—¡Idiota! —murmuró Mat, sin saber si el insulto iba dirigido al borracho o a sí mismo—. Ya es hora de buscar un barco que me lleve lejos de aquí. —Escrutó el negro cielo, tratando de calcular cuánto faltaba para el alba. Dos o tres horas, concluyó—. Hora sobrada. —Le gruñeron las tripas; recordaba vagamente haber comido en una de las posadas, pero no sabía qué. La fiebre del juego tenía acaparada toda su atención. Introdujo la mano en el morral y sólo encontró migajas—. No hay tiempo que perder, o una de esas Aes Sedai vendrá a recogerme y me llevará dentro de uno de sus bolsillos. —Se apartó de la pared y se encaminó hacia los muelles donde estarían atracadas las embarcaciones.
Al principio pensó que los quedos sonidos que oía tras él eran el eco del roce de sus botas sobre los adoquines. Después advirtió que alguien lo seguía con sigilo. «Bien, éstos sí son ladrones».
Levantó la barra y por un instante se planteó salirles al paso. Pero estaba oscuro, el ruido de los pasos apenas era perceptible, y no tenía idea de cuántos eran. «El simple hecho de haber derrotado a Gawyn y Galad no te convierte en un héroe de aventuras».
Se desvió por una estrecha callejuela, tratando de caminar de puntillas y moverse velozmente al mismo tiempo. Las ventanas, en su mayoría cerradas con postigo, no proyectaban ninguna luz allí. Se encontraba casi en el otro extremo cuando vio a dos hombres que se asomaban por la esquina. Y tras él oyó espaciados pasos, el apagado martilleo de las suelas de cuero sobre la piedra.
En un instante se ocultó en el sombrío rincón formado por un edificio que sobresalía más de la fachada que el contiguo. Por el momento, le pareció la opción más adecuada. Aguardó, apretando con nerviosismo el palo.
De la calle por donde caminaba antes apareció un hombre, caminando a paso lento, encorvado, y luego lo siguió otro. Los dos empuñaban un cuchillo y se movían como si acecharan a alguien.
Mat tensó el cuerpo. Si se aproximaban un poco más sin descubrirlo escondido en la oscuridad más profunda del rincón, podía tomarlos por sorpresa. El corazón le latía desbocadamente. Aunque eran mucho más cortos que las espadas de práctica, aquellos cuchillos eran de acero y no de madera.
Uno de sus perseguidores escrutó el otro extremo de la estrecha calleja y de repente se enderezó y gritó:
—¿No se ha ido por aquí?
—Yo no he visto más que sombras —respondió el otro con marcado acento extranjero—. Mejor será dejarlo. Ocurren cosas extrañas esta noche.
A menos de cuatro metros de Mat, los hombres cruzaron la mirada, enfundaron los cuchillos y se fueron por donde habían venido.
Exhaló lentamente el aliento contenido. «Otro golpe de suerte. Que me aspen si no lo agradezco tanto como en el juego».
Ya no veía a los hombres en la bocacalle, pero sabía que aún estarían en algún punto cercano. Y por el otro lado estaban los salteadores que se acababan de marchar.
Uno de los edificios junto a los que se ocultaba era sólo de una planta y el tejado no parecía muy inclinado. Y en el punto de unión de ambas casas había un ribete de piedra blanca esculpida con grandes hojas de parra.
Lanzó el bastón al tejado y éste chocó con estrépito contra las tejas. Sin esperar para comprobar si alguien lo había oído, trepó sin dificultad por la moldura, ayudándose en los resquicios que dejaban las hojas, y a los pocos segundos ya volvía a tener la barra en la mano y corría por el tejado, confiando a la suerte el buen afianzamiento de sus pies.
Volvió a subir en tres ocasiones, elevándose un piso cada vez. Los tejados se prolongaban con escasa pendiente, ahora sin altibajos, y la brisa que soplaba allá arriba erizándole el vello de la nuca con su frescor le hizo pensar que lo seguían. «¡Déjate ya de idioteces! Están tres calles más allá, buscando a otra persona con la bolsa cargada, y seguramente no les saldrá bien».
Las botas le resbalaron en las tejas y decidió que no sería mala idea volver a bajar a terreno firme. Con cautela, se acercó al alero y se asomó. A unos doce metros había una solitaria calle con tres tabernas y una posada cuya luz iluminaba los adoquines. Pero no lejos, a su derecha, un puente de piedra comunicaba el piso superior del edificio sobre el que se hallaba con el del otro lado.
El puente, sumido en la más completa oscuridad a una altura casi de vértigo, parecía terriblemente estrecho, pero él arrojó el bastón abajo y siguió tras él sin concederse tiempo para vacilar. Sus botas chocaron en el puente, y él amortiguó la caída con una voltereta tal como lo hacía de niño al tirarse de un árbol. Se agarró a la barandilla, que debía de llegarle a la altura de la cintura.
—Las malas costumbres sirven de algo a la larga —se felicitó mientras se ponía de pie y recogía la barra.
La ventana a la que daba el puente estaba cerrada con postigos, y era de temer que quien viviera allí no se alegraría precisamente de ver aparecer un forastero en plena noche. Percibía una gran profusión de esculturas y adornos en la fachada, pero, si había algún asidero al que pudiera aferrarse desde el puente, la oscuridad lo volvía invisible. «Bueno, forastero o no, allá voy».
Se volvió y súbitamente advirtió que había otro hombre en el puente. Un hombre que empuñaba una daga.
Mat agarró la mano que descargaba el arma contra su garganta. A duras penas le había sujetado la muñeca con los dedos cuando el bastón que mediaba entre ellos se le enredó entre las piernas. Dio un traspié y cayó de espaldas contra la barandilla, arrastrando a su atacante. Apoyado con precario equilibrio, con la mitad del cuerpo afuera y la cara del hombre pegada a la suya, repartió su atención entre el peligroso trecho que lo separaba del suelo y la acerada hoja en que se reflejaba tenuemente la luz de la luna mientras se acercaba lentamente a su garganta. Los dedos le resbalaban en la muñeca de su agresor y la otra mano le había quedado atrapada en el bastón oprimido entre sus cuerpos. Habían transcurrido sólo unos segundos desde que había visto por primera vez a ese individuo y, también en cuestión de segundos, iba a morir con un cuchillo clavado en el cuello.
—Ha llegado el momento de lanzar los dados —dijo.
El hombre tuvo un instante de confusión, que Mat aprovechó para impulsarse con las piernas y saltar al vacío, arrastrando con él a su atacante.
Durante un interminable momento le pareció que era tan liviano como una pluma. El aire zumbaba en sus oídos y le alborotaba el cabello. Creyó oír gritar a su atacante. El impacto lo dejó sin resuello y salpicó de motas plateadas su enturbiada visión.
Cuando recobró el aliento y la noción de su entorno advirtió que yacía encima del hombre que lo había agredido, cuyo cuerpo había amortiguado su caída.
—Suerte —susurró. Se levantó despacio, maldiciendo la magulladura que le había producido en las costillas la barra.
Como era previsible después de caer contra los adoquines desde una altura de ocho metros y con el peso de otra persona encima, el desconocido estaba muerto, pero lo que Mat no esperaba ver era que tuviera la daga clavada hasta la empuñadura en el corazón. Era sorprendente que un hombre de aspecto tan anodino, en el que no se habría fijado en otras circunstancias, hubiera intentado matarlo.
—Has tenido mala suerte, amigo —dijo, estremeciéndose, al cadáver.
De improviso, volvió a repasar mentalmente todo lo ocurrido. Los pasos escuchados en la sinuosa calle. La huida por los tejados. Aquel hombre. La caída. Alzó los ojos hacia el puente y le sobrevino un violento temblor. «Debo de estar loco. Un poco de aventura no viene mal, pero ni el mismo Rogosh Ojo de Águila se hubiera prestado voluntariamente a esto».
Cayó en la cuenta de que estaba parado junto a un cadáver con una daga en el pecho, exponiéndose a que alguien pasara y fuera a avisar a los guardias, que lucían la enseña de la Llama de Tar Valon en sus uniformes. Cabía la posibilidad de que con el documento de la Amyrlin lograra zafarse de ellos, pero no era seguro que ella no lo averiguara antes. Aún podía acabar recluido en la Torre Blanca, sin ese papel, y probablemente circunscrito al estricto recinto de la Torre.