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Egwene le quitó sin vacilar el anillo de la mano. Aunque hubo de vencer tremendos reparos, le satisfizo su pronta reacción.

—Yo soy la que dicen que podría ser una Soñadora. No sé si eso me aporta alguna ventaja, pero Verin me advirtió que era peligroso utilizarlo. Quienquiera que lo pruebe, necesita todo el apoyo posible.

Nynaeve se agarró la trenza y abrió la boca como si fuera a protestar.

—¿Estás segura, Egwene? —fue, no obstante, lo que dijo—. Ni siquiera sabemos si eres de cierto una Soñadora, y yo puedo encauzar más Poder que tú. Sigo pensando que…

—Puedes encauzar más —la interrumpió Egwene— si estás furiosa. ¿Quién te asegura que te enfurecerás en un sueño? ¿Dispondrás de tiempo para enfadarte antes de que las circunstancias te exijan encauzar? Luz, si ni siquiera sabemos si es factible encauzar en sueños. Tienes razón: es la única conexión que tenemos, y, si alguien debe utilizarlo, debo ser yo. Quizá sea realmente una Soñadora. Además, Verin me lo dio a mí.

Aunque parecía dispuesta a discutir, Nynaeve acabó por asentir con desgana.

—Muy bien. Pero Elayne y yo estaremos a tu lado. Ignoro qué podemos hacer, pero, si algo sale mal, tal vez logremos despertarte o… Te acompañaremos. —Elayne realizó un gesto afirmativo. .

Ahora que se habían mostrado de acuerdo, Egwene notaba un vacío en el estómago. «Yo las he convencido. Ojalá no deseara que siguieran queriendo disuadirme». Entonces reparó en la mujer que se hallaba de pie en el umbral, una mujer con un vestido blanco de novicia y un par de largas trenzas.

—¿Es que no te han enseñado a llamar a las puertas, Elsa? —la reprendió Nynaeve.

Egwene ocultó precipitadamente en la mano el anillo de piedra con la curiosa sensación de que Elsa había estado observándolo.

—Os traigo un mensaje —anunció Elsa sin inmutarse. Recorrió con la mirada los papeles diseminados en la mesa y luego a las tres mujeres que había en torno a ella—. De parte de la Amyrlin.

Egwene cambió una mirada de asombro con Nynaeve y Elayne.

—¿De qué se trata, pues? —preguntó Nynaeve.

—Las pertenencias que dejaron Liandrin y las demás —respondió Elsa, enarcando una ceja como si le divirtiera el contenido de su mensaje— se guardaron en el tercer almacén que queda a la derecha de la escalera principal del segundo sótano debajo de la biblioteca. —Tras volver a lanzar una ojeada a los papeles de la mesa, se fue sin premura ni lentitud.

Egwene sintió que le faltaba aliento. «Nosotras no nos atrevemos a confiar en nadie, ¿y la Amyrlin decide confiar precisamente en Elsa Grinwell?»

—¡Seguro que esa necia irá con el cuento a cualquiera que se pare a escucharla! —Nynaeve se encaminó a la puerta.

Egwene se agarró la falda y se le adelantó a la carrera. Le resbalaron los zapatos en el suelo, pero percibió una mancha blanca que desaparecía por la rampa más cercana y se precipitó tras ella. «Debe de ir corriendo también para encontrarse ya tan lejos. ¿Por qué correrá?» El claro vestido desaparecía ya por otra rampa. Egwene continuó siguiéndola.

De pronto se detuvo, confusa, al pie de la rampa cuando una mujer se plantó ante ella. Quienquiera que fuese, no cabía duda de que no era Elsa. Vestida y aderezada con plata y blanca seda, despertó en Egwene sentimientos que nunca había experimentado. Era, con diferencia, más alta, más hermosa que ella, y la mirada de sus negros ojos la hacían sentirse pequeña, delgaducha y un tanto zarrapastrosa. «Seguramente también puede encauzar más Poder que yo. Luz, es probable que nos supere en inteligencia a las tres juntas. No es justo que una mujer…» De repente cayó en la cuenta del curso que estaban tomando sus pensamientos y se le arrebolaron las mejillas. Jamás en su vida se había sentido inferior a ninguna mujer, y no estaba dispuesta a empezar entonces.

—Eres intrépida —dijo la mujer—. Es una audacia ir corriendo así, sola, en un lugar donde se han cometido tantos asesinatos. —Parecía casi complacida.

Egwene irguió el cuerpo y se alisó apresuradamente el vestido, procurando que no lo advirtiera la desconocida, aun a sabiendas de que no se le escaparía ese detalle, y lamentando que la hubiera visto corriendo como una chiquilla. «¡Basta de tonterías!»

—Perdonad, pero estoy buscando a una novicia que tomó esta dirección, creo. Tiene unos grandes ojos oscuros y el pelo negro, recogido en dos trenzas. Es un poco gorda y en cierto modo bonita. ¿Habéis visto por dónde se ha ido?

La mujer la miró de hito en hito desde su altura con aire de regocijo. Aunque no estaba segura, Egwene tuvo la impresión de que su mirada se había detenido un instante en el puño donde guardaba el anillo de piedra.

—No creo que la alcances. La he visto, y corría a gran velocidad. Me temo que ya debe de encontrarse lejos de aquí.

—Aes Sedai…

Egwene no tuvo ocasión de preguntarle por qué lado se había ido Elsa. Aquellos negros ojos emitieron un destello de ira, o tal vez de fastidio.

—Ya he perdido bastante tiempo contigo. Tengo asuntos más importantes que atender. Vete. —Señaló con la mano el camino por donde había venido Egwene.

Su voz era tan imperiosa que Egwene se volvió y ya había retrocedido tres pasos cuando tomó conciencia de lo que hacía. Erizada de rabia, se giró de nuevo. «Tanto si es una Aes Sedai como si no, voy…»

No había nadie en la galería.

Escudriñando su entorno, descartó las puertas más cercanas, que daban a habitaciones donde nadie vivía, salvo tal vez los ratones, y echó a correr rampa abajo. Miró a diestro y siniestro, y siguió con la vista la curva que trazaba la galería. Se asomó incluso a la barandilla para observar el pequeño Jardín de las Aceptadas y las restantes galerías que se reproducían arriba y abajo. Vio dos Aceptadas, una de ellas Faolain y la otra una mujer que conocía sólo de vista. Pero no había ninguna mujer ataviada con plata y seda blanca en ninguna parte.

26

Tras una cerradura

Sacudiendo con estupor la cabeza, Egwene retrocedió hasta las puertas que había descartado. «A algún sitio ha tenido que ir». Dentro de la primera, los escasos muebles eran bultos informes cubiertos con polvorientas telas y el aire parecía vaciado, como si nadie hubiera abierto la puerta desde hacía mucho tiempo. Hizo una mueca al comprobar que había huellas de ratones en el suelo. No se veían, sin embargo, pisadas humanas. Tras las otras dos puertas, que abrió apresuradamente, observó la misma escena. No la asombró aquel abandono, ya que en las galerías de las Aceptadas había más habitaciones vacías que ocupadas.

Cuando retiraba la cabeza del tercer dormitorio, advirtió a Nynaeve y Elayne que bajaban por la rampa sin apurar especialmente el paso.

—¿Se ha escondido? —preguntó con sorpresa Nynaeve—. ¿Ahí adentro?

—La he perdido. —Egwene volvió a escrutar los curvados balcones. «¿Adónde ha ido?» No era Elsa quien la intrigaba.

—De haber pensado que Elsa podía ser más veloz que tú —dijo, sonriendo, Elayne—, yo también la habría perseguido, pero siempre me ha parecido que estaba demasiado regordeta para correr. —Pese a sus palabras, en su sonrisa se traslucía preocupación.

—Tendremos que buscarla más tarde —decidió Nynaeve— y asegurarnos de que no se vaya de la lengua. ¿Cómo ha podido confiar la Amyrlin en esa chica?

—Creía que estaba a punto de alcanzarla —explicó Egwene—, pero se trataba de otra persona. Nynaeve, me he vuelto de espaldas un momento, y se ha esfumado. No me refiero a Elsa, ¡a ella ni siquiera la he visto!, sino a la mujer que he confundido con Elsa al principio. Ha desaparecido, sin más, y no sé por dónde.