—¿Por qué os empeñáis en retenerme a toda costa? —preguntó. Entonces oyó la voz de Selene. «Quieren utilizarte»—. ¿Por qué habría de importaros si me muero de hambre o no? Puedo alimentarme yo solo.
La Amyrlin emitió una queda carcajada.
—¿Con dos marcos de plata y un puñado de monedas de cobre? Tendrías que ser muy afortunado con los dados para llegar a comprar toda la comida que vas a necesitar durante los próximos días. No curamos a la gente para luego permitir que desperdicien nuestro esfuerzo pereciendo cuando aún necesitan cuidados. Aparte de eso, es posible que todavía precises otra sesión de curación.
—¿Aún más? Habéis dicho que me habíais curado. ¿Por qué iba a necesitar más?
—Llevaste esa daga durante meses, hijo. Creo que te hemos extraído todo resto de ella, pero, si quedara tan sólo la más insignificante mota, su efecto podría ser aún fatal. ¿Y quién sabe qué consecuencias puede traer el hecho de haberla tenido tanto tiempo en tu poder? Puede que dentro de medio año, o un año, desees fervientemente tener una Aes Sedai a mano para que vuelva a curarte.
—¿Queréis que me quede un año aquí? —preguntó incrédulamente y con tono alterado. Leane repiqueteó en el suelo con el pie y le asestó una acerada mirada, pero la calma permaneció imperturbada en el rostro de la Amyrlin.
—Quizá no tanto tiempo, hijo, aunque sí el suficiente para estar seguros. Sin duda tú eres el primer interesado en ello. ¿Embarcarías en un bote sin cerciorarte de su perfecto calafateado o de si hay alguna plancha podrida?
—Apenas he tenido contacto con embarcaciones —murmuró Mat. Cabía la posibilidad de que fuera cierto. Las Aes Sedai nunca mentían, pero, para su gusto, había demasiados tal vez y quizás en las palabras de la Amyrlin—. Llevo mucho tiempo fuera de casa, madre. Mi padre y mi madre seguramente me dan por muerto.
—Si deseas escribirles una carta, yo me ocuparé de que la lleven al Campo de Emond.
Mat aguardó a que agregara algo más, pero su espera fue en vano.
—Gracias, madre. —Emitió una risa fingida—. Casi me sorprende que mi padre no viniera a buscarme. Es la clase de hombre que haría una cosa así. —Le pareció percibir una breve vacilación en la Amyrlin antes de que ésta se decidiera a responder.
—Vino, en efecto. Leane habló con él.
—Entonces no sabíamos dónde estabas, Mat —se apresuró a explicar la Guardiana—. Ésa fue toda la información que pude darle, y él partió antes de que dieran comienzo las grandes nevadas. Le di un poco de oro para facilitarle el viaje de regreso.
—Seguro que le complacerá tener noticias tuyas —previó la Amyrlin—. Y a tu madre también. Entrégame la carta cuando la hayas escrito y yo me encargaré de que llegue a su destino.
Se lo habían contado, pero antes había tenido que preguntarlo. «Y no han mencionado al padre de Rand. Quizá será porque consideran que me tiene sin cuidado o quizá porque… Diantre, no lo sé. ¿Quién sabe el porqué del comportamiento de las Aes Sedai?»
—Yo viajaba con un amigo, madre. Rand al’Thor. Sin duda lo recordaréis. ¿Sabéis si está bien? Apuesto a que su padre también está preocupado.
—Por lo que sé —respondió con calma la Amyrlin—, el muchacho se encuentra bien, ¿pero quién puede asegurarlo? Sólo lo he visto una vez, la misma ocasión en que te vi a ti, en Fal Dara. —Se volvió hacia la Guardiana—. Puede que no le venga mal un pedazo de pastel, Leane. Y algo para refrescarse la garganta, si va a seguir hablando tanto. ¿Querréis encargar que se lo traigan?
—Como ordenéis, madre —murmuró, al irse, la alta Aes Sedai.
Cuando volvió a girarse hacia Mat, la Amyrlin sonreía, pero sus ojos eran dos témpanos azules.
—Hay temas demasiado peligrosos para que hables de ellos, quizás incluso delante de Leane. Son más los hombres que han muerto por lenguaraces que por efecto de súbitas tempestades.
—¿Peligrosos, madre? —De pronto sintió la boca reseca, pero resistió el impulso de humedecerse los labios. «Luz, ¿en qué medida sabe lo de Rand? Si al menos Moraine no se anduviera con tantos secretos»—. Madre, yo no sé nada peligroso. Ni siquiera me acuerdo de la mitad de lo que sé.
—¿Recuerdas el Cuerno?
—¿Qué cuerno es ése, madre?
La Aes Sedai se puso en pie y se inclinó con tal velocidad sobre él que apenas tuvo tiempo de percibir sus movimientos.
—Estás jugando conmigo, muchacho, y acabarás llorando a lágrima viva y llamando a tu madre a gritos. No tengo tiempo para juegos y tú tampoco. ¿Lo… recuerdas… ahora?
Con las manos crispadas en los bordes de la manta, hubo de tragar saliva para poder responder.
—Lo recuerdo, madre.
La Aes Sedai pareció relajarse un poco, y Mat encogió con desasosiego los hombros. Se sentía como si acabaran de darle permiso para levantar la cabeza de una tajadera.
—Eso está mejor, Mat. —Volvió a sentarse lentamente, observándolo—. ¿Sabes que estás ligado al Cuerno? —Mat pronunció en silencio, lleno de estupor, la palabra «ligado» y realizó un gesto afirmativo con la cabeza—. No pensaba que lo supieras. Tú fuiste el primero en hacerlo sonar después de que lo encontraron. Para ti, los héroes muertos se levantarán de la tumba. Para cualquier otra persona, es un simple cuerno… mientras tú sigas vivo.
—Mientras siga vivo —repitió con voz apagada, y la Amyrlin asintió—. Pudisteis haber dejado que muriera. —La mujer volvió a asentir—. Entonces podríais haber elegido a cualquiera para que lo tocara y el Cuerno habría respondido a vuestros deseos. —La Amyrlin volvió a inclinar la cabeza—. ¡Rayos y truenos! Os proponéis que yo lo toque para vos. Cuando llegue la Última Batalla, pretendéis que yo llame a los héroes muertos para que luchen contra el Oscuro para vos. ¡Rayos, truenos y relámpagos!
La Aes Sedai se acodó en el brazo de la silla y apoyó la barbilla en la mano, sin apartar un instante los ojos de él.
—¿Habrías preferido la otra alternativa?
Frunció el entrecejo y entonces recordó cuál era la alternativa. Si otra persona había de hacer sonar el Cuerno…
—¿Queréis que haga sonar el Cuerno? Pues lo haré sonar. En ningún momento he dicho que no fuera a hacerlo, ¿verdad?
—Me recuerdas a mi tío Huan —declaró la Amyrlin tras exhalar un exasperado suspiro—. Nadie era capaz de sujetarlo por la fuerza. También era aficionado al juego y prefería divertirse a trabajar. Murió sacando niños de una casa incendiada. No hubo forma de impedir que volviera a entrar mientras quedó alguno adentro. ¿Eres como él, Mat? ¿Estarás presente cuando las llamaradas amenacen con engullirlo todo?
Rehuyó mirarla a los ojos y se dedicó a examinarse los dedos, que atenazaban con irritación la manta.
—Yo no soy un héroe. Hago lo que debo hacer, pero no soy un héroe.
—La mayoría de quienes tenemos por héroes únicamente hicieron lo que debían. Supongo que habremos de conformarnos con eso… Por ahora. No debes hablar con nadie del Cuerno excepto conmigo, hijo. Ni de tu vinculación con él.
«¿Por ahora? —pensó—. Maldita sea, eso es todo cuanto obtendréis de mí, ahora y siempre».
—No tengo ninguna jodida intención de decirle a na… —La Amyrlin enarcó una ceja, y él apaciguó la voz—. No pienso decírselo a nadie. Ojalá nadie lo supiera. ¿Por qué mantenerlo tan en secreto? ¿No os fiáis de vuestras Aes Sedai?
Durante un largo momento pensó que se había excedido. La mujer endureció la expresión y su mirada se tornó acerada.
—Si estuviera en mis manos lograr que sólo lo supiéramos tú y yo —aseveró fríamente—, lo haría. Cuanta más gente está al corriente de algo, más se propaga la noticia, aunque en ello medien las mejores intenciones. Casi todo el mundo piensa que el Cuerno de Valere es sólo una leyenda, y los que están mejor informados creen que todavía debe localizarlo uno de los cazadores. Pero Shayol Ghul sabe que ha sido encontrado, y de ello se desprende que al menos unos cuantos Amigos Siniestros lo saben. Ellos ignoran, sin embargo, dónde se halla y, si la Luz te ampara, también ignoran que tú lo hiciste sonar. ¿De veras quieres padecer la persecución de Amigos Siniestros? ¿De Semihombres y otros Engendros de la Sombra? Ellos quieren el Cuerno, debes saberlo. Éste surtirá los mismos efectos para la Sombra que para la Luz. Pero, para conseguir algo de él, deben apresarte, o matarte. ¿Quieres correr ese riesgo?