Salvo una mujer de fría mirada que creía que era una Blanca, las demás eran desconocidas para ella. La Amyrlin y la Guardiana llevaban, como era natural, sus túnicas, pero ninguna de las otras ofrecía ningún signo distintivo aparte de los anillos con la Gran Serpiente y las caras de edad indefinida características de las Aes Sedai. Ninguna de ellas se hizo eco de la presencia de Egwene y sus amigas, ni siquiera con una ojeada.
A pesar de la aparente calma de las mujeres que rodeaban la mesa, Egwene creyó advertir señales de incertidumbre en ellas: un fruncimiento en los labios de Anaiya, una arruga en el entrecejo del hermoso rostro moreno de Alanna. La mujer de gélida mirada no paraba de alisarse, con gesto inconsciente, la falda azul cielo sobre los muslos.
Una Aes Sedai a la que Egwene no conocía depositó una sencilla caja de madera pulida, larga y estrecha, en la mesa y la abrió. De su interior, forrado en seda roja, la Amyrlin extrajo una aflautada vara blanca de una longitud similar a la de su antebrazo. Podría haber sido de hueso, o de marfil, pero no lo era. En realidad nadie sabía cuál era su material.
Aunque no la había visto nunca, Egwene reconoció la vara gracias a la conferencia que sobre ella había dado Anaiya a las novicias. Era uno de los pocos sa’angreal, el más poderoso tal vez, que poseía la Torre. Los sa’angreal no disponían, naturalmente, de poder propio —eran meros instrumentos para concentrar y magnificar el flujo que podía canalizar una Aes Sedai— pero, con aquella vara, una Aes Sedai con potentes facultades sería capaz de derribar las murallas de Tar Valon.
Egwene apretó con fuerza la mano de Nynaeve en un lado y la de Elayne en el otro. «¡Luz! ¡No están seguras de poder curarlo, ni siquiera con un sa’angreal…, con ese sa’angreal! Nosotras lo habríamos matado seguramente, y habríamos perecido con él. ¡Luz!»
—Yo daré la señal de inicio —dijo la Amyrlin—. Tened cuidado. El Poder necesario para romper el vínculo con la daga y curar sus efectos se acerca al límite del que podría causarle la muerte. Yo lo haré converger. Asistidme.
Sosteniendo la vara con ambas manos, la situó frente a ella, por encima del rostro de Mat. Todavía inconsciente, éste sacudió la cabeza y rodeó con dedos crispados la empuñadura del arma, murmurando algo que parecía una negativa.
Alrededor de cada una de las Aes Sedai se formó una aureola, aquel tenue nimbo de luz blanca que únicamente percibía una mujer capaz de encauzar. El resplandor se expandió lentamente, hasta que el que emanaba de cada cual entró en contacto con el de la vecina y se fundió con él y entre todas formaron una sola luz, una luz que, a los ojos de Egwene, reducía a la mínima expresión la de las lámparas. Y entre aquella luminosidad había un fulgor aún más intenso, una franja de fuego marfileño: el sa’angreal.
Egwene rechazó el impulso de abrirse al saidar y agregar su flujo a la marea. Su atracción era tan poderosa que casi la levantaba del suelo. Elayne incrementó la presión en su mano. Nynaeve dio un paso hacia la mesa y luego se detuvo sacudiendo con enojo la cabeza. «Luz —pensó Egwene—, podría hacerlo». Pero no sabía qué era lo que podría hacer. «Luz, es tan fuerte. Es tan… maravilloso». A Elayne le temblaba la mano.
En la mesa, Mat se retorcía en medio del resplandor, murmurando palabras incomprensibles. Sus dedos, no obstante, seguían atenazando la daga, y no había abierto los ojos. Lenta, muy lentamente, comenzó a arquear la espalda, tensando de tal forma los músculos que el cuerpo le quedó agitado de temblores. Con todo, resistió porfiadamente, hasta que al fin sólo los talones y los hombros seguían en contacto con la mesa. La mano con que aferraba la empuñadura se abrió de golpe y se retiró de ella; fue obligada a retirarse de ella. Sus labios se retrajeron en una mueca de dolor, enseñando los dientes, y al espirar emitía ahogados gruñidos.
—Están matándolo —susurró Egwene—. ¡La Amyrlin está matándolo! Hemos de hacer algo.
—Si las detenemos —señaló Nynaeve con voz igual de queda—, en el supuesto de que pudiéramos detenerlas, morirá. No creo que yo pudiera encauzar la mitad de todo ese Poder. —Calló, como si acabara de escuchar sus propias palabras, en las que planteaba la posibilidad de encauzar ella sola la mitad de lo que diez Aes Sedai plenamente formadas lograban con la ayuda de un sa’angreal, y bajó aún más la voz—. La Luz me asista, cómo lo deseo.
Guardó silencio de repente. ¿Había querido decir que deseaba ayudar a Mat o que deseaba encauzar ese flujo de Poder? Egwene notaba el mismo apremiante impulso, como una canción que la compeliera a bailar.
—Debemos confiar en ellas —decidió finalmente Nynaeve—. No tiene otra alternativa.
De improviso Mat se puso a gritar, con voz recia y comprensible.
—¡Muad’drin tia dar allende caba’drin rhadiem! —Con la espalda arqueada y en tensión, los ojos firmemente cerrados, pronunciaba claramente las palabras—. ¡Los Valdar Cuebiyari! ¡Los! ¡Carai an Caldazar! ¡Al Caldazar!
Egwene frunció el entrecejo. Había aprendido lo bastante como para reconocer la Antigua Lengua, si bien no tanto como para comprender más que algunas palabras. ¡Carai an Caldazar! ¡Al Caldazar! «¡Por el honor del Águila Roja! ¡Por el Águila Roja!» Eran los antiguos gritos de guerra de Manetheren, una nación que había desaparecido durante la Guerra de los Trollocs. Una nación que se había asentado en las tierras que ocupaba ahora Dos Ríos. Hasta allí llegaban sus conocimientos; pero, de algún modo, por un momento tuvo la impresión de que debería entender asimismo el resto, como si el significado se hallara justo en el límite de su visión y sólo tuviera que volver la cabeza para aprehenderlo.
Con un sonoro ruido de cuero desgarrado, la daga con funda dorada se desprendió del cinturón de Mat y quedó suspendida a unos centímetros de su forcejeante cuerpo. El rubí rutilaba, parecía despedir centellas carmesí, como si él también se resistiera a la curación.
Mat abrió los ojos y miró airadamente a las mujeres que lo rodeaban.
—¡Mia ayende, Aes Sedai! ¡Caballein misain ye! ¡Inde muagdhe Aes Sedai misain ye! ¡Mia ayende! —Después se puso a gritar en un bramido de furia que se prolongó un rato, hasta que Egwene se extrañó de que aún le quedara resuello.
Anaiya se apresuró a inclinarse para coger una oscura caja metálica del suelo que, a juzgar por sus movimientos, era muy pesada. Cuando la dejó al lado de Mat y abrió la tapa, dejó al descubierto un exiguo espacio entre los costados que la componían, de cinco centímetros como mínimo de grosor. Anaiya volvió a inclinarse para tomar unas tenazas semejantes a las que usaría una ama de casa en la cocina y sujetó la daga suspendida con tanto cuidado como si de una serpiente venenosa se tratara.
El grito de Mat se volvió más frenético. El rubí centelleó furiosamente, arrancando destellos rojos como la sangre.
La Aes Sedai arrojó el arma al interior de la caja, la tapó con celeridad y dejó escapar un sonoro suspiro al oír el ruido del cierre.
—Un objeto inmundo —dijo.
En cuanto hubo ocultado la daga, Mat cesó en su alarido y se vino abajo como si los músculos y los huesos se le hubieran tornado gelatina. Un instante después se apagó la aureola que cercaba a las Aes Sedai.
—Ya está —concluyó con voz ronca la Amyrlin, como si hubiera sido ella la que había estado gritando—. Hemos terminado.
Algunas de las Aes Sedai manifestaron en su gesto un evidente cansancio, y eran varias las que tenían la frente perlada de sudor. Anaiya sacó un pañuelo de lino de la manga y se enjugó sin disimulo la cara. La Blanca de fría mirada se dio casi subrepticiamente unos toques en las mejillas con un pequeño cuadrado de encaje de Lugard.