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Las muchachas se quedaron un rato más, durante el cual la conversación giró casi todo el tiempo en torno a su pueblo. Egwene y Elayne se sentaron en la cama y Nynaeve se instaló en el sillón, en tanto que él seguía sentado en el taburete. La mención de Campo de Emond despertó en él añoranza y pareció entristecer a Nynaeve y Egwene, como si hablaran de algo que nunca volverían a ver. Advirtió que se les habían humedecido los ojos, pero, cuando trataba de cambiar de tema, ellas volvían a sacarlo a colación, a rememorar a las personas conocidas, las festividades de Bel Tine y el Día Solar, las danzas de las cosechas y las comidas colectivas realizadas con ocasión del esquileo.

Elayne le habló de Caemlyn, de lo que encontraría en el palacio real y a quién debía dirigirse allí, y un poco de la ciudad. En ocasiones adoptaba un porte tan majestuoso que poco le faltaba para advertir una corona en su cabeza. Sería un insensato el hombre que se dejara seducir por una mujer como ella. Cuando se levantaron para irse, le apenó separarse de ellas. Se puso en pie, aquejado de una súbita sensación de torpeza.

—Mirad, me habéis hecho un favor con esto. —Tocó el papel de la Amyrlin, que reposaba en la mesa—. Un gran favor. Sé que las tres seréis Aes Sedai —se atragantó un poco al decirlo— y que tú, Elayne, serás un día reina, pero, si alguna vez necesitáis ayuda, si hay algo que pueda hacer por vosotras, acudiré. Podéis contar con ello. ¿He dicho algo gracioso?

Elayne se tapaba la boca con la mano, y Egwene reprimía una carcajada.

—No, Mat —respondió Nynaeve con calma, si bien con labios excesivamente curvados—. Sólo algo que había observado acerca de los hombres.

—Tendrías que ser mujer para entenderlo —aseveró Elayne.

—Que tengas buen viaje, Mat —le deseó Egwene—. Y recuerda: si una mujer necesita un héroe, lo necesita hoy y no mañana. —La risa contenida brotó por fin de sus labios.

Mientras miraba la puerta que se cerraba tras ellas, Mat resolvió, por centésima vez al menos, que las mujeres eran decididamente raras.

Después posó la vista en la carta de Elayne y en el papel plegado que había encima. El bendito papel de la Amyrlin que, a pesar de no comprender de dónde había surgido, agradecía como un buen fuego en invierno. Hizo unas cabriolas sobre la alfombra. Vería Caemlyn y conocería a una reina. «Vuestras propias palabras me librarán de vos, Amyrlin. Y también me alejarán de Selene».

—Nunca me atraparéis —dijo riendo, refiriéndose a las dos—. Nunca atraparéis a Mat Cauthon.

29

Una trampa que activar

El asador estaba parado en una esquina. Nynaeve se enjugó el sudor de la frente, mirándolo con furia, y se encorvó para realizar el trabajo que éste debiera haber hecho. «¡Serían capaces de empujarme encima de esa rueda de mimbre en lugar de ponerme a hacer girar esta condenada manivela! ¡Aes Sedai! ¡La Luz las confunda a todas!» El hecho de que utilizara tal lenguaje era indicativo del grado de su enojo, como también lo era el detalle de que ni siquiera fuera consciente de ello. No creía que notara más el calor del fuego que ardía en la gran chimenea de piedra gris si se arrojaba a ella. Estaba convencida de que el coloreado asador le sonreía con sorna.

Elayne espumaba la grasa que goteaba en la bandeja de abajo con una larga cuchara de madera, en tanto Egwene empleaba otra igual para rociar la carne. En la gran cocina se desarrollaba la rutinaria actividad previa a la comida de mediodía, sin que nadie reparara en ellas. Incluso las novicias se habían acostumbrado tanto a ver Aceptadas allí que apenas les dedicaban una mirada, y por otra parte las cocineras tampoco les permitían holgazanear ni distraer la atención de sus tareas. El trabajo formaba el carácter, sostenían las Aes Sedai, y las cocineras velaban por el fortalecimiento del carácter de las novicias. Y también de las tres Aceptadas.

Laras, la Maestra de las Cocinas —en realidad era la encargada de las cocinas, pero eran tantas las personas que le daban ese tratamiento que éste se había convertido casi en una especie de título—, se acercó a ellas para examinar los asados… y a las mujeres que sudaban inclinadas sobre ellos. Era una mujer de corpulencia desmedida, con doble papada, la tela de cuyo inmaculado delantal habría bastado para confeccionar tres vestidos de novicia, que asía su propia cuchara de largo mango como si de un cetro se tratara. Su función no era agitar los guisos, sino dirigir a sus subordinadas y golpear a aquellas que no desarrollaban fuerza de carácter con la rapidez suficiente para satisfacerla. Observó la carne, resopló con desprecio y volvió su ceñudo rostro hacia las tres Aceptadas.

Nynaeve sostuvo la mirada de Laras y siguió haciendo girar el asador. La fornida mujer no mudó en nada la expresión. Nynaeve había intentado sonreír, pero tampoco había logrado alterar con ello el adusto semblante de Laras. Parar de trabajar para hablar educadamente con ella habría sido un desastre. Estaba harta de aguantar las órdenes y la altanería de las Aes Sedai, pero, por más que le escociera, tenía que someterse a ello para aprender a valerse de su habilidad. Aun cuando no fuera precisamente satisfacción lo que sentía por lo que era capaz de hacer —una cosa era saber que las Aes Sedai no eran Amigos Siniestros por el mero hecho de encauzar, y otra distinta reconocer que ella misma era capaz de encauzar—, debía aprender si quería pagarle con la misma moneda a Moraine; el odio que sentía por Moraine por haber truncado el curso de sus vidas y haberlos manipulado a todos en aras de los fines de las Aes Sedai era casi lo único que la animaba a perseverar. Pero soportar que la tal Laras la tratara como a una chiquilla holgazana un poco corta de entendederas, tener que ofrecer reverencias y desvivirse por atender los deseos de aquellas mujeres que ella podría haber puesto en su lugar con unas cuantas palabras bien dichas allá en su pueblo…, eso la sacaba tanto de quicio como el recuerdo de Moraine. «Quizá si le rehúyo la mirada… ¡No! ¡Que me aspen si bajo la vista delante de esta…, esta vaca!»

Laras emitió un bufido aún más sonoro antes de alejarse, hollando las grises baldosas recién fregadas. Todavía encorvada con la cuchara y el cuenco para la grasa en las manos, Elayne le dirigió una mirada cargada de rabia.

—Si esa mujer me golpea aunque sólo sea otra vez, haré que Gareth Bryne la arreste y…

—Calla —susurró Egwene, sin parar de rociar la carne—. Tiene un oído tan fino como…

Laras se volvió, aún más ceñuda, como si en efecto la hubiera oído, y abrió la boca. Antes de que brotara algún sonido de ella, la Sede Amyrlin entró como un torbellino en la cocina. Incluso la estola rayada que le cubría los hombros parecía erizarse. Excepcionalmente, Leane no hizo acto de presencia.

«Por fin —pensó Nynaeve con acritud—. ¡Y no llega precisamente antes de tiempo que se diga!»

La Amyrlin no les dedicó, empero, ni una ojeada. No dijo ni una palabra a nadie. Pasó la mano por encima de una mesa blanca de tan refregada y se miró los dedos con una mueca de desagrado, como si se hubiera ensuciado. Al cabo de un instante, Laras se hallaba a su lado, prodigándole sonrisas que la impasible mirada de la Amyrlin la obligó a tragar.

La Amyrlin se puso a recorrer con paso majestuoso la cocina. Miró airadamente a las mujeres que rebanaban las tortas hechas con harina de avena, a las que pelaban verduras, las ollas de sopa y a las encargadas de su vigilancia, las cuales se pusieron a examinar la superficie del líquido contenido en ellas como si en ello les fuera la vida. Su adusto ceño hizo avivar el paso de las camareras que llevaban platos y tazones al comedor y provocó carreras entrecruzadas de novicias que se comportaban como ratones que hubieran avistado a un gato. Para cuando llevaba recorrida la mitad de la cocina, todo el mundo trabajaba allí a una velocidad de vértigo y, cuando hubo completado su circuito, Laras era la única que se atrevía a mirarla.