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– ¿Una bacanal? -le contestó vacilante-. ¿Exceso de alcohol y libertinaje sexual?

– Más o menos. Las personas que asisten a ese tipo de eventos suelen estar aburridas de todo y exigen cosas nuevas. Me temo que usted era la pieza central de esa novedad. Vírgenes de buena familia son muy difíciles de conseguir, sobre todo las que se abandonan voluntariamente a su destino.

Su mente conmocionada se adelantó a él.

– ¿En público?

Apenas conseguía respirar y luchaba por no desmayarse.

– Por lo menos delante de algunos huéspedes privilegiados. ¡Dios mío, discúlpeme! -Rodeó la mesa para situarse a su lado-. Lo siento, no se lo debería haber expuesto tan crudamente…

De pronto todo se volvió gris y una mano firme empujó su cabeza entre sus rodillas.

– Mantenga la respiración, todo va bien, nada de eso le va a suceder, se lo prometo.

Le frotó el cuello con la mano. Eso, y sus palabras, hicieron su efecto. Alzó la cabeza y él la dejó incorporarse. Por un momento vio destellos de manchas oscuras, pero luego se le despejaron. Lo miró y lo vio preocupado. Tragó saliva.

– Creo que debo darle mis más sincero agradecimiento por rescatarme, excelencia.

A ella le pareció ver que él se ruborizaba un poco.

– Sin duda alguna no podía dejarla con él y, respecto a nuestra aventura, debemos ir con cuidado.

Cressida cogió la taza de chocolate, pero ya estaba vacía.

– Espere un momento.

Él abandonó la habitación y regresó en un momento con una botella y unas copas.

– Es brandy. Beba.

Ella nunca había bebido brandy, pero sorbo a sorbo vació la copa. Se sentía más calmada, y también con más miedo. ¡Se había creído tan lista y que tenía todo bajo control! Pero ahora… ¿No habría esperanzas para ella y su familia? Entonces recordó lo que le había dicho: «Nuestra aventura».

Los ojos de Saint Raven brillaban entusiasmados.

– No me puede negar mi parte en esto, señorita Mandeville. Lo siento, pero no puedo dejarla que vaya a una orgía sin un guía experimentado.

CAPITULO 5

Cressida dejó el vaso.

– El término «guía experimentado» no es algo que me tranquilice precisamente, su excelencia.

Pero recordó que él se movía en una esfera distinta a la suya, más elegante y segura, pero también de menor nivel moral. La familia de ella no era de una prístina virtud, pero tampoco frecuentaba ambientes degradantes. Pertenecían a lo que se entendía como «clase media».

– Me gustan las fiestas en donde hombres y mujeres se reúnen con entusiasmo para disfrutar de los placeres sensuales con más libertad de lo común -le explicó sin mostrar ni un rastro de vergüenza.

– Supongo que usted estará invitado -le dijo con una aspereza que luego lamentó.

– Si no puede evitar esa cara de vinagre, señorita Mandeville, no podré llevarla a ningún lugar atrevido.

– No tengo ningún deseo de ir… -empezó a decir, pero tuvo que cortar ya que debía hacerlo.

Sus ojos brillaron.

– Puede verlo como una experiencia formativa.

– Hay cosas que prefiero no aprender.

– Definitivamente, señorita Wemworthy. Eso la hirió.

– Yo no soy… ¡Oh, es usted un hombre exasperante!

– Lo intento. Vamos, señorita Mandeville, tiene el nombre de una romántica exploradora -dijo con los ojos brillantes, inclinado hacia delante, desafiándola-. ¿No existe ni la más pequeña parte de usted que quiera llevar esto hasta el final y ser testigo de una fiesta libertina? ¿No disfrutó acaso de su atrevida aventura con Crofton deleitándose con la perspectiva de ser más lista que él?

Ella se quedó con la mirada fija. Era como si él pudiese ver una secreta parte de su alma. Aunque estaba aterrada y odiaba la idea de dejar que Crofton la tocase y le diese órdenes, se había sentido llena de excitación, de vida, como nunca antes.

– Sí -admitió.

Él le sonrió.

– ¿No sería una lástima volver a casa, a Matlock, sin intentarlo? A lo mejor…

Tris era consciente de que estaba siendo malvado, pero lo hacía sin malicia. Realmente era un guía experto y con él la señorita Mandeville estaría segura. Además, deseaba ver ese mundo a través de sus ojos atónitos. Había llegado el momento de mostrarle otra realidad.

– No hay necesidad, por supuesto -dijo él con tiento- Puedo ir a Stokeley y recuperar la estatuilla por usted; sólo hay un pequeño problema.

Cressida se mordió el labio. Era como si le leyese la mente y captara todas sus incertidumbres, tentaciones y luchas. Él la pico un poco más.

– Usted puede quedarse aquí, cómoda y segura…

Sus blancos dientes dejaron de morder su labio inferior y asomó la lengua para lamérselo. Una boca carnosa, suave, especialmente cuando la humedecía… Tuvo que recordarse que la diversión no incluía llevarse a esa dama a la cama. Las virtuosas señoritas de Matlock eran territorio prohibido.

– Sería una cobardía dejarlo todo en sus manos.

– La cobardía es a veces la máxima expresión de la sabiduría -le dijo, para dejar que se convenciese sola.

– También hay consideraciones de orden práctico. Conozco la casa y usted no. Yo sé cual, entre todas las estatuillas, es la correcta y cómo conseguir que se abra el cierre que revela su secreto.

– Bien, entonces me lo puede explicar…

– No es algo fácil de describir y puede que tengamos poco tiempo -le contestó volviéndose a pasar la lengua por los labios-. Incluso es posible que lord Crofton las haya cambiado de sitio.

– ¿Por qué?

Cressida se sonrojó.

– Son… esa clase de cosas que quedarían bien en una bacanal.

Ella le encendía el deseo y le hacía pensar en fresas grandes y dulces cubiertas de crema.

– Entonces sí que las tendrá puestas para exhibirlas. Si siente que puede hacerlo, su presencia será de gran utilidad. Puedo garantizarle que estará segura. -Pero su honestidad lo obligó a añadir algo-. Lo que no le puedo garantizar es que no verá cosas que la abochornen. De hecho, puedo asegurarle que lo hará.

Vio en ella un destello de excitación antes de fruncir el ceño. Sería un crimen negarle esa experiencia.

– Así que, ¿quiere usted venir esta noche?

Cressida lo miró a sus ojos brillantes y desafiantes. Claro que quería ir.

– Quedarse aquí sería como si Wellington se hubiese quedado en Bruselas tomando el té durante la batalla de Waterloo. El duque se puso de pie.

– ¡Qué encantadora es! Muy bien, tenemos que hacer planes para la batalla, y lo primero va a ser disfrazarla. A mí me pueden reconocer, pero es esencial a todos los niveles que a usted no. -Tiró de un cordón-. ¿Hasta qué punto la conoce Crofton?

– No muy bien.

– ¿Y cómo llegaron a ese extraordinario acuerdo?

– Me pidió permiso para cortejarme, pero mi padre se encargó de rechazarlo. No me gustaba y claramente era uno de los que iba detrás de mi gran dote. Me preocupa que todo esto no sea más que una venganza.

– Es posible, pero usted no hubiese podido hacer otra cosa y doy por hecho que no obligó a su padre a que se sentara a jugar a las cartas.

Ella suspiro.

– No, pero después de la catástrofe, me ofreció la oportunidad de recuperar algo diciéndome que mi familia podía conservar todos los objetos de la India a cambio de mi virtud. Trató de mostrar congoja, de presentarlo como una deferencia hacia nosotros, el muy sanguijuela. Casi hice que lo echaran de la casa, pero enseguida vi la oportunidad de recuperar las joyas.

– Esto hace que me pregunte hasta qué punto la partida fue limpia, aunque ahora lo importante es su disfraz.

Se levantó y abrió la puerta.

– ¡Harry!

Entró en la habitación un joven lacayo en el cual Cressida encontró un gran parecido con la señora Barkway.

– Su excelencia…