—Podríais haber dicho algo —murmuró a Sheriam—. Podríais haberme apoyado.
—Lo hubiera hecho con una novicia, hija —repuso con calma Sheriam—. Puesto que las novicias no pueden protegerse, yo trato de hacerlo. Ahora eres una Aceptada y es hora de que aprendas a protegerte a ti misma.
Egwene escrutó los ojos de Sheriam, preguntándose si había sido imaginario el énfasis que había advertido en la última frase. Al igual que Elaida, Sheriam había tenido ocasión de leer la lista de nombres, de concluir que Egwene estaba involucrada en el Ajah Negro. «Luz, estás volviéndote suspicaz con todo el mundo. De todos modos es preferible a morir o a ser capturada por trece de ellas y…» Contuvo el hilo de los pensamientos; no quería albergarlos en la mente.
—Sheriam, ¿qué ha ocurrido esta noche? —preguntó—. No pienso quedarme sin respuesta. —Vio que Sheriam enarcaba exageradamente las cejas y se apresuró a corregir su error—. Sheriam Sedai. Perdonadme, Sheriam Sedai.
—Recuerda que todavía no eres una Aes Sedai, hija. —A pesar de la dureza de su voz, en sus labios asomó brevemente una sonrisa—. No sé lo que ha pasado, pero me temo mucho que has estado a punto de morir.
—Quién sabe qué suerte corren las que no salen del ter’angreal —dijo Alanna acercándose a ellas. La hermana Verde era famosa por su mal genio y su sentido del humor, y algunos afirmaban que era capaz de pasar de un estado de ánimo al otro en menos de un abrir y cerrar de ojos. La mirada que dirigió a Egwene en aquella ocasión rayaba, no obstante, la timidez—. Hija, debí poner fin a esto cuando aún era posible, cuando percibí por primera vez… la reverberación. Ésta ha vuelto a producirse. Eso es lo que ha sucedido. Y se ha producido con una violencia multiplicada por mil, o por diez mil. Daba la impresión de que el ter’angreal trataba de escudarse contra el flujo del saidar… o soldarse al suelo. Te presento mis disculpas, aunque las palabras no basten para justificar lo que ha estado a punto de ocurrirte. Lo digo de todo corazón, y por el Primer Juramento sabrás que es verdad. Para demostrarte cuáles son mis sentimientos, pediré a la madre que me deje compartir contigo el tiempo que pasas en las cocinas. Y, sí, también la visita que has de hacer a Sheriam. De haber cumplido con mi deber, no habrías expuesto tu vida, y estoy dispuesta a expiar mi culpa.
—Nunca dará su consentimiento a ello, Alanna —aseguró, escandalizada, Sheriam—. Una hermana en las cocinas, lo que faltaba por ver… Es insólito. ¡Es imposible! Habéis obrado según habéis creído correcto. Estáis libre de toda culpa.
—Vos no sois responsable, Alanna Sedai —convino Egwene. «¿Por qué hace esto Alanna? A no ser que quiera convencerme de que ella no ha tenido nada que ver con el mal funcionamiento del ter’angreal. Y tal vez para no quitarme ojo de encima». La imagen de una orgullosa Aes Sedai hundida hasta los codos en ollas grasientas tres veces al día simplemente para vigilar a alguien le hizo ver que estaba dejando volar demasiado la imaginación. Pese a ello, era imposible que Alanna estuviera dispuesta a someterse a aquel castigo. De cualquier modo, la hermana Verde no había tenido oportunidad de ver la lista de nombres mientras cuidaba del ter’angreal. «Pero si Nynaeve está en lo cierto, no necesitaría ver esos nombres para querer matarme si es del Ajah Negro. ¡Basta!»—. De veras no lo sois.
—De haber obrado según debía —insistió Alanna—, no habría ocurrido. La única ocasión en que he visto algo semejante fue hace años, cuando intentamos utilizar un ter’angreal en la misma habitación que otro que posiblemente estaba de algún modo relacionado con él. Es extremadamente raro encontrar dos ter’angreal que tengan esa clase de conexión. Aquellos dos se fundieron, y todas las hermanas que se hallaban en un radio de cien metros de ellos tuvieron un dolor de cabeza tan terrible durante una semana que no se hallaron en condiciones de encauzar ni para encender una vela. ¿Qué pasa, hija?
La mano de Egwene se había crispado con tal fuerza en torno a la bolsa que el retorcido círculo de piedra quedó impreso en su palma. ¿Acaso estaba caliente? «Luz, yo he sido la causante».
—Nada, Alanna Sedai. Aes Sedai, vos no habéis hecho nada reprochable. No hay el más mínimo motivo para que compartáis mis castigos. ¡En absoluto!
—Algo vehemente —observó Sheriam—, pero cierto. —Alanna se limitó a sacudir la cabeza.
—Aes Sedai —inquirió, titubeante, Egwene—, ¿qué significado tiene pertenecer al Ajah Verde? —Sheriam abrió los ojos con expresión divertida y Alanna esbozó una alegre sonrisa.
—¿No hace unos minutos que llevas el anillo —comentó la hermana Verde— y ya tratas de decidir qué Ajah elegirás? En primer lugar, debes amar a los hombres. No me refiero a enamorarte de ellos, sino a amarlos. No como una Azul, a quien simplemente le gustan los hombres, siempre y cuando colaboren en sus causas y no se interfieran en su camino. Y, ciertamente, no como una Roja, que los desprecia como si todos y cada uno de ellos fueran responsables del Desmembramiento. —Alviarin, la hermana Blanca que había entrado con la Amyrlin, les dedicó una fría mirada y pasó de largo—. Ni tampoco como una Blanca —añadió, riendo, Alanna—, en cuya vida no hay cabida para ninguna pasión.
—No era eso a lo que me refería, Alanna Sedai. Quiero saber qué significa ser una hermana Verde. —No estaba segura de que Alanna la comprendiera, porque ni ella misma acababa de precisar qué era lo que quería saber, pero Alanna asintió lentamente como si hubiera entendido.
—Las Marrones se consagran a la búsqueda del conocimiento, las Azules a las grandes causas y las Blancas al implacable discernimiento lógico de la verdad. Pero ser una Verde significa mantenerse preparada. —La voz de Alanna incorporó un matiz de orgullo—. Durante la Guerra de los Trollocs, se nos conocía con frecuencia como el Ajah de las Batallas. Todas las Aes Sedai contribuían en la medida de sus posibilidades, pero sólo el Ajah Verde estuvo siempre con los ejércitos, en casi todas las batallas. Fuimos las adversarias de los Señores del Espanto. El Ajah de las Batallas. Y ahora estamos preparadas, para cuando los trollocs vuelvan a bajar al sur, para la llegada del Tarmon Gai’don, la Última Batalla. Allí estaremos. Éste es el sentido profundo que tiene la pertenencia al Ajah Verde.
—Gracias, Aes Sedai —dijo Egwene.
«¿Era eso lo que era? ¿O lo que seré? Luz, ojalá supiera si era real, si tenía alguna relación con mis propias circunstancias».
La Amyrlin se reunió con ellas y fue recibida con profundas reverencias.
—¿Te encuentras bien, hija? —preguntó a Egwene. Su mirada se desvió hacia la esquina de los papeles que asomaban bajo el vestido de novicia que Egwene llevaba en las manos e inmediatamente volvió a posarse en la cara de Egwene—. Estoy dispuesta a llegar hasta el fondo en la investigación de las causas de lo ocurrido esta noche.
—Estoy bien, madre —respondió Egwene con las mejillas ruborizadas.
Alanna solicitó a la Amyrlin el permiso para cumplir el sorprendente castigo que se había autoimpuesto.
—Nunca he oído algo tan descabellado —vociferó la Amyrlin—. El patrón no se dedica a limpiar el barro con los marineros aunque él mismo haya llevado el barco hasta la marisma. —Lanzó una ojeada a Egwene y sus ojos expresaron preocupación e ira—. Comparto vuestra inquietud, Alanna. Sean cuales sean las faltas por ella cometidas, esta muchacha no se merecía esto. Muy bien. Si con ello vais a mitigar vuestros remordimientos, podéis visitar a Sheriam. Pero que quede estrictamente entre las dos. No permitiré que una Aes Sedai incurra en ridículo, ni siquiera dentro de la Torre.
Egwene abrió la boca para confesarlo todo, aun cuando ello supondría que le quitaran el anillo. —«En realidad, no lo quiero para nada»—, pero Alanna se le adelantó.