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Saint Raven volvió con una gran bandeja y puso un plato de huevos con jamón en medio de la mesa, otro de pan con mantequilla y mermelada y un cuenco con ciruelas. Para terminar, tazas, una cafetera y una jarrita con crema. Era evidente que los grandes hombres que salían a cabalgar temprano para meterse en peleas necesitaban comidas copiosas. Puso la bandeja a un lado y se sentó frente a ella.

– Parece asombrada, ¿porque necesito alimentarme?

– No, es que es un duque y usted mismo ha ido a buscar la bandeja.

– No sea ridícula -le contestó mientras se comía tres huevos con jamón-. Por favor, coma algo si quiere.

Cressida contuvo un escalofrío y se sirvió más chocolate.

– Mientras como, cuénteme su historia; hoy parece ser mi día de caballero errante.

– ¿Se ha encontrado con otra damisela en apuros? -le preguntó.

Él hizo un gesto con la boca.

– Más o menos.

Loco, verdaderamente loco.

– Le va a faltar sitio en la casa.

– ¡Oh! La he escondido en otra de mis múltiples residencias. Ahora cuénteme su historia, «Señorita Sea Quien Sea».

Comía con gran apetito. Cressida titubeó unos instantes, pero como necesitaba su ayuda, decidió contarle una versión arreglada de la verdad.

– Lord Crofton le ha robado algo a mi familia, su excelencia, y lo tiene en Stokeley Manor. Necesito ir allí para recuperarlo. Mientras la contemplaba, se tragó su comida.

– Si es un robo, vaya a las autoridades.

– Es un noble, no creo que me hagan caso.

– Vale la pena intentarlo, es mejor que prostituirse con Crofton, ¿no?

Eso había sido un golpe bajo, pero tenía razón.

– Muy bien, lo ganó jugando a las cartas.

– ¿Con trampas?

No se le había ocurrido antes. Sacudió la cabeza y a regañadientes le contestó que no lo creía.

– Entonces es suyo. Eso es algo que no admite dudas.

– ¡No, no lo es!

El duque se sirvió café y le añadió crema de leche.

– ¿Por qué no me dice la verdad? A la larga me enteraré.

Cressida se puso en pie.

– Usted no tiene derecho a exigirme nada, señor. Soy libre para irme de aquí cuando quiera.

– Me temo que no -le contestó, cortando una loncha de jamón.

– No puede tenerme prisionera.

Él no respondió, sólo levantó las cejas y se metió en la boca un trozo de jamón.

Cressida miró la jarra de plata maciza del chocolate, pero se dio cuenta de que no era la mejor manera de conseguir sus objetivos, y se obligó a mantener la calma. Hay una sola cosa que importa, se recordó a sí misma, una sola cosa. Apretó las manos con fuerza y ya más relajada, se volvió a sentar.

– Mi nombre es Cressida Mandeville, su excelencia. Mi padre es sir Arthur Mandeville -le dijo mientras observaba si hacía algún gesto de reconocimiento, pero no fue así; tampoco le sorprendió. Incluso durante la temporada de Londres, los Mandeville se movían en ambientes distintos que los del duque de Saint Raven.

– Ha vuelto hace poco a casa después de veintitrés años en la India.

– Un mercader. -Utilizó el término corriente que también implicaba riqueza.

– Sí.

– ¿Usted vivía en la India con él?

– Nací allí, pero mi madre tuvo problemas con el clima, así que las dos volvimos a casa antes de que cumpliese el año.

– ¿Y su padre venía de vez en cuando?

– No.

– Un interesante reencuentro -recalcó levantando de nuevo las cejas.

Eso, pensó Cressida, era un eufemismo, aunque su madre parecía haberlo aceptado bien. El duque continuó comiendo pero tenía puesta toda su atención en ella, que a su vez se sentía confortada porque finalmente podía contarle a alguien la verdad.

– Con dinero y un nuevo título, mi padre deseaba entrar en sociedad. Compró una pequeña finca, Stokeley Manor, y alquiló una casa en Londres para así poder llevar una vida de placeres y disipación.

– Mi querida señorita Mandeville, estoy seguro de que usted no sabe nada sobre la disipación -le dijo mirándola con ojos burlones.

– ¿Incluso después de lo de anoche, su excelencia?

– Un poquito, a lo mejor -le contestó con una sonrisa.

La hinchazón en la comisura de sus labios no los hacía menos interesantes. De hecho, le daba a su sonrisa un aire extraño y pícaro.

– Continúe con su historia, señorita Mandeville, aunque me la puedo imaginar: su padre se dedicó a los juegos de azar y perdió Stokeley Manor a manos de Crofton.

Cressida lo miró fijamente.

– ¿Qué sabe usted de eso?

– Esas historias vuelan, sólo que no me había quedado con los nombres. ¿Cuánto perdió su padre?

Por un momento fijó la vista en sus dedos entrelazados, pero los soltó y volvió a mirarlo a los ojos.

– Creo que echaba de menos su emocionante vida en la India. Quizá los juegos de azar le devolvieron esa emoción, pero parece que no ha sido bueno para él.

– ¿Lo perdió todo?

Un nudo en la garganta casi la dejó sin voz.

– Dicho de alguna manera, todo lo que no era de mi madre y mis posesiones personales.

El duque había dejado su plato limpio y ahora estaba recostado en su silla sorbiendo su taza de café.

– Seguro que su padre es consciente del estado de sus asuntos.

– Mi padre se ha quedado completamente paralizado de la impresión. No habla y parece que no escucha. Mi madre consigue que coma algo, pero cada vez está más débil.

Él inclinó la cabeza.

– Lo lamento mucho, pero he de señalar que, aunque sea triste, Crofton es el dueño de Stokeley y de todo lo que hay dentro.

Ella no quería contarle el meollo del asunto pero no vio otra opción:

– La verdad es, su excelencia…

– Saint Raven, por favor.

– La verdad es que -continuó haciendo caso omiso- mi padre tenía un alijo de joyas. Me explicó que se acostumbró a comprarlas en la India, cuando era necesario tener bienes transportables por si debía huir, y me mostró dónde las tenía escondidas. Sé que legalmente esas joyas van en el lote de Stokeley, pero no puedo sentir que realmente le pertenezcan a lord Crofton. Él no sabe nada de su existencia, y estoy segura de que mi padre no pretendía que fueran parte de la apuesta. Si hubiese podido, las hubiese recuperado antes de que Crofton tomase posesión de la casa.

El duque dejó la taza sobre la mesa y la volvió a llenar.

– Fascinante. Soy consciente de la tentación que significa intentar recuperarlas, pero ¿realmente merece la pena que se sacrifique por ellas?

– Harán que nuestra vida sea soportable. Mi padre nunca se va a restablecer y aunque así fuera, no le será posible amasar otra fortuna, ni siquiera un poco de dinero. Mi madre sólo desea volver a Matlock. La casa que aún tenemos allí siempre ha estado a nombre suyo. Ni siquiera tenemos dinero para llevar allí una vida modesta; en estos momentos sólo tenemos lo que valgan nuestras posesiones. -Se tocó el collar de perlas, una sencilla cadena de pequeñas bolas-. Siempre hemos luchado contra la inclinación de mi padre a obsequiarnos con adornos caros y extravagantes.

– Como ve, la disipación y la extravagancia son mucho más inteligentes. Pero tengo que preguntarle algo: ¿no podría su padre haber vendido las joyas para pagarse su afición al juego?

Se comportaba como un torno: apretaba y apretaba hasta sacar la verdad. Pero era muy estimulante.

– No lo creo. He revisado las cuentas de mi padre. Todo está reflejado allí, incluidas sus pérdidas.

Cressida tuvo que tomarse un momento para recomponerse. ¿Cómo alguien podía tirar una fortuna en un juego de cartas que ni entendía?

– No hay registro de la venta de las joyas, ni un aumento repentino de efectivo.

– ¿Qué dice su madre? Cressida dio un suspiro.

– El regreso de mi padre fue un gran choque para ella. Se volvió a encariñar con él, pero no llegó a tener ningún interés en sus negocios. Ahora no puede pensar en nada que no sea su recuperación.