Nynaeve permaneció quieta, tirándose de la trenza y sin decir palabra. Finalmente, superó aquel estado de rigidez.
—No lo eres, ¿verdad? Yo misma he dicho que eras una mujer, pero supongo que, en el fondo, no acababa de creerlo. Muchacha… No, mujer. Mujer, espero que te des cuenta de que acabas de saltar dentro de un caldero conmigo y que de un momento a otro pueden encender el fuego.
—Lo sé. —Egwene se sintió orgullosa de que apenas le temblara la voz.
La Amyrlin sonrió, complacida, pero en sus azules ojos había algo que hizo sospechar a Egwene que ella ya sabía antes qué decisión tomarían. Por un instante, volvió a notar en los brazos y en las piernas los hilos de marioneta.
—Verin… —La Amyrlin titubeó y luego murmuró medio para sí—: Si he de confiar en alguien, tanto da que sea ella. A estas alturas sabe tanto como yo, si no más. —Su voz cobró vigor—. Verin os dirá todo cuanto se conoce acerca de Liandrin y las otras, y también os dará una lista de los ter’angreal que se llevaron y de sus aplicaciones. De los que tenemos identificados. En cuanto a la posibilidad de que todavía haya alguien del Ajah Negro en la Torre… Escuchad, observad y sed muy cuidadosas en vuestras preguntas. Sed como los ratones. Si tenéis la más mínima sospecha, informadme de ella. Yo misma vendré a veros de vez en cuando. Nadie lo considerará extraño, teniendo en cuenta los motivos por los que recibís castigo. Podréis ponerme al corriente en tales ocasiones. Recordad que no se han arredrado ante la idea de asesinar a alguien. Podrían volver a hacerlo.
—Eso está muy bien —objetó Nynaeve—, pero nosotras todavía seremos Aceptadas, y las mujeres a las que vamos a seguir la pista son Aes Sedai. Cualquier hermana puede mandarnos a ocuparnos de nuestros asuntos o hacer su propia colada, y nosotras no tendremos más remedio que obedecer. Hay sitios donde se supone que no debe ir una Aceptada y cosas que no se espera que haga. Luz, si tuviéramos la certeza de que una hermana es del Ajah Negro, podría ordenar a los guardias que nos encerraran en nuestras habitaciones, y ellos así lo harían. En ningún caso prevalecería nuestra palabra sobre la de una Aes Sedai.
—Globalmente —reconoció la Amyrlin—, debéis trabajar dentro de las limitaciones propias de las Aceptadas, con objeto de que nadie sospeche de vosotras, pero… —Abrió la caja negra que había en la mesa, vaciló y miró a las otras dos mujeres como si no acabara de decidirse y luego sacó varios rígidos papeles doblados. Los observó, volvió a dudar y al fin eligió dos. Devolvió los demás a la caja y tendió aquellos dos a Egwene y Nynaeve—. Mantenedlos bien ocultos. Son sólo para casos de emergencia.
Egwene desplegó el grueso papel. Había algo escrito con nítida letra redondeada y estaba sellado con la Llama Blanca de Tar Valon:
«Lo que hace el portador de este documento lo hace bajo mis órdenes y mi autoridad. Obedeced y guardad silencio, siguiendo mi mandato».
—Podría hacer cualquier cosa con esto —comentó con asombro Nynaeve—. Mandar que los guardias se pongan en formación. Dar órdenes a los Guardianes. —Lanzó una risita—. Con esto, podría hacer que un Guardián se pusiera a bailar.
—Hasta que yo me enterara de ello —convino secamente la Amyrlin—. A menos que tuvieras una razón muy convincente, me encargaría de que desearas que Liandrin te hubiera atrapado en mi lugar.
—No tenía intención de hacer nada de eso —se apresuró a aclarar Nynaeve—. Me refería sólo a que otorga más autoridad de la que hubiera imaginado.
—Es posible que necesitéis cada gramo de su peso. Pero recordad bien esto: un Amigo Siniestro no acatará en nada mis órdenes, ni tampoco un Capa Blanca. Es probable que tanto uno como otro os mataran por el simple hecho de tener ese documento. En caso de que ese papel sea un escudo… Bien, los escudos de papel son frágiles, y éste puede tener una diana pintada en él.
—Sí, madre —acordaron al unísono Egwene y Nynaeve.
Egwene dobló el suyo y lo guardó en la bolsa del cinturón, decidida a no sacarlo de allí salvo en caso de absoluta necesidad. «¿Y cómo sabré cuándo será el momento?»
—¿Y Mat? —preguntó Nynaeve—. Está muy enfermo, madre, y apenas le queda tiempo.
—Mandaré avisaros —respondió concisamente la Amyrlin.
—Pero, madre…
—¡Mandaré avisaros! Ahora marchaos, hijas. La esperanza de la Torre reposa en vuestras manos. Id a vuestras habitaciones y descansad un poco. Recordad que tenéis citas pendientes con Sheriam, y con las ollas.
15
El hombre gris
Fuera del estudio de la Sede Amyrlin, Egwene y Nynaeve comenzaron a recorrer los solitarios corredores, cruzándose sólo de tanto en tanto con alguna criada. Egwene agradeció su presencia pues, a pesar de todos los tapices y ornamentos en las paredes, los pasillos se le antojaban ahora cavernas. Peligrosas cavernas.
Nynaeve caminaba con paso vivo y resuelto, volviendo a propinarse vigorosos tirones de trenza, y Egwene apuraba el suyo para no quedarse atrás. No quería que la dejara sola.
—Si el Ajah Negro sigue todavía aquí, Nynaeve, y si concibe aunque sólo sea sospechas de lo que estamos haciendo… Espero que no hablaras en serio al afirmar que nos comportaríamos como si ya estuviéramos sujetas a los Tres Juramentos. No pienso permitir que me maten, si puedo impedirlo encauzando.
—Si aún queda alguna aquí, Egwene, sabrán lo que hacemos en cuanto nos vean. —Pese a sus palabras, Nynaeve parecía preocupada—. O como mínimo nos verán como una amenaza, lo cual viene a ser lo mismo.
—¿Cómo van a considerarnos como una amenaza? Nadie se siente amenazado por alguien a quien puede ordenar lo que le plazca. Quien tiene que fregar ollas y hacer girar los asadores tres veces por día no representa una amenaza para nadie. La Amyrlin nos ha puesto a trabajar en las cocinas por ese motivo. En parte, al menos.
—Quizá la Amyrlin no ha tomado en cuenta todas las implicaciones —dijo distraídamente Nynaeve—. O tal vez sí, y pretende de nosotras algo distinto de lo que asegura. Piensa, Egwene. Liandrin no habría intentado deshacerse de nosotras si no hubiera creído que suponíamos una amenaza para ella. No acierto a descifrar el cómo ni el porqué, pero tampoco veo que la situación haya cambiado. Si todavía hay hermanas del Ajah Negro aquí, les mereceremos el mismo aprecio que a ella, tanto si sospechan de nuestras actividades como si no.
—No había pensado en eso —confesó Egwene, tragando saliva—. Luz, me gustaría ser invisible. Nynaeve, si aún están aquí, me arriesgaré a ser neutralizada antes de que un Amigo Siniestro me mate, o me haga algo peor. Y, pese a lo que le has dicho a la Amyrlin, tampoco creo que tú vayas a dejar que te liquiden.
—Hablaba en serio. —Por un momento Nynaeve pareció salir de su estado de concentración y aminoró el paso. Una rubia novicia pasó apresurada llevando una bandeja—. Totalmente en serio, Egwene. —Nynaeve prosiguió cuando la novicia se halló lo bastante lejos para no oírla—. Hay otros métodos con los que podemos defendernos. Si no existieran, muchas Aes Sedai serían asesinadas cada vez que abandonan la Torre. Sólo hemos de deducir cuáles son y utilizarlos.
—Yo ya conozco varios, y tú también.
—Son peligrosos. —Egwene se disponía a argüir que únicamente eran peligrosos para quien las atacara, pero Nynaeve continuó hablando, imparable—. Puedes aficionarte demasiado a ellos. Esta mañana, cuando he descargado toda mi furia contra esos Capas Blancas…, he sentido una satisfacción excesiva. Es demasiado arriesgado. —Se estremeció y volvió a apretar el paso, y Egwene hubo de apurarse para alcanzarla.