso de los Que Hay que Derribar.
Allí estaban uno al lado del otro en las sillas plegables de acero aquella tarde del Día en que Llegó Sophie Mol, bebiendo café y masticando trocitos de plátano frito. Despegando con la lengua la pasta amarilla que se les quedaba en el cielo del paladar.
El Pequeño Hombre Delgado y el Gran Hombre Gordo. Adversarios de cómic en una guerra aún por desatarse.
Por desgracia para el camarada Pillai, resultó una guerra que terminó casi antes de empezar. La victoria le fue servida, envuelta y con lacito, en bandeja de plata. Y sólo entonces -cuando era ya demasiado tarde y Conservas y Encurtidos Paraíso caía lentamente en picado sin ni siquiera un murmullo o un gesto de resistencia fingido- comprendió que, más que el resultado victorioso, lo que en realidad necesitaba era el proceso de la guerra. La guerra podía haber sido el semental en el que recorrer, si no todo, gran parte del camino hacia la asamblea legislativa, mientras que la victoria lo había dejado en una situación que no era mejor que la de partida.
Había cascado los huevos, pero se le había quemado la tortilla.
Nadie supo jamás la naturaleza exacta del papel que tuvo el camarada Pillai en los sucesos que siguieron. Ni siquiera Chacko -que sabía que los vehementes discursos sobre los Derechos de los Intocables («Las Castas son Clases, camaradas») que soltó el camarada Pillai durante el asedio de Conservas y Encurtidos Paraíso por los militantes comunistas eran farisaicos- supo nunca la historia completa. No es que le preocupara averiguarla. Para entonces, con los sentidos embotados por la pérdida de Sophie Mol, lo veía todo borroso por el dolor. Como un niño al que una tragedia hace crecer de golpe y abandona sus juguetes, Chacko se deshizo de los suyos. Sus sueños de llegar a ser el rey de las conservas al tiempo que servía a la causa del pueblo fueron a reunirse con los aviones rotos en los estantes del armario de puertas de cristal. Tras el cierre de Conservas y Encurtidos Paraíso vendieron algunos arrozales (junto con sus hipotecas) para pagar los préstamos bancarios. Se vendieron más campos para que la familia fuera tirando. Para cuando Chacko emigró al Canadá, la única fuente de ingresos de la familia provenía de la plantación de caucho contigua a la casa de Ayemenem y de los pocos cocoteros que había en el cercado. De eso fue de lo que vivieron Bebé Kochamma y Kochu María después que los demás murieron, se marcharon o fueron Devueltos.
Para ser justos con el camarada Pillai, hay que decir que no planificó el curso de los acontecimientos que siguieron. Simplemente, deslizó sus dedos predispuestos en el guante expectante de la historia.
No era culpable de vivir en una sociedad en la que la muerte de un hombre resultaba más provechosa a que siguiera con vida.
La última visita de Velutha al camarada Pillai -tras el enfrentamiento con Mammachi y Bebé Kochamma-, y lo que ocurrió entre ellos, permaneció en secreto. La última traición, que envió a Velutha a atravesar el río, nadando contra corriente en medio de la oscuridad y de la lluvia, para llegar a tiempo a su cita a ciegas con la historia.
Velutha cogió el último autobús para volver de Kottayam, adonde había llevado a reparar la máquina de envasar. En la parada del autobús se topó con otro de los trabajadores de la fábrica, que le dijo con una sonrisa afectada que Mammachi quería verlo. Velutha no tenía ni idea de lo que había ocurrido e ignoraba que su padre había ido a la casa de Ayemenem totalmente borracho. Tampoco sabía que Vellya Paapen había estado varias horas sentado en la puerta de su choza, aún borracho, con su ojo de cristal y el filo del hacha reluciente a la luz de la lámpara, esperando que Velutha regresara. Y tampoco sabía que el pobre Kuttappen, el paralítico, había estado aterrorizado durante dos horas hablando a su padre sin cesar intentando que se calmara, al tiempo que aguzaba el oído para distinguir una pisada o un crujido de los matorrales para poder alertar a su hermano desprevenido.
Pero Velutha no fue a su casa. Se dirigió directamente a la casa de Ayemenem. Aunque, por un lado, lo cogió por sorpresa, por otro sabía -siempre lo había sabido por instinto- que tarde o temprano la Historia le haría pagar las consecuencias. Durante todo el estallido de furia de Mammachi se mantuvo callado y sorprendentemente tranquilo. Era una tranquilidad nacida de la provocación extrema, que brotaba de la lucidez que está más allá de la cólera.