Выбрать главу

Las calles estaban abarrotadas de hombres y mujeres de todas las nacionalidades. Los tonos de su piel cubrían toda la gama entre la oscura y la pálida; sus atuendos eran de vivos colores o pardos, pero adornados con cenefas y relucientes botones, o rígidos y severos, algunos dejando al descubierto más de lo que Egwene consideraba decente o tapándolo todo salvo los ojos y las puntas de los dedos. Las sillas de manos y las literas se desplazaban bamboleantes entre el gentío, al grito de «¡Paso libre!» de sus porteadores. Los carruajes cerrados avanzaban lentamente y los cocheros en librea gritaban «¡Jia!» y «¡So!» como si creyeran que podrían proseguir a una marcha más ligera. Los músicos callejeros tocaban la flauta, el arpa o el caramillo, en ocasiones acompañando a un malabarista o un acróbata y siempre con el sombrero preparado para recibir monedas. Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías, y los tenderos alababan a voz en grito la excelencia de sus productos en la puerta de sus establecimientos. En la ciudad flotaba un murmullo similar al del canto de un ser vivo.

Verin había vuelto a subirse la capucha, y ésta le tapaba la cara. Nadie parecía prestarle atención entre la muchedumbre, observó Egwene. Nadie detenía siquiera la mirada en Mat, postrado como estaba en la litera, aunque algunas personas se apartaban de ella a su paso. La gente llevaba a veces a los enfermos a la Torre Blanca para que los curaran, y sus dolencias podían ser contagiosas.

—¿De veras prevéis problemas ahora? —preguntó Egwene, situándose junto a Verin—. Nos encontramos en la ciudad. Casi estamos allí. —La Torre Blanca, el gran edificio que destacaba, alto y majestuoso, sobre los tejados, era ya perfectamente visible.

—Yo siempre espero tener problemas —respondió con calma Verin—, y así deberías hacer tú. En especial en la Torre. A partir de ahora debéis tener todas más cuidado que nunca. Vuestros… trucos —su boca se tensó un instante antes de que recobrara la serenidad— ahuyentaron a los Capas Blancas, pero dentro de la Torre podrían muy bien acarrearnos la muerte o la neutralización.

—Yo no haría eso en la Torre —protestó Egwene—. Ninguna de nosotras lo haría.

Nynaeve y Elayne, que se habían reunido con ellas, dejando los caballos con la camilla a cargo de Hurin, asintieron, Elayne fervientemente y Nynaeve como si tuviera sus reservas.

—No deberíais repetir nunca algo así, hijas. ¡En ningún caso! ¡Jamás! —Verin las miró de soslayo por el borde de la capucha y sacudió la cabeza—. Y espero que, por vuestro bien, hayáis adquirido conciencia de lo insensato que es hablar cuando deberíais callar. —Elayne se puso roja como la grana, y a Egwene se le arrebolaron las mejillas—. Una vez que nos hallemos en la Torre, mantened la boca cerrada y aceptad como venga todo cuanto ocurra. ¡Todo cuanto ocurra! No sabéis nada de lo que os espera en la Torre y, si lo supierais, no sabríais cómo resolverlo. De modo que guardad silencio.

—Haré lo que decís, Verin Sedai —acató Egwene.

Elayne repitió en eco sus palabras, y Nynaeve emitió un resoplido. Al ver que la Aes Sedai se quedaba mirándola, asintió de mala gana.

La calle desembocó a una gran plaza situada en el centro de la ciudad, en medio de la cual se erguía la Torre Blanca, reluciente bajo el sol, prolongándose hasta dar la impresión de tocar el cielo con sus innumerables cúpulas, delicadas espirales y otras formas que se elevaban dentro de su recinto. Era sorprendente la poca gente que había en la plaza. Nadie se entrometía en la Torre a menos que tuviera asuntos que atender allí, se recordó Egwene con desasosiego.

—Verin Sedai —dijo Hurin, haciendo adelantar los caballos de carga al llegar a la explanada—, debo despedirme de vosotros ahora.

Lanzó una ojeada a la Torre y luego se las arregló para no volver a mirarla, aunque en realidad era difícil contemplar otra cosa allí. Hurin procedía de una tierra donde se respetaba a las Aes Sedai, pero una cosa era respetarlas y otra muy distinta estar rodeado de ellas.

—Nos habéis sido de gran ayuda en nuestro viaje, Hurin —le agradeció Verin—, y éste ha sido ciertamente largo. En la Torre tendréis un aposento donde descansar antes de proseguir vuestro camino.

—No puedo desperdiciar ni un día, Verin Sedai —aseveró Hurin, sacudiendo enfáticamente la cabeza—. Ni una hora. Debo regresar a Shienar, a contarles al rey Easar y a lord Agelmar la verdad de lo sucedido en Falme. Debo decirles lo de… —Calló de improviso y miró en derredor. Aunque no había nadie lo bastante cerca para oírlo, de todos modos bajó la voz y se limitó a agregar—: Lo de Rand, que el Dragón ha renacido. Debe de haber barcos mercantes que vayan río arriba, y mi intención es embarcar en el primero que leve anclas.

—Id con la Luz, pues, Hurin de Shienar —lo bendijo Verin.

—La Luz os ilumine a todos —respondió el hombre, tomando las riendas, y, tras un momento de vacilación, añadió—: Si me necesitáis…, sea cuando sea, mandadme un mensaje a Fal Dara y hallaré la manera de acudir. —Aclarándose la garganta como si estuviera algo azorado, volvió grupas y se alejó al trote de la Torre. A poco, ya lo habían perdido de vista.

—¡Hombres! —exclamó Nynaeve, meneando con exasperación la cabeza—. Siempre dicen que los mandemos a llamar si los necesitamos, pero, cuando se necesita uno, se lo necesita justo en ese preciso momento y no después.

—Ningún hombre puede servirnos de algo en el lugar adonde vamos —observó secamente Verin—. Recordadlo. Guardad silencio.

Egwene experimentó una sensación de pérdida con la partida de Hurin. Apenas si hablaba con ellos, salvo con Mat, y Verin estaba en lo cierto: era sólo un hombre, indefenso como un niño ante las eventualidades que tal vez habrían de afrontar en la Torre. Pero con su marcha perdían a un miembro de su grupo, y, aun en contra de la razón, ella no podía remediar creer que siempre era útil contar con un hombre con una espada. Además, él había sido un vínculo con Rand y Perrin. «Yo tengo mis propias preocupaciones». Rand y Perrin habrían de arreglarse con Moraine. «Y Min cuidará sin duda de Rand», pensó con un acceso de celos que trató de suprimir. Casi lo logró.

Con un suspiro, tomó a su cargo la guía de los caballos que transportaban la camilla. Mat yacía tapado hasta la barbilla, emitiendo un seco y rasposo sonido cada vez que respiraba. «Falta poco —pensó—. Pronto te curarán ahora. Y nosotras averiguaremos qué nos deparan en la Torre». Deseaba que Verin dejara de tratar de infundirles miedo y, sobre todo, deseaba no tener que reconocer que tenía motivos para asustarlas.

Con Verin a la cabeza rodearon parte del perímetro de la Torre hasta llegar a una pequeña puerta abierta donde había apostados dos guardias. La Aes Sedai se detuvo, se bajó la capucha y se inclinó en la silla para hablar quedamente a uno de ellos. El centinela dio un respingo y dirigió una mirada de asombro a Egwene y sus compañeros.

—Como ordenéis, Aes Sedai —se apresuró a acatar y luego se adentró corriendo en el recinto de la Torre. Verin ya trasponía las puertas cuando el guardia contestó, y siguió cabalgando como si no hubiera motivo alguno de apremio.

Egwene la siguió con la litera, intercambiando miradas con Nynaeve y Elayne, intrigada por saber qué le habría dicho Verin a aquel hombre.

Justo en el interior de la puerta, había una caseta de guardia de piedra gris que tenía la forma de una estrella de seis puntas recostada de lado. Los soldados repantigados en el umbral pararon de hablar y efectuaron reverencias al paso de Verin.

Aquella parte del recinto de la Torre, con sus cuidados árboles, arbustos recortados y amplios senderos de grava, habría podido confundirse con el jardín de un aristócrata. Entre el ramaje se percibían otros edificios, todos dominados por la Torre propiamente dicha.