Mat esbozó una mueca. El sendero era lo bastante ancho como para dar holgada cabida a seis personas.
—Ya te he dicho que no es contagioso.
—¡Déjame ir!
Murmurando para sí, se apartó hasta el borde de la gravilla y ella lo adelantó por el otro lado, vigilando para cerciorarse de que no se aproximaba a ella. Luego apretó el paso y se fue mirando por encima del hombro hasta perderse de vista en un recodo.
«Quería asegurarse de que no la seguiría —pensó con amargura—. Primero los guardias, y ahora Elsa. Hoy no tengo un día afortunado».
Volvió a emprender camino y pronto oyó un gran estrépito a su izquierda, como si estuvieran entrechocando docenas de palos. Movido por la curiosidad se dirigió hacia allí, adentrándose en la arboleda.
Al cabo de poco llegó a una gran explanada de tierra apisonada, de unos cuarenta metros de ancho y casi el doble de largo. Espaciadas en sus contornos, bajo los árboles, había casetas de madera en las que había barras para luchar, espadas de práctica que consistían en manojos de ramas atadas, unas cuantas espadas de verdad, hachas y lanzas.
En la explanada, y espaciadas entre sí, luchaban con espadas de práctica varias parejas de hombres, en su mayoría con el torso desnudo. Algunos se movían tan grácilmente, cambiando tan fluidamente de postura de ataque a defensa, que daban la impresión de bailar juntos. Aunque lo único que los distinguía de los demás era la pericia, Mat tuvo la certeza de que eran Guardianes.
Los que no daban pruebas de tanta agilidad eran todos más jóvenes y peleaban bajo el atento escrutinio de un hombre mayor del que pareciera irradiar una amenazadora gracia incluso parado. «Guardianes y estudiantes», dedujo Mat.
No era el único espectador. A menos de diez metros de distancia de él, media docena de mujeres con atemporales rostros de Aes Sedai y otras tantas con los blancos vestidos con cenefas de las Aceptadas observaban a un par de estudiantes de desnudos torsos brillantes de sudor que practicaban bajo la dirección de un Guardián de cuerpo tan anguloso como un bloque de piedra. El Guardián utilizaba la pipa de tabaco que humeaba en una de sus manos para dirigir a sus alumnos.
Mat se sentó con las piernas cruzadas bajo un abedul, recogió tres grandes guijarros del suelo y se puso a realizar distraídamente juegos malabares con ellos. Aunque no se sentía débil exactamente, halló placer al sentarse. Si había alguna vía de salida del recinto de la Torre, no desaparecería mientras se tomaba un descanso.
Aún no llevaba cinco minutos allí cuando Mat identificó a los hombres a quienes observaban las Aes Sedai y Aceptadas. Uno de los alumnos del corpulento Guardián era un joven alto y esbelto que se movía con la agilidad de un gato. «Y casi tan guapo como una chica», pensó irónicamente Mat. Todas las mujeres, incluidas las Aes Sedai, lo miraban con ojos chispeantes.
Aquel hombre manejaba la espada de práctica con habilidad casi equiparable a la de los Guardianes y de tanto en tanto recibía un grave comentario aprobador por parte de su profesor. Y no era que su adversario, un joven que tendría la edad de Mat, con pelo dorado rojizo, fuera torpe. Ni mucho menos, según las observaciones de Mat, a pesar de que él no se tenía por un experto en cuestiones de espadas. El muchacho de cabello rojizo contenía cada una de las veloces estocadas de su oponente, que en ningún momento llegaban a su cuerpo, e incluso atacaba de vez en cuando por su propia cuenta. Pero el hermoso individuo siempre paraba sus golpes y volvía a hostigarlo sin tregua.
Mat seguía haciendo girar las piedras en el aire, cavilando que no le apetecería enfrentarse a ninguno de ellos. En todo caso no con una espada.
—¡Descanso! —La voz del Guardián era tan áspera como un entrechocar de piedras. Con la respiración agitada y el pelo mojado de sudor, los dos hombres dejaron caer a un lado sus espadas de práctica—. Podéis reposar hasta que haya terminado mi pipa. Pero reposad deprisa; ya estoy casi acabando.
Ahora que estaban parados, Mat tuvo ocasión de observar con más detenimiento al joven de cabellos rojizos. Dejó caer de repente las piedras. «Caramba, apostaría todo lo que llevo en la bolsa a que ése es el hermano de Elayne. Y, si el otro no es Galad, me comeré las botas». Durante el viaje de regreso de la Punta de Toman, Elayne se había pasado la mitad del tiempo hablando de las virtudes de Gawyn y los servicios de Galad. Oh, Gawyn tenía algunos vicios, según reconocía Elayne, pero éstos eran insignificantes; a Mat le parecían el tipo de cosas que nadie que no fuera una hermana consideraría como defectos. En cuanto a Galad, cuando Elayne se veía obligada a concretar, de su descripción se deducía que era el tipo de hijo que toda madre habría deseado tener. Mat, por su parte, no consideraba apetecible pasar mucho tiempo en compañía de Galad. Egwene se ruborizaba cada vez que Galad salía en la conversación, aunque parecía creer que nadie se daba cuenta.
Cuando Galad y Gawyn se pararon, se produjo una ondulación en el grupo de mujeres que los miraban, las cuales parecieron a punto de acercarse todas a la vez a ellos. Pero Gawyn reparó en Mat, dijo algo al oído a Galad y los dos pasaron de largo delante de las mujeres. Las Aes Sedai y Aceptadas se volvieron para seguirlos con la mirada, y Mat se puso en pie al ver que se aproximaban a él.
—Tú eres Mat Cauthon, ¿verdad? —dijo, sonriendo, Gawyn—. Egwene me describió tu aspecto. Y también Elayne. Tengo entendido que estabas enfermo. ¿Te encuentras mejor?
—Estoy bien —respondió Mat, preguntándose si debía dar a Gawyn el tratamiento de «mi señor» o algo parecido. Como se había negado a llamar «mi señora» a Elayne, cosa que, por otra parte, ella tampoco había exigido, decidió no tener más miramientos con su hermano que con ella.
—¿Has venido al campo de prácticas para aprender el arte de la espada? —inquirió Galad.
—Sólo estaba paseando. Sé muy poco de espadas. Creo que me merece más confianza un buen arco o una barra. Sé defenderme bien con ellos.
—Si pasas mucho tiempo cerca de Nynaeve —comentó Galad—, vas a necesitar arco, barra y espada para protegerte. Y no sé si con eso te bastaría.
—Galad —observó con asombro Gawyn—, casi acabas de hacer un chiste.
—Yo también tengo sentido del humor, Gawyn —dijo Galad, frunciendo el entrecejo—. Lo que ocurre es que tú piensas que no lo tengo porque no me gusta burlarme de la gente.
Gawyn sacudió la cabeza y se volvió de nuevo hacia Mat.
—Deberías aprender a manejar la espada. En estos tiempos a nadie le viene mal. Tu amigo, Rand al’Thor, llevaba una espada insólita. ¿Qué noticias tienes de él?
—Hace mucho tiempo que no veo a Rand —se apresuró a responder Mat. Por espacio de unos segundos, cuando había mencionado a Rand, la mirada de Gawyn había cobrado intensidad. «Luz, ¿es que sabe lo de Rand? No es posible. Si lo supiera, ya estaría denunciándome como Amigo Siniestro por el mero hecho de ser amigo suyo. Pero sabe algo»—. Las espadas no son la panacea. Me parece que podría pelear con mi barra contra vosotros dos con espadas y salir bien parado.
Gawyn tosió, sin duda para sofocar una carcajada.
—Debes de ser muy bueno —señaló con excesiva educación.
Galad ofrecía una expresión de franca incredulidad.
Tal vez fue el hecho de que ambos creyeran claramente que estaba fanfarroneando descaradamente. Tal vez fuera porque su intento de sondear a los guardias lo había delatado. Tal vez fuera debido a que Elsa, que tenía tanta debilidad por los chicos, no había querido saber nada de él, y que todas aquellas mujeres estuvieran mirando a Galad con la misma ansia que observaban los gatos una jarra de crema. Fueran o no Aes Sedai o Aceptadas, seguían siendo mujeres. Mat consideró velozmente todas aquellas explicaciones, pero las desechó con malhumor, en especial la última. Iba a hacerlo porque sería divertido. Y porque podría salir ganando unas cuantas monedas, incluso aunque la suerte no volviera a ponerse de su parte.
—Apuesto —los retó— dos marcos de plata contra dos por cada uno de vosotros a que puedo derrotaros de inmediato a ambos, tal como he afirmado. No podéis tener mejores condiciones. Vosotros sois dos y yo sólo uno, de modo que contáis con ventaja. —Casi se echó a reír al percibir la consternación en sus rostros.