Efectivamente se trataba de un libertino. Mientras pasaban entre las filas de coches, lo reconocían. Había mujeres que se asomaban por las ventanillas para hacerle descaradas invitaciones mientras sus hombres tiraban de ellas desde el interior de los carruajes.
– ¡Qué amigos tan encantadores, señor! -le comentó después de que una mujer chillona casi se cayera por una de las ventanillas.
– No me fastidie o la mandaré de vuelta con las otras huríes.
Se suponía que debía comportarse como parte de la mascarada, así que se mordió la lengua. Mantenerse en su personaje la ayudaría a evitar ser descubierta por culpa de un desliz, así que había decidido hablar con un acento extranjero para disfrazar su voz.
– En el harén por lo menos no estarían todos borrachos, gran Suleimán -le dijo con un acento gutural que parecía alemán.
– Pero según tengo entendido sí que había todo tipo de drogas interesantes.
– ¡Saint Raven, por todos los diablos! -le gritó un hombre de cara regordeta y colorada que se asomaba desde una de las ventanillas de los coches-. Intercambiemos la pareja, Saint Raven, amigo, y a cambio te daré un mono.
Iba vestido de Enrique VIII y le quedaba muy bien el disfraz.
– ¿Nada más empezar el juego, Pugh?.
Saint Raven tiró de Cressida. Ya podían ver las puertas abiertas de
Stokeley Manor que empezaba a parecerse a un refugio a pesar del efecto de las llamas del infierno.
A sus espaldas siguieron oyendo las ofertas que Enrique VIII le hacía a gritos:
– Te doy mil, Saint Raven, ¡vamos hombre! ¡Me muero por el trasero tan sabroso de esa moza!
Cressida se quedó helada, pero un brazo fuerte la obligó a entrar. Una ola de calor se apoderó de cada centímetro de su piel sobrexpuesta, y sólo quería volver y tirarle del sombrero a ese estúpido por debajo de sus orejas.
– Habrá más de este tipo de cosas, así que ignórelas.
– ¿Qué las ignore?
– Sí.
Era una orden. En ese momento se dio cuenta de que se estaban aproximando a una multitud de personas que salía en avalancha de los carruajes y entraban en la casa.
– Al fin y al cabo es muy halagador, ninfa.
– ¡No tengo ningún deseo de que se piropee mi trasero!
Con las luces rojas de la casa, sus ojos parecían que llameaban mientras se reía.
– Entonces asegúrese de darle siempre la cara al enemigo.
Tris ya le había advertido de la situación y ella no se resistió. Esto era asunto suyo y había insistido en asistir. Sus razones eran válidas, pero también la había espoleado la curiosidad. Esperaba, o anticipaba, un gran escándalo, y ahora lo tenía ante ella.
La escena que se desarrollaba cerca de la puerta era un buen comienzo. Los paneles de entrada al vestíbulo debían estar llenos de lámparas rojas para dar una impresión infernal. Emergían extravagantes criaturas de los carruajes que se precipitaban a las llamas. Gracias a Dios, para ella y su familia esta casa nunca había sido su verdadero hogar, ya que verlo profanado de esta manera hubiese sido una agonía. En la puerta abierta se encontraron con un diablo de cola rizada, un hombre con una toga, una monja y una mujer con un vestido rojo que no llegaba a descifrar. Saludaron a Saint Raven como si fueran íntimos y la miraron con curiosidad. Los hombres eran, sin duda, caballeros por estatus, pero no por su naturaleza, y las mujeres no eran damas en ningún sentido. Cressida se volvió a ver diciendo que hubiese preferido disfrazarse de monja, pero no como aquella con el hábito negro abierto por la parte delantera de cintura para abajo, y que con certeza no llevaba ropa interior. La otra mujer llevaba un ceñido vestido rojo con cuatro cortes que dejaban ver sus piernas desnudas y rollizas al caminar. Sus enormes senos sólo iban cubiertos por un ligero velo.
Cressida despegó los ojos de la escena y se quedó paralizada al ver a lord Crofton dando la bienvenida a sus invitados. También iba vestido de diablo, pero no llevaba máscara. Miró con lascivia a la atrevida mujer y le arrebató el velo que cubría sus pechos. Ésta chilló y Crofton la giró y la hizo caer en sus brazos. De espaldas a ella, la agarró por debajo de los pechos y se los empujó hacia arriba. Llevaba los pezones pintados de un color tan rojo como ella los labios.
– Esta si que es una bienvenida como debe ser.
– Crofton empezó a llamar a la gente-. Vengan, vengan y besen las tetas del infierno.
A Cressida se le cortó la respiración. No podía ignorar una agresión tan cruel. Saint Raven apretó su brazo.
– Es Miranda Coop -le murmuró al oído-. Una profesional de pies a cabeza.
Ella se rindió, pero tuvo que ver, horrorizada, como Saint Raven apretó el pecho derecho de la mujer y lo besó.
– Tan adorable como siempre, Miranda -murmuró. La prostituta ronroneó.
Los que estaban detrás empezaron a empujar hacia delante. Los hombres estaban deseando pagarle a Crofton el derecho de entrada. Entonces, una mujer con un ajustado vestido negro y una diadema de estrellas entró sin más y la señora Coop la abofeteó tan fuerte que la tiara le salió volando y en un momento las dos se pusieron a pelearse. Crofton y otros hombres se abalanzaron sobre ellas para controlarlas.
– Mejor ellas que yo. No me gustaría enfrentarme a Violet Vane. Saint Raven hizo lo posible para alejarse con ella del escandaloso tumulto. Cressida se volvió para mirar atrás, pero él la obligó a seguir. El recibidor no era grande, y los gritos y chillidos hicieron que ella quisiese taparse los oídos con las manos. El ruido de la pelea provocó que otros invitados saliesen de las habitaciones cercanas, y se vio asediada por más alborotos y malos olores, que la dejaron aplastada entre un hombre delgado vestido de arlequín y Saint Raven. Y de pronto ¡alguien le agarró el trasero!
Ella lanzó un codazo hacía atrás tan fuerte como pudo, y se sintió encantada de sentir que le había dado. Saint Raven se rió y se cambió de lugar para ponerse entre ella y lo peor de la aglomeración. Se consiguieron refugiar debajo del hueco de la escalera. Entonces él resopló.
– ¿Está bien?
– Por supuesto.
Y lo estaba; lejos de la opresión, quería reírse de todo. Era tan fascinante como ir a una reserva de animales salvajes. Subió tres escalones para tener una mejor visión de la escena. Las dos mujeres estaban agarradas por un hombre, pero se seguían gritando la una a la otra e intentaban volver a la lucha. La de negro ahora también tenía el pecho al descubierto y los pezones rojos. ¿Acaso todas las putas lo hacían?
La multitud las animaba y alentaba para que siguieran. Cressida miró al duque, que estaba más abajo.
– Ya que parece no estar interesado, he de suponer que esta clase de incidentes suceden en todas las orgías, ¿no?
Él la agarró de la cintura y la hizo bajar.
– Me complace ver que le atraiga tanto el espectáculo, pero, al menos yo, recuerdo nuestro propósito. ¿Por dónde se va al estudio?
Cressida se aguantó las ganas de reñir por diversión, y tiró de él hacia una habitación a la derecha de las escaleras. Ésta daba a un corredor de la parte de atrás, iluminado por un par de lámparas de pared. Ahora mismo estaba desierto. El ruido se desvaneció haciendo que esa parte de la casa pareciera que no había cambiado desde el año anterior, y a ella se le hizo un nudo en la garganta al darse cuenta.
– Debe de ser extraño.
A Cressida le desconcertó que estuviese pendiente de sus sentimientos.
– Sí, pero ésta no era mi casa. Sólo pasamos aquí el mes de diciembre del año pasado. La mayor parte del mobiliario venía con la casa.
Cressida se puso de nuevo en marcha y se dirigió al estudio. Puso la oreja en la puerta pero no oyó a nadie dentro, así que giró el picaporte y entró. Se quedó parada; había tan pocos cambios que se pudo imaginar a su padre sentado en el gran escritorio central llevando sus registros con meticulosidad. Aunque se conocían sólo desde hacia un año, y últimamente estaba furiosa con él porque los había llevado a este desastre, consideraba que era un hombre interesante. Sus conversaciones sobre viajes y las posibilidades ilimitadas del comercio habían llenado un vacío en su mente y en su corazón.