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Tris la estaba esperando. Volvió a entrar, evidentemente evitando sonreír.

– Mucho mejor, y acostúmbrese a ir así. De todas formas, no se separe de mí en toda la noche o, así vestida, no podré garantizar su seguridad. Su corazón le dio un vuelco de miedo y emoción. ¿Estaba realmente tan peligrosamente atractiva?

– ¿Y de usted, estoy a salvo, señor?

– Tal vez debería llevar mi daga.

Algo en sus ojos le advertía que todo eso podía ser nada más que un juego.

– ¿Es usted un peligro para mí? Por una vez pareció ponerse serio.

– No, pero si tiene algo de misericordia, señorita Mandeville, no juegue con fuego.

¡Vaya! Eso debería haber sido una llamada de atención, pero se parecía más a una tentación…

– De acuerdo -dijo rápidamente-. ¿Vamos allá?

Cressida evitó caer en el abismo y se miró de nuevo en el espejo. Se sentía de una manera bastante parecida a cuando había tenido que decidir si aceptaba el trato de lord Crofton. La situación y la necesidad no habían cambiado, pero había menos peligros. Se encontró con su mirada en el espejo.

– Está bien.

– ¡Bravo! Nos quedaremos vestidos así para la comida; después saldremos. Nos tomará unas dos horas llegar a Stokeley.

Comieron en la habitación y fue algo placentero e informal. Para preservar la cordura, los acompañó Cary Lyne. Hablaron sobre temas tan comunes como la fría primavera y las pobres cosechas, los matrimonios reales, y el estado de Europa… lo que los llevó a hablar de viajes. El último año ambos habían viajado juntos. Quisieron que ella les contara cosas de Matlock y de sus experiencias en Londres, pero Cressida tenía poco que aportar en comparación con ellos. Tampoco estaba acostumbrada a la compañía informal de hombres y prefería escuchar.

Entonces Saint Raven le proporcionó una capa, bajaron las escaleras y esperaron el carruaje afuera. A ella le sorprendió que se les uniera el señor Lyne. ¿Sentiría Saint Raven que necesitaba un acompañante? Si así fuese, le encantaba la idea de ser ella la tentación tan sólo por una vez.

Empezaron por hablar de carruajes y la conversación volvió al tema de los viajes otra vez. Saint Raven era el tipo de viajero que le gustaba conocer a las gentes del país. Se quejaba de que desde que era duque le era más difícil quedarse en pequeñas posadas y hablar con los lugareños, incluso aunque viajara como Tris Tregallows.

– Ahora en todas partes hay viajeros ingleses -se quejó mientras se balanceaba de un lado a otro por el traqueteo del carruaje-. Me los he encontrado en pequeñísimas posadas en Charante o en algún puerto nevado de los Alpes, y después se han dedicado a comentar sobre mí con los lugareños. Como consecuencia recibí insistentes invitaciones para que me quedara en una mansión en Austria o fuese a un castillo en Francia donde celebrarían un baile en mi honor.

– Qué pena -añadió el señor Lyne con una risa irreverente.

– Decidí utilizar otro nombre, pero aún así me encontraba con gente que me reconocía, y entonces me sentía ridículo. Cressida no sintió pena por él.

– A mí no me hubiese importado quedarme en un palacio o en un castillo.

– Entonces tendrá que venir algún día de viaje conmigo.

Sintió que le quemaba el anhelo de viajar con él como un hierro candente, pero se rió.

– No -repitió una vez más- sin haber jurado los votos y un anillo.

Escuchó como el señor Lyne se reía

– Muy tentadora oferta -le respondió Saint Raven, pero ella se dio cuenta de que estaba bromeando.

– Usted debe conocer bien el Peak District, señorita Mandeville -dijo el señor Lyne, y luego la conversación continuó sin pausa.

De esa manera se enteró de que Saint Raven era un mecenas del arte. Él le quitó importancia, diciendo que era sólo un hobby, pero cuando ella mostró su incredulidad, lo atribuyó a que lo hacía como un deber. A juicio de ella, su energía y su mente inquieta las mostraba en compañía de poetas, pintores, músicos y actores.

Ella ya había insinuado su deseo de viajar con él, pero se guardó para sí su interés en las artes y lo mucho que le gustaría tener su propio cuarteto, o apoyar a artistas y poetas viendo cómo jóvenes promesas florecían bajo su patrocinio. Ésa sí que hubiese sido una perspectiva encantadora.

El carruaje empezó a ir más lento, miró por la ventanilla y reconoció el pequeño pueblo que estaba a media milla antes de llegar a Stokeley Manor. Habían pasado las horas de viaje y apenas lo había notado. Al acercarse al gran portón, ella deseó pasar de largo para continuar la noche en tan grata compañía. Sin embargo, este viaje tenía un fin, y estaba ahí para coger la estatuilla, o al menos las joyas. Después se separarían para siempre.

Lyne sacó un reloj de plata y lo abrió con una mano.

– Casi dos horas, tal como habías previsto. Has acertado, Tris.

– Una estimación precisa -le corrigió Saint Raven, mirando por la ventanilla el escenario iluminado por la luna. ¿Acaso él también lamentaba haber llegado?

Avanzaron a través del campo y cruzaron después la arboleda de la entrada a Stokeley. Ella siempre había sentido que le daban a la casa una atmósfera hermética y oculta. Nunca le gustó mucho ese lugar y no lamentó su pérdida excepto por el dinero que representaba y las joyas de la estatuilla. El camino seguía paralelo al muro bajo que rodeaba la finca, y ella sabía que la sucesión de árboles pronto se interrumpiría y aparecería la casa.

– ¡Está ardiendo! -gritó.

Saint Raven se acercó a ella para asomarse a la ventanilla. Pero se relajó al mirar.

– Es sólo un efecto teatral. En las ventanas hay colgadas de unas finas tiras de tela que parecen llamas. Se volvió a sentar en su sitio.

– Ahora ya sabemos el tema que ha elegido Crofton para esta noche. Señorita Mandeville, bienvenida al infierno.

CAPITULO 7

El carruaje se detuvo y por un momento parecía una respuesta directa a sus palabras. En ese momento Cressida se dio cuenta de que había una cola de coches.

– Están todos en fila esperando cruzar las puertas del infierno -señaló.

– Por supuesto, ¿no es Satán el que tiene el monopolio sobre todas las cosas más divertidas? ¿Hay alguna posada en el pueblo que acabamos de dejar?

Ella se reprimió las ganas de discutir y le contestó:

– Sí, The Lamb.

– Entonces bajémonos aquí.

Ordenó que parasen el carruaje.

– Te llamaremos cuando estemos listos, Cary.

– Muy bien.

Saint Raven abrió la puerta antes de que lo hiciera el mozo y se bajó. Se volvió para coger a Cressida por la cintura. La elevó por el aire y la depositó en el suelo.

– Hace un viento frío, ¿verdad? -dijo ella tiritando.

Pero no era por la noche de verano. Lo que la había hecho sentirse un tanto destemplada era su escasa ropa y el contacto con él. Nunca había estado al aire libre tan poco cubierta, ni siquiera en los días más calurosos de verano. O a lo mejor era el ruido de la gente charlando, e incluso gritando, que salía de los carruajes que aguardaban.

Ella esperaba que los gritos fuesen provocados por las risas y no otra cosa.

Saint Raven puso un brazo sobre sus hombros y la hizo sortear los coches hasta llegar a la puerta. Tenía el pulso agitado por una docena de distintas razones que hacían que estuviera nerviosa, pero sentir a su lado su olor a sándalo, la hacía pensar que nada podía hacerle daño ni torcerse. Esa noche él sería el gran Suleimán y ella Roxelana. Interpretarían su papel en esta peligrosa aventura, encontrarían la estatuilla, cogerían las gemas y se marcharían. Mañana estaría en su casa con la misión cumplida y conservaría extraordinarios recuerdos que tal vez plasmaría en un diario secreto, de una noche escandalosa en compañía de ese hombre deliciosamente desvergonzado.