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– Búsqueme al señor Lyne.

Cuando el lacayo se marchó, el duque se giró para examinarla.

– Se ve distinta ¿Qué ha pasado con sus rizos? Cressida se sonrojó.

– Eran falsos.

– ¡Dios santo! Su aspecto cambia sin ellos. Con una máscara… O un velo… ¡Sí, eso es! Tengo un disfraz de sultán en alguna parte. Puede ir como si fuera una hurí. Con un velo tapándole la parte inferior de la cara, una máscara sobre los ojos y ya está. ¿Es su pelo tan largo como parece? Lo podría llevar suelto.

Llamaron a la puerta y entró un nuevo hombre. Era otro caballero alto y elegante, sólo que con el pelo más claro que el de Saint Raven y la cara más cuadrada. Cressida levantó las cejas.

– ¿Qué pasó con el plan de mantenerme lejos de las miradas, su excelencia?

– Cary ya la ha visto… y a sus ligas -añadió con la clara intención de sacarle los colores-, y también sus medias… Antes de que ella pudiese decir nada, añadió:

– Señorita Mandeville, permítame presentarle al señor Caradoc Lyne. Cary, la señorita Mandeville.

– Parece encontrarse mejor, señorita Mandeville. Espero que no se haya asustado mucho.

– No más de lo razonable, señor.

Puso cara de disculpa.

– No podíamos dejarla en manos de esa babosa, señorita Mandeville. -Se volvió hacia el duque-. ¿Qué es lo que hay que hacer?

Saint Raven le expuso la situación con claridad. Su amigo argumentó que era inconveniente llevar a una dama a un asunto tan vergonzoso, pero se dio cuenta de que era en vano. Cressida pensó que el duque de Saint Raven estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera.

– Así que nos urge conseguir un traje. Algo de estilo árabe y que lleve velo.

– Creo que hay por ahí algo así de la última…, en fin.

Volvió al cabo de un rato y extendió sobre la cama un par de pantalones de seda color púrpura y una chaqueta multicolor de manga corta con muchos brillos. Cressida los miró fijamente.

– ¡No puedo ponerme pantalones!

– Vamos a una orgía, señorita Mandeville.

Una vez más el duque la miró con ojos burlones. Cressida cogió la chaqueta. Con suerte le taparía hasta la cintura.

– Se me verá el corsé. El señor Lyne se aclaró la garganta.

– Pensé que daría por hecho que no lo llevaría; podemos probar con otra cosa.

– Tonterías -interrumpió el duque-, el traje va perfecto con el mío de sultán.

Cressida intentó decir algo pero él continuó:

– Necesitamos un velo para la cara y otro para la cabeza que sean bastante tupidos, y una máscara y maquillaje.

La puerta se cerró al salir el señor Lyne, que claramente seguía sus órdenes, pero Cressida, no.

– No voy a ponerme esa ropa, su excelencia.

– ¿Por qué no se la prueba primero? Luego ya podrá arrepentirse.

– No quiero echarme atrás, quiero algo más adecuado para una dama. ¿No podría ir disfrazada de… monja, por ejemplo? Tris se rió.

– Confíe en mí, querida. Si quiere pasar desapercibida esta noche, mientras menos elegante y refinada, mejor. Así hay menos posibilidades de que la reconozcan. Usted verá.

Lo entendió, pero aún se rebelaba.

– ¿Por qué alguien se iba a imaginar que yo pudiese estar en un evento de esa naturaleza?

– La mayoría de las mujeres serán profesionales, pero a algunas señoras les gusta la aventura y el desenfreno. Una mujer soltera sería una rareza, pero no tan extraña. La clave está en no dejar que imaginen nada.

Se calló para que le respondiera, pero no tenía nada que decir. Ahora que había visto el traje, no estaba segura que pudiera pasar por todo eso, pero al mismo tiempo era un reto. Ella no sabía que reaccionaría con tanta fuerza a un desafío

– Es su elección. -¿Sabría acaso que era tan seductor como el demonio?-. Tengo una serie de cosas que arreglar, así que le dejo tiempo para decidirse. Lo sensato sería que permaneciera en esta habitación; si quiere le puedo enviar algunos libros para que se entretenga.

Ella seguía con el ceño fruncido por culpa de las estrafalarias prendas, pero asintió y él se marchó. Cressida cogió el pantalón, símbolo de su extraña situación.

¡Pantalones! Mucha gente pensaba que la ropa interior femenina era indecente porque se parecía a la que llevaban los hombres. Le parecía imposible llevar sólo unos pantalones, y esa cosa de seda la haría sentirse como si no llevase nada. Por lo menos eran tupidos. Había visto dibujos de mujeres orientales con pantalones de ese estilo que parecían más bien un velo. Éstos eran bastante bonitos, adornados con trenzas doradas en los tobillos y los laterales, y con un cordón color oro para atárselos a la cintura. Los cogió, se los puso por encima y pensó que seguramente le quedarían bien. Eran demasiado largos, pero el fruncido de los tobillos ayudaría. Los dejó y cogió la chaqueta de seda brocada color rojo y púrpura bordada con hilos dorados. Tenía las mangas cortas, el cuello bajo y botones en la parte delantera. Cressida se dijo a sí misma que al menos la taparía como la parte superior de un vestido de noche, pero sin ropa interior, cosa bastante incómoda.

¿Sin combinación ni corsé? ¿Cómo podría salir así en público? Quería probarse el conjunto para poder comprobar lo peor, pero se encontró con su problema habituaclass="underline" no se podía quitar sola su elegante traje. Hubiese sido diferente en Matlock. Su madre y ella compartían sirvienta, pero la mayoría de sus trajes eran cómodos y prácticos, y se los podían poner y quitar ellas solas.

Matlock. Dejó la escandalosa chaqueta sobre la cama. Su vida allí era tan tranquila y confortable. Había vivido toda su vida en una hermosa casa bien provista con el dinero que su padre les enviaba. Su madre y ella tenían buenos amigos y una sólida posición en la sociedad. No entre la clase más alta, pero sí entre la de mayor respetabilidad, a pesar de la extraña ausencia de su padre. Como se habían casado allí mismo no había indicios de que tal vez el marido nunca hubiese existido. Además las obras de caridad de su madre las habían mantenido ocupadas y como Matlock era un pequeño balneario, en verano había conciertos, obras de teatro, fiestas y reuniones.

Si el plan funcionaba, pronto podrían volver. Incluso aunque su padre siguiese mal, su madre y ella estarían en un ambiente familiar, rodeadas de amigos. Sin embargo, si fracasaba, nunca podrían regresar.

Si su padre se hubiese quedado en la India… Si no le hubiese dado por jugar…

¡Si ella se hubiese dado cuenta a tiempo y hubiese hecho algo…!

Ésa era la herida que la hacía sangrar por dentro. Se había distraído en Londres. Los eventos sociales enseguida la habían aburrido, pero la ciudad la había fascinado. Había empezado a pensar que le gustaría casarse con un hombre de ese mundo. No un aristócrata ocioso, si no un hombre activo y comprometido. Tal vez un hombre que trabajara en el parlamento o incluso en el gobierno, eso sería genial.

O un comerciante. No es que le interesara el dinero, si no lo maravilloso que sería suministrar a un país mástiles, a otro lana y a un tercero especias. Su amiga Lavinia estaba comprometida con un capitán de barco y esperaba con ansia poder viajar a puertos lejanos. Eso era demasiado para Cressida, pero quería formar parte del funcionamiento del mundo.

Ahora todo eso se había acabado, a menos que recuperara las joyas. Durante la temporada que había estado en la ciudad se le había hecho evidente que no lograría casarse bien sólo por su bello rostro, ni siquiera llevando los falsos rizos. Echó un vistazo a los suyos, patéticamente cosidos a un turbante. ¡Los ambientes elegantes eran tan estúpidos! Crueles, mezquinos y también llenos de vicios. Mientras su padre mantuvo su fortuna, muchas señoras y señores los habían visitado, pero desde que la había perdido y estaba enfermo, se habían evaporado. Ahora era verano, y Londres estaba medio vacío, por supuesto, pero de igual modo había quedado de manifiesto la falta de corazón de la gente. Alguien llamó a la puerta.