Van Allen se estaba acercando entre las mesas y la barra. Al llegar junto a la mesa, se inclinó y dijo en un susurro:
– Vía libre. Tynan ha salido hacia el aeropuerto hace diez minutos.
Pierce dejó la taza, depositó una propina en la mesa y se levantó.
– Andando.
Una vez Pierce hubo pagado la cuenta, los tres salieron a la calle E y echaron a andar en silencio para recorrer las dos manzanas que les separaban de su destino. No hablaron hasta llegar a la confluencia de la calle E con la calle Diez, en cuya acera de enfrente se levantaba la impresionante estructura color beige del edificio del FBI con sus adornos de columnas.
– Yo les dejo aquí -dijo Van Allen-. Aguardaré al otro lado de la rampa del estacionamiento. Si ocurriera algo y Tynan regresara, conseguiré llegar hasta ustedes antes que él. Buena suerte.
Observaron cómo se alejaba. Pierce tomó a Collins del brazo y le dijo:
– Ahora actuemos con rapidez.
Cruzaron la calle y echaron a andar de prisa por la acera de la calle Diez, junto a la que se levantaba el edificio J. Edgar Hoover. Pierce subió los empinados peldaños de dos en dos, mientras Collins trataba de no quedar rezagado. Junto a la puerta de cristal no se veía a nadie, pero muy pronto apareció una figura entre las sombras del interior. El hombre abrió la puerta.
Pierce le cedió el paso a Collins y ambos penetraron en el vestíbulo. Collins apenas pudo ver al agente que les había abierto la puerta. Era un joven de rostro enjuto, enfundado en un traje oscuro, que le susurró algo a Pierce. Éste asintió con la cabeza, le saludó brevemente y alcanzó a Collins, que se había adelantado unos pasos.
– Espero que se encuentre usted en buena forma -dijo Pierce en voz baja-. No podemos utilizar el ascensor y las escaleras mecánicas no funcionan. Subiremos hasta la séptima planta por la escalera de incendios.
Se dirigieron hacia la escalera y empezaron a subir. Collins se esforzaba por no quedar rezagado. Al llegar al tercer rellano, Pierce se detuvo unos instantes para que Collins pudiera recuperar el resuello, y después ambos siguieron subiendo.
Llegaron a la séptima planta sin haberse tropezado con nadie. A excepción de sus pisadas, mientras iban subiendo alrededor del patio central, reinaba un silencio absoluto.
Llegaron junto a una puerta en la que podía leerse: Director de la Oficina Central de Investigación.
Pierce le indicó por señas a Collins una segunda puerta en la que no figuraba ninguna placa. Acercó la mano al picaporte y abrió la puerta sin dificultad. Pierce entró seguido de Collins. Habían penetrado directamente en el despacho privado de Tynan, tenuemente iluminado por una lámpara que había junto al sofá.
Collins permaneció de pie examinando la estancia. El escritorio de Tynan se encontraba a la izquierda, frente a las ventanas que daban a la calle Nueve cara al edificio del Departamento de Justicia. A la derecha había un sofá, una mesita y dos sillones.
No se veía ningún archivador.
– Se encuentra en el vestidor -le dijo Pierce en voz baja señalando hacia una puerta abierta.
Pasaron por entre la mesita y los sillones y cruzaron la puerta que daba acceso al pequeño vestidor. Pierce buscó el interruptor y encendió la luz del techo. Estaban frente al archivador Victor Firemaster de color verde de Noah Baxter.
La cerradura de combinación se encontraba en el tercer cajón empezando por abajo.
Pierce trató de abrir los cajones. Todos estaban perfectamente cerrados.
– Está bien -dijo-, manos a la obra. Creo que resultará fácil.
Con la habilidad de un experto, Pierce giró el mecanismo de la combinación. Collins le miraba, consciente de que el tiempo iba pasando. Sólo habían transcurrido tres minutos, pero a Collins se le antojaban horas y la angustia estaba empezando a resultarle insoportable.
Oyó que Pierce lanzaba un suspiro de alivio y vio que dejaba entreabierto el tercer cajón.
Pierce se incorporó, abrió el cajón de arriba y retrocedió un paso.
– Todo para usted, Chris -dijo.
Con el corazón latiéndole con fuerza, ,Collins avanzó. Examinó la primera mitad del cajón de arriba, donde podían verse varias cassettes Norelco en sus pequeños estuches de plástico y unas seis o siete de mayor tamaño, del tipo de las que utilizaba Rick.
Estaba acercando la mano al cajón cuando, súbitamente, un haz de potente luz iluminó la estancia al tiempo que se escuchaba el sonido de una chirriante voz a su espalda.
– Buenas noches, señor Collins -le saludó la voz-. No se moleste.
Collins se dio rápidamente la vuelta mientras Pierce hacia lo propio.
La puerta del cuarto de baño aparecía abierta y, llenándola totalmente, podía verse la compacta figura de Harry Adcock. En su rostro se dibujaba una horrible sonrisa.
Adcock extendió la manaza y apareció en su palma una cassette Memorex.
– ¿Es esto lo que ustedes andan buscando, caballeros? -les preguntó-. ¿El Documento R? Bueno, pues aquí lo tienen. Permítanme que se lo muestre.
Tomó la cassette por ambos lados y quitó la funda de plástico. Después, sin dejar de mirarles, introdujo un dedo por la parte interior de la cinta, la soltó y empezó a desenrollarla lentamente. Tras arrojar la funda de plástico sobre la alfombra, les mostró la estrecha cinta marrón.
Collins observó con el rabillo del ojo que la mano de Pierce se deslizaba hacia el bolsillo de su chaqueta, pero la mano de Harry Adcock se movió con rapidez hacia la sobaquera que llevaba bajo la americana y en ella apareció un revólver, un mágnum negro de cañón corto y calibre 35.7, con el que apuntó a ambos.
– No lo intente, Pierce -advirtió-. Tome, señor Collins, sosténgame un momento la cinta -dijo depositando la cinta en la mano inerte de Collins. Avanzando de lado, cacheó a Pierce, le encontró el revólver especial de la policía del calibre 38 y se lo guardó en el bolsillo. Esbozó una sonrisa-. Que la prensa hablara de un tiroteo entre el director adjunto del FBI y el colaborador no oficial del secretario de Justicia no resultaría muy agradable, ¿verdad?
Después extendió la mano y recogió la cinta que Collins sostenía en la palma de la suya.
– Es todo lo más que ha podido usted acercarse al Documento R, señor Collins. -Sosteniendo la cinta en una mano y apuntándoles todavía con el arma, Adcock retrocedió hacia el cuarto de baño.- Échenle un último vistazo -les dijo ya desde el interior-. Jamás fue un documento, ¿saben ustedes? Jamás se escribió sobre papel. Y tampoco hubiera debido grabarse en ninguna cinta. Las cosas más importantes suelen albergarse en las cabezas de los hombres y en ninguna otra parte.
La pierna de Adcock había tropezado con la taza del retrete, sobre la cual hizo oscilar la cinta.
– Espere un momento -le imploró Collins-. Escúcheme…
– Primero escuche usted esto -dijo Adcock dejando caer la cinta en la taza del retrete, inclinándose hacia atrás y presionando el botón de la salida del agua, cuyo rumor pareció divertirle. Sonrió.- Ha desaparecido por el desagüe… igual que sus esperanzas, señor Collins. -Salió del cuarto de baño.- Y ahora, ¿qué deseaba usted decirme, señor Collins?
Collins se mordió el labio y no dijo nada.
– Muy bien, caballeros, les acompañaré a la calle -dijo señalando con el revólver hacia el despacho de Tynan.
Adcock permaneció a sus espaldas hasta que llegaron al centro de la estancia. Después se apartó de ellos y fue hacia el escritorio del director, apoyando su mano libre sobre el gran magnetófono plateado de Tynan.
A continuación, se dirigió a Collins.
– No sé qué tal secretario de Justicia es usted, señor Collins, pero no me cabe la menor duda de que no serviría para agente del FBI. A un buen agente no se le pasa por alto nada. Usted y sus muchachos han desconectado todos los aparatos de escucha instalados en la ciudad para ocultar su visita secreta de esta noche a este despacho, pero han olvidado desconectar uno.
Pulsó el botón de puesta en marcha del magnetófono de Tynan.
Las voces que brotaron del altavoz resultaban claramente identificables.