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– Soy Harry, señorita.

Cressida la abrió y éste entró con una pila de libros y ropa. Dejó los libros y, ruborizado, le ofreció unas medias de algodón blanco, unas ligas sencillas y un pañuelo de tela delgada.

– Mi madre le ha enviado esto, señorita. Espera que le sirvan.

Recogió los restos del desayuno y se los llevó en una enorme bandeja.

– Llame si necesita algo, señorita.

Cuando se marchó, Cressida se quitó las zapatillas y se puso las firmes y confortables medias, sujetándoselas firmemente con las ligas. Se sentó frente al espejo y se colocó el pañuelo alrededor de los hombros metiendo los extremos por debajo del escote, consiguiendo finalmente tener un aspecto digno.

La decencia era algo extraño. No le importaba llevar ese vestido en un baile, pero lo que era digno para la noche no lo era para el día. Pensó en la ropa que tenía sobre la cama: los pantalones no eran nada decentes.

Saint Raven se había ofrecido para recuperar las joyas él solo. A cada momento que pasaba, le parecía lo más sensato. Sin embargo, sus objeciones eran poco convincentes. Algunas de las estatuillas de marfil eran muy similares. Todas mostraban a personas… a personas teniendo relaciones sexuales en extrañas posturas. Había cinco que representaban a parejas de pie, y una de ellas tenía las joyas. Realmente no se había fijado en ningún detalle concreto, pero creía que podría distinguirla cuando la viese y, además, conocía la casa.

Se acarició el rostro. La verdad era que quería ir. Se había obligado a ser la heroína de esta historia y ahora no quería echarse atrás. Se dijo a sí misma: «Cressida, piensa en ello como en un baile de máscaras». En Londres había asistido a uno muy bueno en el que algunas personas iban vestidas de forma escandalosa y una señora hasta llevaba un traje oriental parecido a ése.

Cogió los pantalones, se los puso por encima y se miró en el espejo.

– ¿Eres Cressida Mandeville o Cressida Ratón? Decidió que era Cressida Mandeville.

Después de haber ordenado su mente, se sentó junto a la ventana y repasó los libros. ¿Los habría elegido Saint Raven? Se trataba de una cuidada selección de poesía, historia, una novela de tres tomos y, advirtió con una sonrisa, un diario de viajes sobre Arabia.

¿Sería una indirecta para que lo fuese estudiando? Siempre le habían gustado los diarios de viajes a países exóticos. Algunas veces pensaba que era como su padre y que prosperaría bajo un cielo extranjero, aunque, como su madre, tenía una fuerte veta conservadora. Pequeñas aventuras como trasladarse a Londres eran suficientes para ella.

El tiempo trascurría. Harry volvió a tocar la puerta y entró sonriente, llevando su maleta.

– ¡Oh! -Para Cressida fue tan maravilloso como si hubiese conseguido las joyas-. ¡Harry, gracias!

– No me dé las gracias a mí, señorita. El señor Lyne la encontró en el camino y se la ha enviado.

Tan pronto como se marchó, Cressida la abrió y encontró el chal de seda y, milagro, ¡su bolsito! Crofton lo debió haber echado en su maleta. Tal vez ya no necesitaría el vomitivo, pero con él en sus manos sentía que tenía un arma.

Pasó las manos por sus vestidos y su ropa interior, encantada de que ya no estuvieran en posesión del sucio de Crofton y, de pronto se quedó quieta. Debía estar furioso, ¿intentaría vengarse? ¿Arruinaría su reputación diciéndole al mundo que la había raptado Le Corbeau?

No, no podía hacerlo. Tendría que explicar por qué viajaba con él. Y aunque a ella la arruinaría, él también saldría malparado. Incluso la gente más desconsiderada de la ciudad se sobrecogería por haberle hecho tamaño chantaje a una dama. Si dirigía su ira hacia alguien sería contra el asaltante de caminos. Pero, pensó mientras cerraba la maleta, si continuaba con su plan, se volvería a encontrar con Crofton. Tenía que estar muy segura de que no pudiese reconocerla. La extravagante indumentaria junto a un velo y una máscara le bastarían. Se volvió a concentrar en el libro, disfrutando de su viaje mental por Arabia. Sólo la interrumpió Harry para traerle una bandeja con té, pan, queso y fruta.

Oyó sonar cuatro veces un reloj lejano antes de que su anfitrión volviese con un tejido fino y pálido entre sus manos.

– Espero que no se haya aburrido mucho, señorita Mandeville, pero si así ha sido, no se preocupe, ¡comienza la aventura!

CAPITULO 6

Cressida se levantó de un salto, tenía la boca seca. Las palabras de Saint Raven le habían acelerado el corazón. O quizá simplemente su presencia.

– No me he aburrido, excelencia. He estado en Arabia.

Tris dejó las cosas en la mesa.

– Me pareció oportuno Es fascinante.

– ¿Lo ha leído?

– ¿Si no por qué lo iba a tener?

– ¿Negocia con Oriente?

– ¿Se refiere a comerciar, señorita Mandeville? -le preguntó levantando las cejas.

– No hay nada de malo en el comercio, su excelencia.

– Desde luego que no, pero no está dentro de las actividades de un duque.

– ¿Por qué no?

– La estabilidad y la prosperidad de Inglaterra están en sus tierras, señorita Mandeville. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo. Para mí es un honor contribuir de esa manera.

No hubo nada desagradable en su voz, pero, a su juicio, la puso en su lugar: el de la clase media.

– Vea lo que Cary ha encontrado -le dijo mientras cogía la fina tela que había traído. Separó la seda en dos piezas y se puso una delante de la cara-. Son lo suficientemente tupidas como para ocultar sus facciones.

No pudo evitar una risita al ver sus pestañas aleteando sobre el velo. A pesar de eso su confianza se tambaleaba.

– No estoy segura de poder salir en público con esas ropas. El duque dejó caer el velo en la mesa.

– Ha llegado el momento de que se los pruebe y lo vea por sí misma. Además, tendrá una armadura a su lado.

Aflojó el cordón de una bolsa y echó sobre la mesa un montón de abalorios brillantes.

– Son baratijas de una compañía de teatro, pero puede que nos sirvan. ¿Desea que Annie Barkway la ayude? Creo que su alma pura peligraría al vestirla con estas ropas.

Cressida, nerviosa, tragó saliva, pero reunió coraje y se volvió.

– ¿Me podría desabrochar la ropa, excelencia?

– Si he de ser tan atrevido, realmente debería llamarme Saint Raven.

Evidentemente era un hombre imposible y ella repitió:

– Saint Raven. -Y él empezó a desabrocharle los botones.

La noche anterior, incluso confusa por la impresión y el agotamiento, le había molestado tener que pedirle eso mismo. Ahora, cada toque de sus dedos la hacía sentir algo que le subía por todo el cuerpo y no podía evitar pensar en ellos en otras circunstancias. Como si fueran un matrimonio.

Se estaban preparando para ir a algo tan salvaje y absurdo como una orgía, pero estaba más relajada y natural que con ningún otro hombre en su vida, teniendo en cuenta que se trataba de uno joven y extraordinariamente atractivo. Tras sus conversaciones y planes había llegado a sentir que lo conocía, que incluso podían llegar a ser amigos. Pero era sólo una ilusión. Se lo había demostrado con su muestra de incomprensión sobre el tema del comercio. ¿Cómo podía estar interesado en países extranjeros cuando no tenía deseos de explorar sus posibilidades de negocio? ¿Cómo podía no querer ser parte de los fascinantes avances de la ciencia y la tecnología y, también, de los beneficios que conllevaban?

Eran extranjeros el uno para el otro y ni siquiera hablaban el mismo idioma. La exasperaba y a la vez se sentía atraída por él. La noche anterior la había besado de una manera que nunca había imaginado. Y es más, si hubiese creído lo que le dijo, eso significaría que también la había deseado. La había deseado, a ella, a Cressida Mandeville, la mujer más común entre las mujeres corrientes.

Sintió de nuevo su ropa suelta, la sujetó, tomó aire para calmarse y se dio la vuelta.