Tar Valon. Estaba considerada como la ciudad más rica del mundo y era el centro del comercio que se desarrollaba entre las Tierras Fronterizas y las naciones del Sur, el centro del poder de las Aes Sedai. No creía posible que ninguna Aes Sedai se aviniera a jugar con él. Ni tampoco se fiaría del resultado obtenido en una partida de dados o cartas teniendo como compañero de mesa a una de aquellas mujeres. Pero seguramente habría mercaderes y personajes acaudalados. La ciudad en sí merecía una estancia de unos días. Pese a que tenía conciencia de haber viajado mucho desde que había salido de Dos Ríos, aparte de algunos vagos recuerdos de Caemlyn y Cairhien, había olvidado todo lo relativo a las grandes ciudades. Siempre había anhelado ver una gran ciudad.
—Pero no una llena de Aes Sedai —murmuró con acritud, dando cuenta de los últimos guisantes. Después volvió a dedicar la atención a la carne.
Se preguntó ociosamente si las Aes Sedai lo dejarían quedarse con el rubí de la daga de Shadar Logoth. Invocó el difuminado recuerdo que guardaba de aquella arma y, aun así, fue como rememorar una terrible herida. Se le agarrotaron las entrañas y notó un agudo dolor en las sienes. La imagen del rubí, no obstante, tan grande como la uña de su pulgar, oscuro como una gota de sangre, reluciente como un ojo carmesí, se le aparecía clara. Sin duda él tenía más derecho sobre él que las Aes Sedai, y su precio alcanzaría seguramente para comprar una docena de granjas en su comarca.
«Probablemente dirán que está infectada». Y no sería una afirmación descabellada. Con todo, dio rienda suelta a la fantasía de cambiar la gema a uno de los Coplin por sus mejores tierras. La mayoría de los componentes de esa familia, alborotadores de nacimiento, cuando no salían ladrones y mentirosos, merecían todo cuanto pudiera ocurrirles y más. En su fuero interno había descartado, no obstante, la posibilidad de que las Aes Sedai se lo devolvieran, y tampoco le hacía gracia la idea de transportarlo hasta el Campo de Emond en caso de recuperarlo. Y la perspectiva de poseer la granja de mayores dimensiones de Dos Ríos no le resultaba tan excitante como antes. En un tiempo, aquélla había sido su mayor ambición, aparte de obtener una reputación tan buena como su padre en el comercio de caballos. Ahora aquella aspiración se le antojaba muy poca cosa. Una insignificancia, con la totalidad del mundo esperándolo afuera.
En primer lugar, resolvió, debía localizar a Egwene y Nynaeve. «Quizás hayan recobrado la cordura y hayan renunciado a esa insensatez de querer convertirse en Aes Sedai». No abrigaba grandes esperanzas al respecto, pero no quería irse sin verlas. Lo que sí era seguro era que se marcharía. Les dedicaría una visita a ellas, un par de días a ver la ciudad, jugaría tal vez un poco a los dados para que su bolsa abultara más, y luego partiría hacia un lugar donde no hubiera Aes Sedai. Antes de regresar a casa. —«Un día volveré. Algún día»— quería ver mundo, y sin ninguna Aes Sedai que lo hiciera bailar al ritmo de su canción.
Buscando en la bandeja algo más que comer, advirtió con asombro que sólo quedaban algunas migajas de queso. Las jarras estaban vacías. Bajó con estupor la vista hacia su estómago. Debería sentirse saciado hasta la náusea con todo lo que había consumido, pero sentía como si apenas hubiera comido. Juntó los pedacitos de queso esparcidos entre el pulgar y el índice y, cuando se los llevaba a la boca, se le petrificó la mano.
«Yo hice sonar el Cuerno de Valere». Se puso a silbar quedamente una melodía y paró bruscamente cuando la letra de la canción afloró a su mente:
—Mejor será que haya una maldita cuerda para subir —susurró.
Dejó caer las migajas de queso en la bandeja y por un momento volvió a sentirse mal. Obstinadamente, trató de pensar, de abrir una brecha en la niebla que lo envolvía todo en su cabeza.
Verin se había ocupado de llevar el Cuerno a Tar Valon, pero él no recordaba si ella sabía que era él quien lo había tocado. Nunca había dicho nada significativo al respecto, estaba seguro. Creía estarlo. «¿Y si lo sabe? ¿Y si todas lo saben? A menos que Verin hiciera algo con él que yo ignoro, tienen el Cuerno. No me necesitan». ¿Pero quién se hallaba en condiciones de determinar qué creían necesitar las Aes Sedai?
—Si me preguntan —resolvió con ferocidad—, yo ni siquiera lo he tocado. Si lo saben… Si lo saben, me… Ya lo resolveré en su momento. Rayos y truenos, no es posible que quieran algo de mí. ¡No es posible!
Una queda llamada en la puerta lo hizo ponerse tambaleante en pie, dispuesto a echar a correr…, si hubiera habido un lugar adonde correr, y si él se hubiera hallado en condiciones de dar más de tres pasos. Tal sitio no existía y el cuerpo no le respondía.
La puerta se abrió.
20
Visitas
La mujer que entró, vestida toda de blanco y plata, cerró la puerta tras ella y se apoyó en la hoja para observarlo con los ojos más oscuros que Mat había visto nunca. Era tan hermosa que casi se quedó sin aliento, con un pelo negro como la noche recogido con una cinta de hebras de plata entrelazadas y tan airosa en la inmovilidad como lo sería otra mujer bailando. Durante unos segundos tuvo la impresión de que la conocía, pero inmediatamente rechazó tal idea. Ningún hombre olvidaría a una mujer como aquélla.
—Supongo que tendrás un aspecto aceptable una vez que te hayas vuelto a rellenar —dijo—, pero por ahora tal vez podrías ponerte algo.
Mat continuó mirándola con embeleso un instante y luego cayó de repente en la cuenta de que estaba desnudo. Rojo como la grana, se fue arrastrando los pies hasta la cama, se tapó con la manta a modo de capa y, más bien que sentarse, cayó en el borde del colchón.
—Perdonad por… es decir, yo… es que no esperaba… Yo… —Respiró hondo—. Os pido disculpas por encontrarme así.
Todavía notaba las mejillas encendidas. Por un momento deseó que Rand, fuera lo que fuese en que se había convertido, o el mismo Perrin estuvieran allí para aconsejarlo. Ellos siempre parecían salir airosos con las mujeres. Incluso las chicas que sabían que Rand estaba prácticamente comprometido con Egwene solían mirarlo con agrado y, al parecer, consideraban que la pausada naturaleza de Perrin tenía su atractivo. Por más que lo había intentado, él siempre acababa haciendo el ridículo delante de las muchachas. Exactamente como ahora.
—No me habría presentado así, Mat, de no ser porque me hallaba aquí en la…, en la Torre Blanca —sonrió como si el nombre le resultara divertido— para atender cierto asunto, y quería veros a todos. —Nuevamente ruborizado, Mat se arrebujó aún más en la manta, pero ella no parecía haber querido tomarle el pelo. Con porte más majestuoso que el de un cisne, se deslizó hasta la mesa—. Tienes hambre. Es lo normal, tal como hacen ellas las cosas. Come cuanto te den. Te sorprenderá ver con cuánta rapidez recuperas peso y fuerzas.
—Perdonad —se excusó educadamente Mat—, pero ¿os conozco? Sin ánimo de ofender, me resultáis… familiar. —La mujer clavó la mirada en él, provocándole una aguda incomodidad. Una mujer como ella esperaría que la recordasen.
—Puede que me hayas visto —repuso al cabo—, en algún sitio. Llámame Selene. —Ladeó ligeramente la cabeza, como si previera que él reconocería el nombre.