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Pero Mat y Perrin también eran ta’veren y en sus sueños de aquella noche habían estado, asimismo, presentes ellos dos. Habían sido sueños extraños, de sentido aún más indiscernible que los protagonizados por Rand. Perrin aparecía dos veces, una con un halcón en los hombros y otra con un azor. No sabía por qué, pero estaba convencida de que eran hembras los dos. El azor asía en sus garras una cuerda con la que trataba de rodear el cuello de Perrin. Aún ahora sentía escalofríos al recordarlo; no le gustaba nada que tuviera relación con ataduras. Y en el otro sueño un Perrin barbudo guiaba una manada de lobos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Los referentes a Mat habían sido incluso más desagradables. En uno, Mat colocaba su propio ojo izquierdo en una balanza; en el otro, colgaba por el cuello de la rama de un árbol. También tuvo un sueño habitado a un tiempo por Mat y los seanchan, pero que estaba dispuesta a calificar de mera pesadilla; no podía ser de otro modo. Al igual que aquel en que Mat hablaba en la Antigua Lengua, que sin duda se había producido a raíz de lo que había escuchado en el transcurso de su curación.

Suspiró, y el suspiro se convirtió en otro bostezo. Ella y sus amigas habían ido a verlo a su habitación después del desayuno, pero no lo habían encontrado.

«Seguramente está con energías suficientes para irse a bailar. ¡Luz, ahora tal vez sueñe con él bailando con los seanchan! Basta de sueños —se dijo—. Ya volveré a pensar en ellos cuando no me encuentre tan cansada». Pensó en las cocinas, en la comida del mediodía que pronto habrían de preparar, y luego la cena, y el desayuno del día siguiente, y las cazuelas y la limpieza y el fregar durante toda una eternidad. «En el supuesto de que llegue el momento en que no me sienta cansada». Cambió de posición en la cama y volvió a mirar a sus compañeras. Elayne seguía concentrada en los papeles, y Nynaeve caminaba con paso más pausado. «De un momento a otro, Nynaeve volverá a decirlo. De un momento a otro».

Nynaeve se paró y fijó la vista en Elayne.

—Deja eso. Los hemos revisado veinte veces, y no hay ni una palabra que sirva de ayuda. Verin nos dio basura. La cuestión es la siguiente: ¿era todo de cuanto disponía, o nos dio basura a propósito?

«Exactamente. Ahora pasará media hora más o menos hasta que vuelva a repetirlo». Torciendo el gesto, Egwene se miró las manos, contenta de no poder distinguirlas con claridad. El anillo con la Gran Serpiente parecía… fuera de lugar en unas manos arrugadas a consecuencia de la larga inmersión en jabonosa agua caliente.

—Es útil conocer sus nombres —disintió Elayne, sin dejar de leer—. Y también lo es saber qué aspecto tienen.

—Sabes muy bien a qué me refiero —espetó Nynaeve.

Egwene suspiró y, doblando los brazos sobre el pecho, apoyó la barbilla en ellos. Cuando había salido del estudio de Sheriam esa mañana, con los primeros destellos del sol en el horizonte, Nynaeve estaba esperando con una vela en el frío y oscuro pasillo. Aunque apenas se veía, estaba segura de que Nynaeve de buena gana se habría dado de cabezadas contra la pared, aun a sabiendas de que ello en nada modificaría la situación. Ése era el motivo por el que estaba tan irritable. «Es tan susceptible en cuestiones de orgullo como cualquiera de los hombres que he conocido. Pero no debería emprenderla con Elayne ni conmigo. Luz, si Elayne puede soportarlo, ella también debe ser capaz. Ya no es la Zahorí».

Con la mirada perdida en actitud reflexiva, Elayne no parecía acusar la irritación de Nynaeve.

—Liandrin era la única Roja. El resto de los Ajahs perdieron dos Aes Sedai cada uno.

—Oh, cállate, chica —espetó Nynaeve.

Elayne meneó los dedos de la mano izquierda para enseñar el anillo con la Gran Serpiente, asestó una significativa mirada a Nynaeve, y continuó hablando.

—No hay ninguna nacida en la misma ciudad y no más de dos provienen del mismo país. Amico Nagoyin, sólo cuatro años mayor que Egwene y yo, era la más joven. Joiya Byir podría ser nuestra abuela.

A Egwene no le gustó nada que una mujer del Ajah Negro se llamara igual que su hija. «¡No seas idiota! Es muy normal que se repitan los nombres, y tú nunca has tenido una hija. ¡No era real!»

—¿Y adónde nos conduce eso? —Nynaeve hablaba con excesiva calma, lo cual era indicio de que estaba a punto de estallar como un carro lleno de explosivos—. ¿Qué secretos has averiguado que se me hayan pasado por alto a mí? ¡Claro, como yo me estoy volviendo ciega y vieja!

—De esto se desprende que todo está demasiado bien distribuido —declaró con calma Elayne—. ¿Por qué azar iban a estar tan minuciosamente repartidas las características de edad, de lugar de origen, de pertenencia a Ajahs, de trece mujeres elegidas sólo por su condición de Amigas Siniestras? ¿No debería haber quizá tres Rojas, o cuatro nacidas en Cairhien, o simplemente dos que tuvieran la misma edad si todo fuera fortuito? Disponían de mujeres entre las que elegir o de lo contrario no habrían escogido siguiendo una línea preconcebida. Todavía hay miembros del Ajah Negro en la Torre, o en otro lugar del que no tenemos conocimiento. Ésta es mi deducción.

—¡Luz! —exclamó Nynaeve, dándose un feroz tirón de trenza—. Puede que tengas razón. Has desentrañado secretos que yo no he visto. Luz, confiaba en que todas se hubieran marchado con Liandrin.

—Ni siquiera sabemos si ella es la cabecilla —señaló Elayne—. Alguien podría haberle ordenado que… se deshiciera de nosotras. —Torció la boca—. Mal que me pese, sólo se me ocurre una razón por la que se hayan tomado tantas molestias para que la única conclusión que pueda sacarse de la identidad de las fugitivas sea precisamente la no reiteración de características. Creo que eso significa que en el Ajah Negro sí se repiten ciertas constantes.

—Si existen unas pautas —aseguró con firmeza Nynaeve—, las averiguaremos. Elayne, si el hecho de observar a tu madre dirigiendo la corte te ha enseñado a pensar de ese modo, me alegra que hayas aplicado con detenimiento tu lógica. —La sonrisa con que le correspondió Elayne formó hoyuelos en sus mejillas.

Egwene observó con atención a Nynaeve. Por fin parecía superar su humor de perros. Alzó la cabeza.

—A menos que quieran hacernos pensar que ocultan una pauta, para que perdamos tiempo indagando algo inexistente. No digo que no exista, sólo que aún no lo sabemos. Busquémosla, pero opino que no debemos centrar exclusivamente la atención en ello.

—Ya era hora de que despertaras —observó Nynaeve—. Pensaba que te habías dormido. —Pese a sus palabras, seguía sonriente.

—Tienes razón —reconoció con disgusto Elayne—. He construido un castillo de paja. Con algo aún menos consistente que la paja. Con deseos. Quizá tú también estés en lo cierto, Nynaeve. ¿De qué sirve esta…, esta basura? —Cogió una hoja del pliego que tenía delante—. Rianna tiene el pelo negro con una mecha negra encima de la oreja izquierda. Si me encuentro lo bastante cerca para verlo, será una proximidad no buscada. —Tomó otra página—. Chesmal Emry es una de las Curadoras más notables que se han visto en años. Luz, ¿os imagináis que os curara alguien del Ajah Negro? —Otro papel—. Marillin Gemalphin siente un gran cariño por los gatos y se desvive por curar a los animales heridos. ¡Gatos! ¡Baah! —Formó una pelota con los papeles, aplastándolos con las manos—. Es basura inútil.