—¿Una Sin Alma? —preguntó Elayne, conteniendo el aliento. Miró con nerviosismo en derredor, pero en la galería no había nadie aparte de ellas.
—No, no —repuso Egwene con firmeza—. No era… —«No voy a decirles que me ha hecho sentir como si fuera una mocosa de seis años, con un harapiento vestido y la cara sucia»—. No era un Hombre Gris. Era alta e impresionante, morena y de ojos negros. Nadie dejaría de reparar en ella aun en medio de una multitud. No la había visto nunca, pero creo que es una Aes Sedai. Tiene que serlo.
Nynaeve guardó silencio un momento, como si esperara a que agregase algo más, y luego dijo pacientemente:
—Si vuelves a verla, indícamelo. Si crees que existe una buena razón para ello. No tenemos tiempo para quedarnos charlando aquí. Quiero ver qué hay en ese almacén antes de que Elsa vaya con el chisme a alguien. Quizá se dejaron algo olvidado y no debemos darles ocasión a corregir posibles descuidos.
Al comenzar a andar junto a Nynaeve y Elayne, Egwene se dio cuenta de que aún apretaba con fuerza en la mano el anillo de piedra —«el ter’angreal de Corianin Nedeal»—. Lo guardó, reacia, en la bolsa, y tensó bien el cordel al cerrarla. «Con tal que no me vaya a dormir con el maldito… Pero eso es lo que me propongo, ¿no?»
Como aún faltaban varias horas hasta la noche, resolvió que era inútil preocuparse por ello entonces. Mientras avanzaban por la Torre, se mantuvo ojo avizor por si veía a la mujer vestida de blanco y plata. Lo cierto era que experimentó alivio al no verla. «Soy una mujer hecha y derecha, y perfectamente capacitada, gracias a la Luz». De todas formas, se alegró de no encontrarse con nadie remotamente parecido a ella. Cuanto más pensaba en la desconocida, más se acrecentaba su sensación de que había algo maligno en ella. «Luz, a este paso veré al Ajah Negro hasta debajo de la cama. El problema es que tal vez lo tenga de verdad debajo de la cama».
La biblioteca, que se encontraba algo apartada de la elevada y recia aguja de la Torre Blanca propiamente dicha, era un edificio de piedra con abundantes vetas azules cuyo aspecto sugería una acumulación de crestas de olas. Las olas se erguían con la imponencia de un palacio a la luz del sol matinal, y Egwene sabía que ciertamente contenía tantas habitaciones como un palacio, pero todas aquellas estancias que se sucedían debajo de los extraños pasillos donde Verin tenía sus aposentos estaban repletas de estantes, rebosantes a su vez de libros, manuscritos, papeles, pergaminos, mapas y planos procedentes de todas las naciones, acumulados allí en el transcurso de tres mil años. Ni siquiera las grandes bibliotecas de Tear y Cairhien albergaban tantos volúmenes y documentos.
Las bibliotecarias, todas del Ajah Marrón sin excepción, vigilaban aquellos estantes y también las puertas, para cerciorarse de que ni el más insignificante retazo de papel saliera de allí sin que ellas supieran quién se lo llevaba y por qué. Pero no fue a una de aquellas entradas vigiladas a donde Nynaeve condujo a Egwene y Elayne.
En torno a las dependencias subterráneas de la biblioteca, pegadas a ras del suelo a la sombra de altas pacanas, había otras puertas, grandes y pequeñas. Los obreros necesitaban bajar en ocasiones a los almacenes subterráneos, y las bibliotecarias no aprobaban la presencia de sudorosos hombres dentro de su coto. Nynaeve empujó una de ellas, cuyo tamaño no superaba el de la puerta de la casa de un granjero, y les hizo señas para que se introdujeran en una escalera que se hundía en la oscuridad. Cuando dejó que la hoja se cerrara, no quedó rastro de luz adentro.
Egwene se abrió al saidar, que acudió tan fluidamente a ella que apenas si tuvo conciencia de lo que hacía, y encauzó un hilillo de poder que manó a su través. Por un momento la mera sensación de aquella corriente que latía en su interior amenazó con sofocar cualquier otra percepción. Suspendida en el aire sobre su mano, apareció una pequeña bola de luz blancoazulada. Respiró hondo y se recordó por qué motivo caminaba tan tiesa. Era para mantener una conexión con el resto del mundo. Volvió a notar el roce de la ropa interior sobre su piel, de las medias de lana y del vestido. Con una tenue punzada de pesar, ahuyentó el deseo de canalizar más, de dejar que el saidar la absorbiera.
Elayne también había creado una reluciente esfera que, junto a la de Egwene, emitía una luz superior a la que hubieran aportado dos linternas.
—Es maravilloso, ¿verdad? —murmuró.
—Ten cuidado —la previno Egwene.
—Lo tengo. —Elayne suspiró—. Es que es… Tendré cuidado.
—Por aquí —les indicó ásperamente Nynaeve, adelantándose para guiarlas.
No se alejó mucho. Como no estaba enojada, debía orientarse con la luz que le proporcionaban sus dos compañeras.
El polvoriento corredor lateral por el que habían entrado, flanqueado por puertas de madera encajadas en grises muros de piedra, se prolongaba un centenar de metros hasta desembocar en el pasillo central que atravesaba el subsuelo de la biblioteca. En el polvo se advertían huellas superpuestas, en su mayoría de botas de hombre y casi todas difuminadas por nuevas capas de polvo. El techo era más alto allí, y algunas de las puertas eran tan grandes como las de un establo. La ancha escalera principal del fondo se utilizaba para bajar enseres de gran volumen. Junto a ella descendía otra escalera por la que se desvió, sin detenerse, Nynaeve.
Egwene se apresuró a seguirla. Aun tomando en consideración la azulada luz que bañaba el rostro de Elayne, Egwene tuvo la impresión de que su tez estaba más pálida de lo habitual. «Podríamos gritar hasta quedar sin resuello aquí abajo, y nadie nos oiría».
Sintió cómo se formaba un relámpago, o su potencial concentrado, y casi dio un traspié. Nunca había encauzado dos flujos a la vez; no parecía difícil en absoluto.
El ancho y polvoriento corredor del segundo sótano apenas difería del pasadizo del primer piso, con la salvedad de que allí el techo era más bajo. Nynaeve se encaminó con paso vivo a la tercera puerta de la derecha y se paró delante de ella.
Aunque no era grande, las toscas planchas de madera parecían resistentes. Un redondo candado de hierro pendía de una gruesa cadena firmemente sujeta a dos recias armellas encajadas respectivamente en la puerta y la pared. De la práctica ausencia de polvo en ellos se desprendía que tanto el candado como la cadena eran nuevos.
—¡Un candado! —Nynaeve dio un fuerte tirón, pero ni la cadena ni el candado cedieron—. ¿Habéis visto alguna un candado en otro sitio? —Volvió a tirar de él y luego lo arrojó contra la puerta. El metal rebotó en la madera con estrépito que resonó en el pasadizo—. ¡Yo no he visto ninguno en las otras puertas! —Aporreó con el puño las toscas planchas—. ¡Ni uno!
—Cálmate —aconsejó Elayne—. No es preciso coger un berrinche. Yo misma lo abriría si pudiera ver cómo funciona su mecanismo interior. Lo abriremos de una manera u otra.
—¡No quiero calmarme! —espetó Nynaeve—. ¡Quiero estar furiosa! ¡Quiero…!
Haciendo oídos sordos al resto de la perorata, Egwene tocó la cadena. Desde que se había marchado de Tar Valon había aprendido otras cosas aparte de formar relámpagos. Una de ellas era la afinidad por el metal. Ésta dimanaba de la Tierra, uno de los Cinco Poderes que, junto con el Fuego, en raras ocasiones dominaban las mujeres. Ella era una de aquellas excepciones, y su correlación con la Tierra le permitió sentir la cadena, introducirse en ella, palpar las más diminutas partículas del frío metal y la forma en que estaban dispuestas. El Poder latía en ella acompasado a las vibraciones de aquella materia.
—Apártate, Egwene.
Se volvió y vio a Nynaeve rodeada de la aureola del saidar con una palanca en la mano de un color tan similar al de la luz blancoazulada que resultaba casi invisible. Nynaeve miró, ceñuda, la cadena, murmuró algo acerca de la fuerza de palanca y, de improviso, la barra que asía duplicó su longitud.