Verin había acudido a las cocinas después del almuerzo, pestañeando como si no supiera con qué objeto había ido allí. Al ver a Egwene y a las otras dos arrodilladas entre los calderos y ollas, manifestó una breve sorpresa; después se aproximó a ellas y preguntó con un volumen de voz que todos pudieron oír:
—¿Habéis encontrado algo?
Elayne, que tenía la cabeza y los hombros dentro de una enorme olla para sopa, se golpeó la cabeza en el borde al salir. Los azules ojos parecían querer saltársele de las órbitas.
—Nada más que grasa y sudor, Aes Sedai —respondió Nynaeve.
Se propinó un tirón a la trenza, dejando una mancha de grasienta espuma en su negro pelo, que advirtió luego con mueca de disgusto.
Verin asintió como si fuera aquélla la respuesta que buscaba.
—Bien, seguid mirando. —Volvió a pasear la mirada por la cocina, frunciendo el entrecejo con aparente desconcierto por hallarse allí, y después se marchó.
Alanna también visitó la cocina poco después del mediodía, para llevarse un tazón de grosellas y una jarra de vino, y Elaida, Sheriam y Anaiya aparecieron después de la cena.
Alanna había preguntado a Egwene si quería saber algo más acerca del Ajah Verde y también se había interesado por la marcha de sus estudios. El hecho de que las Aceptadas tuvieran la libertad de decidir los temas y el ritmo de aprendizaje, arguyó, no significaba que debieran descuidarlos. Las primeras semanas serían duras, naturalmente, pero debían elegir, o de lo contrario alguien lo haría por ellas.
Elaida se limitó a quedarse plantada en jarras un rato mirándolas con expresión severa, y Sheriam hizo lo mismo, casi con idéntica postura. Anaiya también las observó en silencio, pero con semblante más preocupado. Hasta que advirtió que ellas la miraban. Entonces su rostro adoptó la misma rigidez que el de las otras dos Aes Sedai.
Egwene no vio nada extraño en aquellas visitas. Era natural que la Maestra de las Novicias fuera a verlas, como lo hacía con las novicias que trabajaban en las cocinas, y tampoco tenía nada de raro que Elaida quisiera tener vigilada a la heredera del trono de Andor. Egwene procuró no pensar en el interés que despertaba en ella Rand. En cuanto a Alanna, no era la única Aes Sedai que iba a buscar una bandeja de comida para llevársela a sus habitaciones en vez de comer con las demás. La mitad de las hermanas de la Torre estaban demasiado ocupadas para asistir a las comidas comunitarias o para perder tiempo llamando a las criadas para que fueran a buscar una bandeja. ¿Y Anaiya? Posiblemente Anaiya estaba preocupada por su Soñadora, a pesar de no haber mediado en nada para mitigar el castigo impuesto por la propia Amyrlin. Ése era un motivo razonable.
Mientras colgaba el vestido en el armario, Egwene se dijo una vez más que incluso el aparente sinsentido de la pregunta de Verin podía ser un mero despiste de la hermana Marrón, la cual parecía estar con frecuencia en las nubes. Sentada en el filo de la cama, se subió las enaguas y se dispuso a sacarse las medias. Estaba empezando a aborrecer tanto el color blanco como el gris.
Nynaeve permanecía delante de la chimenea con la bolsa de Egwene en una mano y tirándose de la trenza con la otra. Elayne estaba sentada junto a la mesa, parloteando con nerviosismo.
—El Ajah Verde —dijo la muchacha de dorados cabellos por vigésima vez, calculó Egwene, desde mediodía—. Puede que yo también elija el Ajah Verde, Egwene. Así podría tener tres o cuatro Guardianes y hasta podría casarme con uno de ellos. ¿Quién mejor para ocupar el cargo de príncipe consorte que un Guardián? A menos que fuera… —Calló, ruborizada.
Egwene sintió un acceso de celos que creía haber superado hacía tiempo, entremezclado de compasión. «Luz, ¿cómo puedo estar celosa cuando soy incapaz de mirar a Galad sin estremecerme y sentir como si me derritiera? Rand fue mío, pero ya no lo es. Ojalá pudiera entregártelo a ti, Elayne, pero me temo que tampoco es para ti. Tal vez sea perfectamente aceptable que la heredera del trono tome por marido a un plebeyo, siempre que éste sea andoriano, pero no que se case con el Dragón Renacido». Dejó caer las medias al suelo, diciéndose que tenía cosas más importantes en que ocuparse, ajenas todas al mantenimiento del orden en la habitación.
—Estoy lista, Nynaeve.
Nynaeve le tendió la bolsa y una larga y fina cinta de cuero.
—Quizá su efecto se extienda a más de una persona a la vez. Podría… acompañarte, quizá.
Tras depositar el anillo de piedra en la palma de la mano, Egwene lo ensartó en la cuerda de cuero y luego se la ató al cuello. Las franjas azules, marrones y rojas parecían más vívidas encima del blanco de sus enaguas.
—¿Y dejar que Elayne nos vigilara sola a las dos? ¿Existiendo la posibilidad de que el Ajah Negro nos haya descubierto?
—Puedo hacerlo —aseveró resueltamente Elayne—. O también podría acompañarte y quedarse de guardia Nynaeve. Ella es la más fuerte de las tres cuando está enfadada, y, si es preciso que alguien vigile, puedes estar segura de que lo hará.
—¿Y si no da ningún resultado al intentarlo dos personas a la vez? —adujo Egwene, sacudiendo la cabeza—. No lo sabríamos hasta que despertáramos, y entonces habríamos perdido una noche. No podemos desperdiciar ni una si queremos ganar tiempo. —Eran razones válidas en las que creía, pero había otra que tenía más peso en su corazón—. Además, me sentiré mejor sabiendo que las dos estáis pendientes de mí, por si…
No quiso concluir la frase. Por si alguien entraba mientras dormía. El Hombre Gris. El Ajah Negro. Cualquiera de las personas que habían convertido la antaño segura Torre Blanca en un tenebroso bosque lleno de hoyos y cepos. Algo que entrara mientras yacía inerme. La expresión de sus amigas le indicó que comprendían.
Mientras se tumbaba en la cama y se colocaba una almohada de plumas bajo la cabeza, Elayne acercó dos sillas, que situó a ambos lados del lecho. Nynaeve apagó las velas una a una y luego, en la oscuridad, se sentó en una de ellas. Elayne se instaló en la otra.
Egwene cerró los ojos y trató de pensar en cosas placenteras, pero tenía una exacerbada conciencia del objeto que reposaba en su seno, mucho más acentuada que la del dolor que restaba en su cuerpo a consecuencia de la visita realizada al estudio de Sheriam. El anillo parecía más pesado que un ladrillo ahora, y las imágenes que invocaba de su hogar y de remansados estanques de agua se escabullían expulsadas por la aprensión que le despertaba el Tel’aran’rhiod. El Mundo No Visto. El Mundo de los Sueños, que la esperaba justo al otro lado de la barrera del sueño.
Nynaeve comenzó a canturrear quedamente la misma melodía que solía tararearle su madre de pequeña. Cuando estaba acostada en su propia habitación, con una mullida almohada, abrigada por las mantas, y aspiraba, entremezclados, los olores a aceite de rosas y a los pasteles que cocía en el horno su madre, y… «Rand, ¿estás bien? ¿Perrin? ¿Quién era esa mujer?» Concilió el sueño.
Se hallaba entre ondulantes colinas alfombradas de pequeñas flores silvestres en cuyas hondonadas y crestas crecían frondosos bosquecillos de árboles. Las mariposas flotaban sobre las flores, arrancando destellos amarillos, azules y verdes al aire, y en las proximidades cantaban dos alondras. Una cantidad justa de vaporosas nubes se desplazaba mansamente en un claro cielo, y en la brisa había aquel delicado equilibrio entre frescor y calidez que únicamente se da en contados días de primavera. Era un día demasiado perfecto para no ser producto de un sueño.
Se miró el vestido y se echó a reír alborozada. Era exactamente su matiz de seda azul preferido, con franjas blancas en la falda —que se volvieron verdes cuando entornó un instante los ojos— e hileras de diminutas perlas en las mangas y el pecho. Hizo asomar un pie para observar la punta de un escarpín de terciopelo. La única nota discordante era el retorcido aro de piedra multicolor que pendía, prendido en una cinta de cuero, de su cuello.