Egwene retrocedió, y Silvia la siguió agitando las manos y el bastón.
—Me voy, Silvia. Sólo debo recordar el camino. —Tocó el aro de piedra—. Llévame de regreso a las colinas. —No sucedió nada. Encauzó una minúscula cantidad de poder hacia el anillo—. Llévame de vuelta a las colinas. —Las columnas de piedra seguían rodeándola. El sonido de las botas sonaba más cercano y ya no se confundían con el eco provocado.
—Ignoráis la salida —aseveró Silvia y luego prosiguió casi en susurros, con la actitud zalamera y burlona de una vieja criada que creía poder tomarse ciertas libertades—. Oh, mi señora, es peligroso entrar aquí si no se conoce la salida. La pobre Silvia os devolverá sana y salva a vuestra cama, mi señora.
Rodeó con ambos brazos a Egwene, obligándola a alejarse más de la espada, un gesto innecesario, teniendo en cuenta que Egwene no necesitaba tal apremio. Los pasos habían cesado; el misterioso recién llegado debía de estar ya contemplando Callandor.
—Enseñadme simplemente la salida —indicó Egwene—. O decidme dónde está. No es preciso que me empujéis. —Inexplicablemente, a la anciana se le habían enredado los dedos en torno al anillo de piedra—. No toquéis eso, Silvia.
—Sana y salva en vuestra cama.
El dolor redujo a la nada el mundo.
Emitiendo un desgarrador chillido, Egwene se incorporó a oscuras, con el rostro bañado en sudor. Por un momento, no tuvo noción de dónde se hallaba ni tampoco le importó.
—Oh, Luz —gimió—, qué daño. ¡Oh, Luz, cómo duele! —Se palpó, convencida de que debía tener arañazos o verdugones en la piel para sentir tal quemazón, pero no encontró ninguna marca.
—Estamos aquí —dijo entre las tinieblas la voz de Nynaeve—. Estamos aquí, Egwene.
Egwene se arrojó en dirección a donde había sonado la voz y se abrazó, profundamente aliviada, al cuello de Nynaeve.
—Oh, Luz, estoy de nuevo aquí. Luz, he vuelto.
—Elayne —dijo Nynaeve.
Al cabo de un instante una de las velas irradiaba un pequeño círculo de luz. Elayne se detuvo con ella en una mano y la pajuela que había encendido con pedernal en la otra. Entonces sonrió, y todos los cirios de la habitación se encendieron a la vez. Luego se dirigió al aguamanil, regresó junto a la cama y lavó la cara de Egwene con un fresco paño humedecido.
—¿Ha sido una mala experiencia? —inquirió, preocupada—. No te has movido en lo más mínimo ni has murmurado nada. No sabíamos si despertarte o no.
Egwene se quitó precipitadamente la cuerda de cuero del cuello y la lanzó, junto al anillo, al otro extremo de la habitación.
—La próxima vez —jadeó— fijaremos una hora llegada la cual me despertaréis. ¡Despertadme aunque tengáis que hundirme la cabeza en un cubo de agua!
No tenía, hasta entonces, conciencia de haber decidido probarlo otra vez. «¿Meterías la cabeza en las fauces de un oso sólo para demostrar que no tienes miedo? ¿Lo harías dos veces por el simple motivo de que la primera vez saliste con vida?»
No era, sin embargo, para probarse a sí misma que no tenía miedo por lo que lo haría. Tenía miedo, y lo sabía. Pero, mientras el Ajah Negro tuviera en su poder los ter’angreal que había estudiado Corianin, debería seguir intentándolo. Estaba segura de que en el Tel’aran’rhiod residía la explicación del porqué de aquel robo. Si era factible encontrar las respuestas relativas al Ajah Negro allí —y asimismo, tal vez otras, de ser cierto la mitad de lo que le habían dicho acerca de las facultades de una Soñadora— debería regresar.
—Pero no esta noche —dijo quedamente—. Todavía no.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Nynaeve—. ¿Qué has… soñado?
Egwene se recostó en la cama y les refirió sus experiencias. De todo lo vivido, sólo omitió contar que Perrin le había hablado al lobo. De hecho, eludió toda mención al lobo. A pesar del sentimiento de culpa que le producía ocultar algo a Elayne y Nynaeve, consideraba que aquél era un secreto que debía revelar Perrin, cuando así lo decidiera, y no ella. El resto lo describió minuciosamente y, cuando hubo acabado, se sintió vacía.
—Aparte de la fatiga —inquirió Elayne—, ¿te ha parecido que estaba herido? Egwene, no puedo creer que fuera a hacerte daño. No puedo creerlo.
—Rand —observó secamente Nynaeve— tendrá que cuidar de sí mismo durante una temporada más. —Elayne se sonrojó; estaba preciosa toda ruborizada. Egwene cayó en la cuenta de que Elayne estaba preciosa hiciera lo que hiciese, ya fuera llorar o fregar ollas—. Callandor —continuó Nynaeve—. El Corazón de la Ciudadela. Eso estaba marcado en el plano. Creo que ya sabemos dónde está el Ajah Negro.
—Eso no modifica el hecho de que sea una trampa —señaló Elayne, recuperada la compostura—. Si no es un intento para despistarnos, es una trampa.
—La mejor manera de atrapar a quien tiende un lazo es accionarlo y luego esperar a que se presente —sentenció Nynaeve sonriendo fríamente.
—¿Te propones ir a Tear? —preguntó Egwene. Nynaeve asintió.
—La Amyrlin nos ha concedido, por lo visto, plena libertad de acción. Recordad que somos nosotras quienes tomamos las decisiones. Sabemos que el Ajah Negro se encuentra en Tear y también a quién hemos de buscar allí. Todo cuanto podemos hacer aquí es quedarnos paralizadas, corroídas por sospechas centradas en todo el mundo, por la inquietud de que en cualquier momento pueda aparecer otro Hombre Gris. Prefiero ser el cazador a ser el conejo.
—He de escribir a mi madre —dijo Elayne. Adoptó una actitud defensiva al advertir las miradas que le habían dirigido—. Ya he desaparecido una vez sin notificarle dónde me encontraba. Si vuelvo a hacerlo… No sabéis el genio que tiene madre. Es capaz de enviar a Gareth Bryne y a todo el ejército para atacar Tar Valon. O para perseguirnos.
—Podrías quedarte aquí —sugirió Egwene.
—No. No permitiré que os vayáis las dos solas. Y no voy a permanecer aquí preguntándome si la hermana que me da clases es una Amiga Siniestra o si yo seré el objetivo del siguiente Hombre Negro. —Soltó una risita—. Y tampoco voy a trabajar en las cocinas mientras vosotras vivís grandes aventuras. Sólo tengo que decirle a mi madre que me ausento de la Torre siguiendo órdenes de la Amyrlin, para que no se enfurezca cuando lleguen hasta ella rumores acerca de mi partida. No tengo por qué explicarle adónde voy ni por qué.
—Más te vale —convino Nynaeve—. Si se enterara de lo del Ajah Negro vendría sin duda tras de ti. Aparte de eso, la Luz sabe por cuántas manos pasará tu carta antes de llegar a las suyas, y los ojos que la leerán entretanto. Es mejor no poner nada que no te convenga que se haga público.
—Ése es otro cantar. —Elayne suspiró—. La Amyrlin ignora mi participación. He de hallar la manera de enviarla sin que ella la vea.
—Habré de pensar en ello. —Nynaeve arrugó el entrecejo—. Quizá cuando ya estemos en camino. Podrías dejarla río abajo, en Aringill, si disponemos de tiempo para encontrar a algún viajero que se dirija a Caemlyn. Es posible que convenzamos a alguien enseñándole uno de esos papeles que nos entregó la Amyrlin. Deberemos confiar, asimismo, en su buen efecto sobre los capitanes de barco, a menos que alguna de vosotras tenga más dinero que yo. —Elayne sacudió con tristeza la cabeza.
Egwene no se molestó en hacerlo. Habían gastado el poco dinero que poseían durante el viaje desde la Punta de Toman, y sólo contaban con unas cuantas monedas de cobre cada una.
—¿Cuándo…? —Tuvo que hacer una pausa para aclararse la garganta—. ¿Cuándo nos vamos? ¿Esta noche?
Nynaeve adoptó una actitud reflexiva y luego negó con la cabeza.