Выбрать главу

El camino los condujo a una caballeriza escondida entre los árboles, de donde salieron corriendo varios mozos vestidos con chalecos de cuero para hacerse cargo de sus monturas. Siguiendo las instrucciones de la Aes Sedai, algunos de ellos desataron la litera y la depositaron con cuidado en el suelo. Cuando se llevaban los caballos, Verin tomó el saco de cuero que reposaba a los pies de Mat y se lo colocó descuidadamente bajo el brazo.

Nynaeve dejó de masajearse la espalda y miró, ceñuda, a la Aes Sedai.

—Dijisteis que le quedaban unas horas, tal vez. ¿Es que vais a quedaros…?

Verin alzó una mano, pero Egwene no supo si fue su gesto el que hizo callar a Nynaeve o el ruido de pasos acercándose por el sendero de grava.

Al cabo de unos momentos apareció Sheriam Sedai, seguida por tres Aceptadas cuyos vestidos blancos tenían en el borde cenefas con los colores de los siete Ajahs, del Azul al Rojo, y dos fornidos hombres vestidos con toscas ropas de trabajo. La Maestra de las Novicias era una mujer un poco regordeta, con los altos pómulos frecuentes entre los habitantes de Saldaea. Su brillante pelo rojizo y los claros ojos verdes rasgados producían un efecto chocante en sus suaves rasgos de Aes Sedai. Miró con calma a Egwene y a las demás, pero con la mandíbula comprimida.

—Así que habéis traído de regreso a nuestras tres fugitivas, Verin. Con todo lo que ha ocurrido, casi desearía que no lo hubierais hecho.

—Nosotras no… —quiso aducir Egwene.

—¡SILENCIO! —la atajó Verin con severidad.

Luego clavó los ojos en ella —en cada una de ellas— como si la intensidad de su mirada fuera capaz de hacerles mantener la boca cerrada. A Egwene no le cabía duda de ello. Nunca hasta entonces había visto enojada a Verin. Nynaeve cruzó los brazos bajo el pecho y se puso a murmurar entre dientes, pero no dijo nada. Las tres Aceptadas que se hallaban detrás de Sheriam guardaban, naturalmente, silencio, pero Egwene creyó ver cómo les crecían las orejas de tanto aguzar el oído.

Cuando estuvo segura de que Egwene y las otras se mantendrían calladas, Verin se volvió de nuevo hacia Sheriam.

—Debe llevarse al muchacho a un lugar aislado de todos. Está enfermo, y su dolencia entraña peligro tanto para él como para los demás.

—Me han dicho que había que transportar una camilla. —Sheriam hizo una señal a los dos hombres, habló en voz baja con uno de ellos, y enseguida se llevaron a Mat.

Egwene abrió la boca para decir que necesitaba asistencia inmediata, pero, ante la rápida y furiosa mirada que le asestó Verin, volvió a cerrarla. Nynaeve se daba unos tirones tan violentos a la trenza que poco le faltaba para arrancársela.

—Supongo —dijo Verin— que a estas alturas toda la Torre está al corriente de nuestro regreso.

—Los que no lo están —repuso Sheriam— no tardarán en enterarse. Las idas y venidas se han convertido en el tema más importante de conversación y habladuría. Incluso más que los sucesos de Falme y la guerra de Cairhien. ¿Os proponíais mantenerlo en secreto?

—Debo ver a la Amyrlin —declaró Verin, tomando el saco de cuero con los dos brazos—. De inmediato.

—¿Y qué hago con estas tres?

Verin observó con el entrecejo fruncido a Egwene y sus amigas.

—Deben mantenerse estrechamente vigiladas hasta que la Amyrlin quiera verlas. Suponiendo que quiera verlas. Creo que sus propias habitaciones servirán. No hay necesidad de aislarlas en celdas. Ni una palabra a nadie.

Pese a que aún se dirigía a Sheriam, Egwene captó en sus últimas palabras una especie de recordatorio para ella y las demás. Nynaeve miraba ceñuda y se tiraba de la trenza como si descargara en ella sus deseos de asestar un puñetazo contra algo. Elayne tenía los azules ojos muy abiertos y la cara aún más pálida de lo habitual. Egwene no estaba segura de cuáles eran las emociones que compartía con ellas, rabia, temor o preocupación, pero sabía que alguna de las tres la desasosegaba.

Asestando una última mirada escrutadora a sus tres compañeras de viaje, Verin se marchó a toda prisa, apretando el saco contra el pecho y con la capa revoloteando tras ella. Sheriam apoyó los puños en las caderas y examinó a Egwene y sus amigas. Por un momento Egwene sintió un cierto alivio en su tensión. La Maestra de las Novicias siempre mantenía el ánimo templado y un compasivo sentido del humor incluso cuando estaba castigando con trabajos suplementarios a alguien por haber violado las normas. Cuando tomó la palabra, sin embargo, lo hizo con tono severo.

—Ni una palabra, ha dicho Verin Sedai, y así será. Si una de vosotras se atreve a hablar, salvo para responder a una Aes Sedai, claro está, haré que deseéis no recibir más sanción que unos latigazos y unas cuantas horas de fregar suelos. ¿Entendido?

—Sí, Aes Sedai —contestó Egwene, y oyó cómo las otras decían lo mismo, aun cuando Nynaeve pronunciara las palabras con tono de desafío.

Sheriam emitió un gutural sonido de disgusto, muy parecido a un gruñido.

—En comparación con antaño, son mucho menos numerosas las muchachas que acuden a la Torre para ser entrenadas, pero siguen viniendo. La mayoría de ellas se van sin haber aprendido a percibir la Fuente Verdadera, y mucho menos a tocarla. Unas cuantas aprenden lo necesario para no autolastimarse antes de marcharse. Son un reducido grupo las elegidas que pueden aspirar a acceder al grado de Aceptadas, y aún más escasas las que optarán por llevar el chal. Es una vida dura, una disciplina férrea y, no obstante, cada novicia lucha por resistir, por obtener el anillo y el chal. Incluso cuando tienen tanto miedo que cada noche se duermen anegadas en llanto, se esfuerzan por resistir. Y vosotras tres, que tenéis más habilidad innata de la que esperaba ver en toda mi vida, os marchasteis de la Torre sin permiso, os escapasteis sin ni siquiera disponer de una mínima instrucción, como niñas irresponsables, y prolongasteis vuestra ausencia durante meses. Y ahora regresáis como si nada hubiera pasado, como si pudierais reanudar vuestras lecciones al día siguiente. —Exhaló largamente, como si de lo contrario fuera a estallar—. ¡Faolain!

Las tres Aceptadas se sobresaltaron como si las hubieran sorprendido escuchando a escondidas y una de ellas, una mujer morena de pelo rizado, dio unos pasos al frente. Todas eran jóvenes, pero mayores que Nynaeve. La rápida Aceptación de Nynaeve había sido algo extraordinario. En condiciones normales, una novicia tardaba años en hacerse acreedora del anillo con la Gran Serpiente que llevaban, y tardaría varios años más en comenzar a abrigar esperanzas de ser ascendida a la condición de Aes Sedai.

—Llevadlas a sus habitaciones —ordenó Sheriam—, y que no salgan de allí. Pueden tomar pan, caldo frío y agua hasta que la Amyrlin especifique lo contrario. Y, si una de ellas pronuncia una sola palabra, podéis llevarla a las cocinas y ponerla a fregar cacharros. —Giró sobre sí y se alejó con paso altivo, expresando enojo incluso de espaldas.

Faolain miró a Egwene y sus amigas con aire casi esperanzado, en especial a Nynaeve, cuyo rostro era la viva representación de la furia. La redonda cara de Faolain dejaba a las claras que no sentía el más mínimo aprecio por quienes violaban las normas de manera tan extravagante, y menos por alguien como Nynaeve, una espontánea que había canalizado el Poder antes de haber entrado siquiera en Tar Valon. Cuando fue evidente que Nynaeve estaba decidida a no dar rienda suelta a su enojo, Faolain se encogió de hombros.

—Cuando la Amyrlin os mande llamar, os neutralizarán seguramente.

—Déjalo ya, Faolain —la disuadió otra de las Aceptadas. Era la mayor y tenía el cuello largo, la piel cobriza y movimientos gráciles—. Yo me ocuparé de ti —le dijo a Nynaeve—. Me llamo Theodrin y, como tú, soy una espontánea. Vigilaré que cumplas las órdenes de Sheriam Sedai, pero no te hostigaré. Ven.

Nynaeve dirigió una preocupada mirada a Egwene y Elayne, suspiró y dejó que Theodrin se la llevara.

—Espontáneas —murmuró Faolain, como si profiriera una maldición. Luego se encaró a Egwene.