—De todas formas lo harás —la disuadió Nynaeve—, y ojalá que todos piensen que no haces nada más aparte de eso. Ahora escucha con atención.
Elayne así lo hizo y fue abriendo paulatinamente la boca a medida que Nynaeve le revelaba lo que la Amyrlin les había dicho, la tarea que les había encomendado, y el atentado que acababan de sufrir. Se estremeció al oír mencionar al Hombre Gris, leyó con asombro el documento que la Amyrlin había entregado a Nynaeve y luego se lo devolvió, murmurando:
—Ya me gustaría tenerlo en las manos la próxima vez que vea a madre.
Pero, para cuando Nynaeve hubo acabado de explicarle todo, su rostro era la viva imagen de la indignación.
—¡Eso es como si le dijeran a uno que subiera en busca de leones a las colinas, con la particularidad de que uno no sabe si hay o no leones, pero, en caso de que los haya, es probable que ellos estén acechándolo a uno escondidos entre los matorrales! Oh, y si encuentra algún león, habrá de tratar de impedir que se lo trague a uno para poder decir dónde están.
—Si tienes miedo —apuntó Nynaeve—, todavía puedes quedarte al margen. Una vez que te hayas unido a nosotras, será demasiado tarde.
—Por supuesto que lo tengo —reconoció Elayne, echando la cabeza atrás—. No soy una insensata. Pero mi temor no es tan grande como para abandonar antes de haber empezado.
—Hay algo más —agregó Nynaeve—. Presiento que tal vez la Amyrlin vaya a dejar morir a Mat.
—Pero si las Aes Sedai curan por norma a cualquiera que lo solicita. —La heredera del trono parecía oscilar entre la indignación y la incredulidad—. ¿Para qué iba a dejar morir a Mat? ¡No puedo creerlo! ¡No puedo!
—¡Yo tampoco! —exclamó, con un hilo de voz, Egwene. «¡No es posible! ¡La Amyrlin no podría dejarlo morir!»—. Durante todo el camino Verin no paró de decir que la Amyrlin se ocuparía de que lo curaran.
—Verin dijo —puntualizó Nynaeve— que la Amyrlin «se ocuparía de él». No es lo mismo. Y la Amyrlin ha evitado responder con una afirmación o una negativa a mi pregunta. Puede que aún no lo haya decidido.
—¿Pero por qué? —inquirió Elayne.
—Porque la Torre Blanca actúa como lo hace de acuerdo con sus propios motivos. —La voz de Nynaeve produjo escalofríos a Egwene—. No sé por qué. El hecho de que ayuden a Mat a vivir o lo dejen morir depende de lo que sea más conveniente para sus propósitos. Ninguno de los Tres Juramentos las obliga a curarlo. Mat es sólo un instrumento, a los ojos de la Amyrlin. De igual manera que lo somos nosotras. Nos utilizará para perseguir al Ajah Negro, pero, si uno rompe una herramienta y ya no puede arreglarla, no se echa a llorar por ello. Busca simplemente otra. Las dos haréis bien en no olvidarlo.
—¿Qué vamos a hacer por él? —preguntó Egwene—. ¿Qué podemos hacer?
Nynaeve se dirigió a su armario y rebuscó en su interior. De regreso, llevaba una bolsa de tela con hierbas.
—Con mis medicinas… y un poco de suerte… tal vez pueda curarlo yo misma.
—Verin no pudo —le recordó Elayne—. Moraine y Verin juntas no lo consiguieron, y Moraine tenía un angreal. Nynaeve, si encauzas una excesiva cantidad de Poder Único, podrías quedar reducida a cenizas. O quedar neutralizada, en el mejor de los casos.
—No paran de decirme que tengo potencial para convertirme en la más poderosa Aes Sedai que haya existido en mil años —observó, encogiéndose de hombros, Nynaeve—. Quizás haya llegado el momento de comprobar si están en lo cierto. —Se dio un tirón de trenza.
A pesar del arrojo expresado en sus palabras, era evidente que Nynaeve tenía miedo. «Pero no va a permitir que Mat muera aunque para ello tenga que arriesgar su propia vida».
—Sí, afirman continuamente que las tres somos muy poderosas… o que lo seremos. Tal vez, si lo probamos en conjunto, consigamos dividir el flujo entre todas.
—Nunca hemos intentado trabajar juntas —objetó Nynaeve—. Me parece que no sé cómo combinar nuestras habilidades. La tentativa podría ser casi tan peligrosa como la absorción excesiva de Poder.
—Oh, si vamos a hacerlo —propuso Elayne, saltando de la cama—, hagámoslo ya. Cuanto más tardemos, más miedo tendré. Mat está en las habitaciones de los huéspedes. No sé en cuál, pero Sheriam me lo ha dicho.
Como si quisiera poner punto final a sus palabras, la puerta se abrió de golpe, y una Aes Sedai entró con ademán arrogante, como si aquélla fuera su habitación y ellas, las intrusas.
Egwene realizó una profunda reverencia, para ocultar la consternación que debía de reflejarse en su cara.
17
La hermana Roja
Más que hermosa, Elaida era atractiva, pero la severidad de su semblante acentuaba la madurez de sus atemporales rasgos de Aes Sedai. Aun cuando no parecía vieja, Egwene no podía imaginar que Elaida hubiera sido joven en un tiempo. Salvo para las ocasiones de protocolo, eran pocas las Aes Sedai que llevaban el chal bordado con sarmientos y la lágrima de la Llama de Tar Valon, que caía justo en la espalda, pero Elaida llevaba puesto el suyo, cuyos largos flecos rojos anunciaban su Ajah. Su vestido de seda de color crema también tenía franjas rojas, y rojos eran los escarpines que asomaban bajo sus faldas mientras entraba en la habitación. Sus oscuros ojos las observaban como habrían observado a unos gusanos los ojos de un pájaro.
—De forma que aquí estáis todas reunidas. No sé por qué, no me sorprende.
Su voz transmitía la misma sensación que su porte; era una mujer acostumbrada al poder, dispuesta a hacer uso de él si lo consideraba necesario, una mujer que sabía más que las personas a quienes hablaba. Y aquello era aplicable tanto a una reina como a una novicia.
—Perdonadme, Aes Sedai —se disculpó Nynaeve, efectuando otra reverencia—, pero estaba a punto de irme. He de ponerme al día en mis estudios. Si me excusáis…
—Tus estudios pueden esperar —replicó Elaida—. Después de todo, ya llevan esperando desde hace bastante tiempo. —Le quitó de las manos la bolsa de hierbas y la abrió, pero, tras echar una ojeada en su interior, la arrojó al suelo—. Hierbas. Ya no eres una Zahorí de pueblo, hija. Tratando de aferrarte al pasado sólo conseguirás entorpecer tu aprendizaje.
—Elaida Sedai —dijo Elayne—, yo…
—Silencio, novicia. —La voz de Elaida era fría y suave, tan suave como puede serlo el envoltorio de seda de un objeto de acero—. Puede que hayas roto un vínculo entre Tar Valon y Caemlyn que ha pervivido durante tres mil años. Hablarás cuando te dirijan la palabra.
Elayne escrutó el retazo de suelo que se extendía ante sus pies, con las mejillas encendidas, y Egwene no supo si atribuir su rubor a la culpa o a la rabia.
Sin dedicarles la más mínima atención, Elaida tomó asiento en uno de los sillones, arreglándose con cuidado la falda. No hizo ningún gesto para indicarles que se sentaran. En el rostro de Nynaeve era patente la tensión que la impulsaba a infligirse contenidos tirones de trenza. Egwene hizo votos porque controlara lo bastante su genio y no se instalara en la otra silla sin permiso.
Cuando Elaida hubo hallado la postura más cómoda, las examinó un rato en silencio, con expresión indescifrable.
—¿Sabíais que tenemos al Ajah Negro entre nosotras? —dijo por fin.