Al instalarse en la silla de la Sede Amyrlin, la silla que era también la Sede Amyrlin, cayó en la cuenta de que no tenía ni idea de qué haría después. Las otras Aes Sedai habían tomado asiento en el mismo momento que ella, todas a excepción de Beldeine, que permaneció de pie a su lado con la vara, tragando saliva con nerviosismo. Todas parecían aguardar una indicación suya.
—Comenzad —señaló finalmente.
Aquella palabra bastó, al parecer, para dar curso a la sesión. Una de las Asentadas Rojas se puso en pie, y Egwene reconoció con estupor a Elaida. Pese a ello, sabía que Elaida era la portavoz de las Asentadas del Rojo, y su más encarnizada enemiga. La expresión que puso Elaida al mirarla produjo una conmoción en su interior. Era dura, fría… y triunfal. Prometía cosas en las que era preferible no pensar.
—Traedlo —ordenó con voz recia Elaida.
De una rampa, distinta de la que había utilizado Egwene, llegó el sonido de pasos hollando la piedra. Entraron una docena de Aes Sedai rodeando a tres hombres, dos de ellos fornidos guardias con las blancas lágrimas de Tar Valon bordadas en el pecho que tiraban de las cadenas con que tropezaba, como si estuviera aturdido, el tercero.
Egwene se inclinó espasmódicamente en la silla. El hombre encadenado era Rand. Con los ojos entrecerrados y la cabeza gacha, parecía casi dormido y sólo se movía según la dirección que le marcaban las cadenas.
—Este hombre —declaró Elaida— se ha declarado el Dragón Renacido. —Se produjo un murmullo que no evidenciaba sorpresa por parte de los oyentes, sino desagrado por tener que escuchar aquello—. Este hombre ha encauzado el Poder Único. —El murmullo incrementó su intensidad, preñado ahora también de miedo—. No existe más que un castigo para esto, reconocido en todas las naciones, pero dictado solamente aquí, en Tar Valon, en la Antecámara de la Torre. Solicito de la Amyrlin que pronuncie la sentencia de amansar a este hombre.
Elaida miró con ojos relucientes a Egwene. «Rand. ¿Qué hago? Luz, ¿qué hago?»
—¿Por qué dudáis? —preguntó Elaida—. La sentencia establecida se ha repetido durante tres mil años. ¿Por qué vaciláis, Egwene al’Vere?
—¡Una actitud vergonzosa la vuestra, Elaida! —exclamó airadamente una de las Asentadas Verdes, poniéndose en pie—. ¡Mostrad respeto por la Sede Amyrlin! ¡Mostrad respeto por la madre!
—El respeto —replicó con frialdad Elaida— puede perderse igual que se gana. ¿Bien, Egwene? ¿Podría ser que por fin demostréis vuestra debilidad, vuestra incapacidad para el cargo? ¿Es posible que no vayáis a pronunciar la sentencia contra este hombre?
Rand trató de levantar la cabeza y no lo logró.
Egwene se puso trabajosamente en pie, aquejada de vértigo, tratando de recordar que ella era la Sede Amyrlin y todas aquellas mujeres estaban sujetas a su autoridad, tratando de gritar que ella era una novicia, que aquél no era su sitio, que se había producido un espantoso error.
—No —dijo entrecortadamente—. No, ¡no puedo! No voy a…
—¡Se delata a sí misma! —El grito de Elaida ahogó su intento de hablar—. ¡Se condena con sus propias palabras! ¡Apresadla!
Cuando Egwene abrió la boca, Beldeine se movió a su lado. Luego la vara de la Guardiana le golpeó la cabeza.
La engulló la oscuridad.
Primero tomó conciencia de su dolor de cabeza. Su espalda reposaba en una superficie dura y fría. Después percibió las voces. Murmullos.
—¿Sigue inconsciente? —Era una voz rasposa, como de lima aserrando un hueso.
—No os preocupéis —respondió desde muy lejos una mujer cuya voz traicionaba una inquietud y un miedo que intentaba disimular—. Nos ocuparemos de ella antes de que se dé cuenta de nada. Después será nuestra y haremos lo que queramos de ella. Tal vez os la entreguemos para que os divirtáis.
—Después de haberla utilizado para vuestros fines.
—Desde luego.
Las distantes voces se alejaron más.
Se rozó la pierna con la mano y notó el tacto de la piel erizada. Abrió levemente los ojos. Estaba desnuda, magullada, acostada sobre una tosca mesa de madera, en una habitación que tenía aspecto de ser un almacén caído en desuso. Las astillas se le clavaban en la espalda, y la boca le sabía a sangre.
En uno de los costados de la habitación se arracimaba un grupo de Aes Sedai que conversaban en voz baja y a un tiempo cargada de intensidad. El dolor de cabeza le entorpecía el pensamiento, pero le pareció que era importante contarlas. Trece.
A las Aes Sedai se sumó otro grupo de hombres encapuchados enfundados en negras capas, y las mujeres dieron la impresión de tratar de dominar el temor que les producía su presencia. Uno de los hombres volvió la cabeza para mirar en dirección a la mesa. La pálida cara de muerto enmarcada en la capucha carecía de ojos.
Egwene desdeñó contar a los Myrddraal. Sabía cuántos eran: trece Myrddraal y trece Aes Sedai. Al instante, en su garganta brotó un alarido de terror. Sin embargo, entre el pánico que amenazaba con quebrarle los huesos, apeló a la Fuente Verdadera y se aferró desesperadamente al saidar.
—¡Está despierta!
—¡No es posible!
—¡Escudadla! ¡Deprisa! ¡Deprisa! ¡Cortadle el contacto con la Fuente!
—¡Demasiado tarde! ¡Es demasiado fuerte!
—¡Cogedla! ¡Rápido!
Varias manos se tendieron hacia sus brazos y piernas. Manos horripilantemente pálidas como gusanos escondidos bajo las rocas, secundando las órdenes de unas mentes encajadas tras pálidos rostros carentes de ojos. Sabía que, si esas manos la tocaban, se volvería loca. El Poder ocupó su ser.
De la piel de los Myrddraal surgieron estallidos de llamas que rasgaron las negras telas como si fueran sólidas dagas de fuego. Los Semihombres se encrespaban y, chillando, ardían como papel engrasado. De las paredes se desprendían bloques de piedras como puños que surcaban velozmente la habitación y arrancaban, al descargarse en la carne, alaridos y gruñidos. El aire se agitaba, se desplazaba, aullaba convertido en torbellino.
Dolorida, Egwene se levantó lentamente de la mesa. El viento le azotó el pelo y le hizo perder el equilibrio, pero ella continuó avivándolo en su tambaleante trayecto hasta la puerta. Delante de ella había una Aes Sedai, una mujer magullada y ensangrentada, rodeada por la aureola del Poder. Una mujer que tenía plasmada la muerte en los oscuros ojos.
Egwene adjudicó un nombre a su rostro: Gyldan. La más estrecha confidente de Elaida, con quien siempre cuchicheaba en los rincones y se reunía en privado de noche. Egwene apretó la mandíbula y, desdeñando piedras y viento, le propinó entre los ojos el puñetazo más violento de que fue capaz. La hermana Roja —la hermana Negra— se vino abajo como si se le hubieran derretido los huesos.
Frotándose los nudillos, Egwene salió con paso inseguro al corredor. «Gracias, Perrin —pensó—, por enseñarme cómo hacerlo. Aunque no me advertiste el daño que hace».
Tras cerrar la puerta luchando contra el viento, encauzó de nuevo. Las piedras que había alrededor del umbral se estremecieron, crujieron y se posaron junto a la madera. Aquello no los retendría mucho rato, pero valía la pena utilizar cualquier procedimiento que postergara su persecución aunque sólo fuera un minuto. Los minutos podían ser cuestión de vida o muerte. Haciendo acopio de fuerzas, venció la debilidad y rompió a correr. Sus pasos eran vacilantes, pero corría.
Debía conseguir ropa, resolvió. Una mujer vestida tenía más autoridad que la misma mujer desnuda, e iba a necesitar cada onza de autoridad que pudiera reunir. Irían a buscarla primero a sus habitaciones, pero tenía un vestido y zapatos de recambio en el estudio —y otra estola—, y éste no se hallaba lejos.
Era turbador recorrer al trote aquellos pasillos vacíos. Aunque la Torre Blanca ya no albergaba tantas personas como antes, siempre solía transitar alguien por ellos. El único ruido que oía era el repiqueteo de sus plantas desnudas en las baldosas.