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– Así que usted se enfrenta sola a esta situación, aunque no por más tiempo. Ahora tiene a un caballero errante.

Cressida lo miró con cautela.

– Debo recuperar esas joyas, su excelencia.

– Por supuesto.

– Cueste lo que cueste.

– Ya lo veremos.

– ¡Usted no tiene derecho a mandarme!

El duque levantó una mano a la manera de elegante protesta.

– Enfréntese a esa batalla cuando lleguemos a ella. Por ahora somos camaradas en armas contra el abominable demonio. Sin embargo, si esas joyas eran para un caso de emergencia, ¿por qué su padre las tenía en el campo en vez de tenerlas a mano en Londres?

Ésa era otra excelente pregunta. A pesar de sus excentricidades, el duque tenía una mente aguda.

– Mi hipótesis es que mi padre tenía muchos objetos indios que desgraciadamente dejó en Stokeley. Entre ellos hay una serie de estatuillas de marfil hechas con gran ingenio, pues sirven para esconder cosas; las joyas están en una de ellas. Creo que se confundió y se llevó una estatuilla equivocada a Londres.

– Un descuido; deben ser todas muy similares.

– Sí -le dijo mientras rezaba para que no le pidiese detalles.

Él dio un sorbo de café.

– Usted no tiene ninguna garantía de que no se hubiese jugado las joyas directamente, o que las hubiese empeñado o cambiado de sitio. Ella volvió a relajar las manos.

– No, pero no estoy siendo optimista en exceso. Creo que la estatuilla que me enseñó no era la misma que la de Londres. Estoy segura de que alguno de sus conocidos hubiese notado que estaba apostando joyas. No había nada secreto en cuanto a lo de las partidas, excelencia, e incluso si hubiese ido a una casa de empeño, estoy segura de que lo hubiese apuntado en su contabilidad. Es su forma de actuar. Siempre lo apunta todo.

– Pero es de esos hombres capaces de confundirse de estatuilla…

– Es un poco miope y sólo cogió una. Si lo hizo así, sería porque pensaba que era ésa la que escondía el tesoro, ¿no?

– Buen argumento -le contestó asintiendo con la cabeza.

– Lo que es más, mi padre no perdió la lucidez cuando perdió con Crofton. Regresó a casa a tiempo para desayunar y parecía estar normal, sólo que cansado. Mi madre lo regañó por regresar a esas horas.

Tragó saliva al recordar ese momento y la culpabilidad que había sentido su madre por ello, aunque lo cierto es que se hubiese merecido algo mucho peor.

– Mi madre fue a pedirle disculpas y se lo encontró en su estudio sentado en el mismo estado de postración en el que se encuentra ahora. Yo llegué unos minutos después, alertada por un grito de ella pidiendo ayuda. La estatuilla estaba tirada en el suelo, abierta y vacía.

– Y ya que esas joyas eran la salvación de su familia, descubrir que se había equivocado de figura, fue lo último que le faltaba. -Antes de continuar la miró fijamente-. ¿No se le ha ocurrido simplemente entrar en su antigua casa sin más? Seguro que algún sirviente podría ayudarla.

Cressida lo negó con la cabeza.

– La casa estaba vacía antes de que mi padre la comprase y sólo había una pareja de ancianos para cuidarla. Estaban felices de jubilarse. Mi padre les dio una anualidad completa, así que por lo menos ellos están salvados.

– Tiene un corazón generoso, señorita Mandeville.

– No es generosidad, su excelencia, sólo justicia. La caída de un hombre no tiene por qué destruir a otros.

Ella lo vio hacer una especie de mueca y pensó que lo que había dicho había hecho mella en él.

– Sólo vivimos allí unas pocas semanas en diciembre, pero mi padre puso cerraduras nuevas y rejas en las ventanas de la primera planta. Cuando llegó tenía mucho miedo de que entraran ladrones, cosa que parece ser bastante común en la India.

– Y en Inglaterra. Entonces, ¿hay algún sirviente que nos pueda ayudar?

– Ninguno en el que pueda confiar, y Crofton los debe de haber sustituido la semana pasada.

– De acuerdo. -Asintió con la cabeza-. ¿En qué sala de Stokeley Manor encontraremos las estatuillas?

Que utilizase el plural hizo que a Cressida se le acelerase el corazón y se llenase de esperanzas y nerviosismo.

– Si no las han movido están en el estudio que tenía mi padre en la parte de atrás de la planta baja.

– Que por desgracia tiene todas esas rejas y cerraduras.

– Así es.

Frunció las cejas y se quedó estudiándola.

– ¿A qué acuerdo llegó usted con Crofton? Una estatuilla a cambio de su virtud lo hubiese hecho sospechar.

– Y creer que me cotizo muy bajo…

Cressida le contestó sin poder mirarlo a los ojos, por lo que se dedicó a estudiar los juegos de luces que se hacían en la superficie del jarrón de plata que contenía el chocolate.

– Me iba a dar todos los objetos indios de mi padre. Hay algunas piezas de valor, aparte de las joyas escondidas.

– ¿Sabe lo que le hubiese pedido que hiciese por ese precio?

Se forzó a mirarlo de frente, aún consciente de que estaba ruborizada.

– Sé lo principal, su excelencia; y lo hubiera hecho si hubiese sido necesario.

– Si hubiese sido capaz.

– Creo que mi inocencia era parte de mi atractivo -le contestó con la mirada fija.

– Es usted una mujer extraordinaria, señorita Mandeville, pero terriblemente ingenua.

– Tonterías. Estaba preparada para que fuera algo espantoso, pero ¿qué otra opción me quedaba? ¿Refugiarme en mi virtud y mis delicados sentimientos, y terminar en una residencia para pobres, y mi madre también?

– Es lo que hace la mayoría de la gente. Y el sacrificio es demasiado drástico.

Después de un momento ella le confesó:

– Esperaba no tener que hacerlo.

– ¡Ah! Pensaba llegar ahí después de haber acordado con Crofton que se iba a entregar a él, coger las joyas y escapar antes de que él le hiciera lo peor. Muy lista, pero me temo que demasiado optimista -le dijo tratándola como si fuese una niña.

– Tenía un plan.

– No lo dudo.

Sus modos burlones y condescendientes la provocaron.

– En mi bolsito llevaba un líquido que provoca vómitos. Tenía pensado decirle que me había puesto enferma con el traqueteo del viaje y beberme un poco antes de llegar aduciendo que se trataba de un reconstituyente. Dudo que ningún hombre estuviese muy ansioso de llevarse a la cama a una mujer que está vomitando la cena.

El se rió.

– ¡Bravo! Y así usted tendría tiempo de coger las joyas y escapar. -Levantó la jarra de chocolate, echó lo que quedaba en la taza de ella y alzó la suya-. ¡Un brindis por una valiente y emprendedora mujer!

Cressida levantó su taza golpeándola contra la suya, incapaz de resistirse a reír con él. Había tenido que urdir su terrorífico plan en secreto y era reconfortante tener la aprobación de alguien. Se lamió el chocolate que manchaba sus labios y le dijo:

– Espero que usted vea ahora, su excelencia, que no me hizo ningún servicio secuestrándome de las manos de lord Crofton.

– Por desgracia, no -le contestó dejando la taza-. Elogio su plan y su valentía, señorita Mandeville, pero usted no conoce como es el mundo de Crofton. Podría haber encontrado que era algo novedoso aprovecharse de una mujer enferma, y lo más seguro es que la hubiese encerrado hasta que se recuperase.

Ella lo miró fijamente, sintiendo cómo se le revolvía el estómago e imaginando lo que podía haber sido.

– Lo otro que usted ignora es que no iba a Stokeley Manor para estar a solas con lord Crofton. Está celebrando una fiesta que durará varios días.

– ¿Una fiesta? ¡Me prometió que no arruinaría mi reputación!

– A lo mejor es verdad. Se trata de una fiesta de máscaras, pero también es una orgía. ¿Sabe lo significa eso?