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– Gracias, Saint Raven, ya me las puedo arreglar sola.

Volvió a ver en sus ojos esa mirada, más apagada, pero aún así caliente. Hizo que se le moviera algo tímidamente, pero real y profundo, dentro de ella. Al sentir la tentación se repitió a sí misma:

«¡Cressida, es un sinvergüenza! Hace orgías en esta casa. Seguramente se excita con cualquier mujer que lleve la ropa suelta.»

Él le sonrió como si pudiera imaginar sus pensamientos, y se marchó. Ella soltó un suspiro y dejó que su traje cayera. Se sacó el corsé por la cabeza y, a regañadientes, se quitó la combinación. Ahora sólo llevaba sus medias y su ropa interior. Se puso los pantalones de seda encima y se abrochó el cordón. Le quedaban bien, algo ajustados en las caderas. Pero cuando se miró en el espejo casi se atraganta.

¡Cómo se le ceñían también en el trasero! Era como estar desnuda. Y además no llevaba nada en la parte de arriba. Agarró la chaqueta y se la puso. Sintió la frescura del forro de seda contra su piel y cómo le rozaba los endurecidos pezones. Se abotonó la chaqueta a toda prisa y se volvió a mirar en el espejo. Ya estaba tapada, y tal como había pensado, por la parte de arriba estaba más cubierta que con su vestido, ya que el escote de la chaqueta le quedaba más alto. Sin embargo, no podía ignorar el hecho de que llevaba los pechos sueltos y que, cuando encogía los hombros, ¡se le movían! La larga línea de botones dorados era lo único que evitaba que estuviese completamente expuesta. Y al poner la espalda recta la chaqueta dejaba entrever sus senos.

La solución que le quedaba era simplemente no ponerse recta. Lo peor era que la chaqueta sólo le llegaba a la cintura. Con cualquier movimiento su piel quedaría al descubierto. Piel que nunca antes había sido expuesta a la vista en público.

Lentamente, aún mirándose, levantó las manos y se quitó las horquillas del pelo, y una franja de su pálido vientre, incluido el ombligo, quedó al aire.

Imposible. Sin embargo, poco a poco empezó a pensar que ese traje le quedaba mejor que uno convencional. Se deshizo la trenza, que le caía por la espalda y meció sus cabellos libres, largos hasta la cintura. El pelo hacía juego con el traje, y con esa extraña del espejo. Era como si estuviese mirando a otra persona, a una extranjera de la exótica Arabia.

Estaba algo rellenita, pero tenía una cintura bien marcada. Los vestidos de talle alto que estaban de moda no le favorecían, pero ese escandaloso pantalón y esa chaqueta sí, ya que hacían que sus pechos y sus caderas, en algún sentido, se viesen bien, sin ningún decoro, pero bien. En equilibrio.

Cogió el velo y se lo puso justo debajo de los ojos. Tal vez era verdad que nadie la reconocería así vestida.

Dejó a la extraña exótica del espejo y se fue a escarbar la bolsa de bisutería. Se puso en cada muñeca media docena de pulseras. Dos llamativos brazaletes en la parte alta de los brazos. Un collar de cristales rojos y falsas perlas que realmente no parecían del todo orientales. Y, a regañadientes, decidió que una diadema de «diamantes» no quedaría bien. Siempre había querido llevar una tiara de diamantes. Aún así, cuando estudió en el espejo su conjunto se rió encantada. Ahora era otra persona, más llamativa de lo que nunca había estado.

Cogió el largo velo azul y se lo puso por encima del pelo. Para sujetárselo necesitaría la diadema. Se estaba riendo del efecto cuando alguien llamó a la puerta. Se quedó helada. Debía de ser Saint Raven, y la iba a ver así.

– Adelante.

Cuando lo vio sus nervios se disiparon; era otro ser más de ese mundo de fantasía. Sus pantalones sueltos eran muy parecidos a los suyos, pero de un rojo subido, y su chaqueta negra, no llevaba mangas y estaba ribeteada con una trenza dorada. Sin embargo, la llevaba sobre una camisa de mangas anchas, y para su pesar él iba demasiado cubierto.

– ¿Por qué yo no tengo camisa, excelencia?

Él se rió y le hizo un repaso con la mirada de una manera que le resultó a la vez indignante y halagadora. Ella vio reflejadas las impresiones que tenía acerca de su apariencia.

– Porque -le contestó-, eso estropearía la diversión. Ella se ruborizó, pero no pudo evitar sentirse encantada ante su reacción.

– Tampoco voy armada -se lamentó, señalando el cuchillo curvo adornado con piedras que él llevaba sujeto con su faja de seda negra. -Por supuesto que no; eres una de las mujeres de mi harén. Ella lo miró a los ojos.

– ¡Oh, no, mi sultán! Yo soy su esposa principal.

– ¿Eso incluye los deberes maritales? -le preguntó con una traviesa sonrisa.

Ella se sonrojó todavía más, pero no se dejó intimidar.

– Sólo con un anillo y después de jurar los votos.

No podía creer que le hubiese dicho eso, pero él no se había echado atrás horrorizado, ¿quería eso decir que eran amigos? ¿Podrían ser amigos durante un rato?

Cressida examinó el resto de su traje. Era obvio que estaba muy bien hecho y era caro. También incluía un turbante negro y un brillante «rubí» en una oreja, que ella hubiese imaginado que era falso.

– ¿Por qué me da la impresión de que ese pendiente es bueno?

– Porque tiene buen ojo. Es un privilegio ducal.

Le echó un vistazo.

– Excelente, mi querida Roxelana, aunque la tiara no le va.

– Algo tiene que sostener el velo, ¡oh, gran Suleimán! Tris le pasó una estrecha máscara negra.

– Pruebe con esto. Sus ojos claros destacan demasiado y si la atamos por encima del velo, lo sujetará.

Se acercó a ella, le quitó la tiara y la dejó a un lado. Sus manos en su cabeza la hicieron estremecerse y al mirar a través de la máscara la realidad se trasladó todavía un paso más lejos.

– ¡Oh, sí, mírese!

La giró para que se mirara en el espejo, y verdaderamente no se reconocía en esa criatura vestida de colores chillones, descarada, salvaje y de una sensualidad exuberante.

El duque puso algo en su mano, de pie frente a ella, y la cogió por la barbilla.

– Sus cejas tienen que ser más oscuras.

Ella sintió que se las repasaba con algo y que luego le presionaba la mejilla.

– Y un lunar.

Saint Raven cogió algo y se lo dio.

– Para los labios, aunque estén debajo de un velo hará su efecto.

Cressida se quitó el velo y se extendió sobre los labios una crema de color rojo profundo. Era grotesco, pero eso daba igual en ese juego. Cuando se volvió a poner el velo, los labios escarlata se vislumbraban indecentemente a través. Al levantar la mirada vio que estaba utilizando el carboncillo para pintarse por encima del labio unos bigotes con las puntas rizadas.

– ¿Por qué no se pone uno postizo?

– No queremos que a Crofton nada le recuerde a Le Corbeau.

Estaba junto a ella y lo que se reflejaba en el espejo era una pareja llamativa y evidentemente falsa. Criaturas que existirían durante un tiempo breve, aunque ese momento podría ser mágico y divertido. Entonces le dijo:

– Se tiene que quitar los pololos.

Ella se alejó de éclass="underline"

– ¡Imposible!

– Se le ven y ninguna mujer que acuda a una fiesta con un traje así los llevaría.

Ella miró sus pantalones. Eran tan sueltos como los suyos y no podía saber si llevaba algo debajo.

– No, tampoco llevo nada.

Eso hizo que se volviera a ruborizar, pero era un nuevo reto.

– ¡Váyase!

Cuando se quedó sola, se quitó los pantalones y entonces, con un suspiro, se quitó las medias y la ropa interior. Tan rápido como le fue posible, se volvió a poner los pantalones y se los ató a la cintura. Por lo menos le quedaban más sueltos. Se dirigió al espejo. No podía ver una gran diferencia, pero ella lo sabía. La seda se deslizaba sobre su piel desnuda y le rozaba entre las piernas en un lugar vergonzoso. No le extrañaba que las mujeres se hubiesen mostrado reticentes a llevarlas durante tanto tiempo. Se miró un par de veces más y recabando fuerzas y con la espalda recta y la barbilla alta, abrió la puerta.