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Una mano en su espalda hizo que se adentrase más en la habitación, entonces Saint Raven cerró la puerta.

– ¿Dónde están? -dijo Cressida mirando a su alrededor-. No las veo aquí, ¡no están!

– Tranquila, recuerde que le dije que un hombre como Crofton no ignoraría unas piezas como ésas.

– ¿Y si las ha vendido o se ha desecho de ellas?

– Si son tan interesantes como usted dice, las tendrá a la vista. ¿No desea nada más de aquí?

Lo miró fijamente y recordó que todavía no le había explicado lo del asalto del camino.

– Veo que lleva el robo en la sangre.

– Tengo un famoso antepasado que era pirata ¿y? Vamos cortos de bolsillos, pero si hay algo que desee, seguro que nos las podremos arreglar.

Ella lo pensó un momento, pero su padre se había llevado a Londres los papeles importantes. Sus recuerdos de la India estaban diseminados por la casa, incluida esta habitación. Envidiaba a Crofton por ello, pero no lo suficiente como para tratar de llevárselos en estos momentos. Saint Raven había cogido algo de la mesa de trabajo: una daga con un diseño de llamas alrededor de los bordes y la punta.

– ¿Qué es esto?

– Una espada de la sabiduría. No recuerdo su nombre en indio. Representa la idea de cortar con los nudos de la confusión y el engaño.

– Nos iría bien tener una.

Tris examinó la espada flameante con ironía, preguntándose en qué diablos estaría pensando para traer a una dama a un evento como éste, especialmente vestida de esa manera. Pugh no sería el único en tratar de comprarla, o Helmsley el único que la toquetease. Ya había sido testigo de lo peor de Miranda Coop y Violet Vane. Mientras antes recuperasen las joyas y saliesen de allí, mejor. Volvió a dejar la daga.

– Usted ya ha visto lo que hay, a lo mejor preferiría esperar…

– ¡No me puede dejar aquí!

– Hay una llave en la puerta.

– Y llaves maestras. De todas formas usted no sabe que estatuilla es.

¡Maldita sea! Tenía razón, pero sus exuberantes curvas y sus labios escarlata escondidos debajo del velo hicieron que desease encerrarla en un calabozo.

– Descríbamela.

– No puedo -le contestó sacudiendo la cabeza-; todas se parecen. Tendría que verla. -Ladeó la cabeza-. De todos modos, ésta es una de esas raras oportunidades de poder explorar un territorio ajeno. Me quedaré muy decepcionada si lo más que llego a ver es esa pelea.

– Ahí fuera, sin embargo, hay dragones.

– Hechos de papel maché y lazos. Era una niña.

– No, aquí son dragones con dientes de verdad y aliento de fuego. No deje que el espumillón la distraiga.

Tris le había dado una máscara con unas estrechas aberturas para tapar el efecto de sus grandes ojos, pero aún así, podía notar cómo se le abrían. Eso era bueno, tenía que comprender el peligro.

– Tenga cuidado y quédese conmigo todo el rato, ¿de acuerdo?

– Sí, por la misma razón que usted no me puede dejar aquí.

– ¿Por qué las mujeres siempre quieren tener la última palabra?

– Porque tenemos razón.

El duque abrió la puerta. No se oían gritos, por lo que la pelea se debía de haber terminado.

– Vamos -le dijo-. ¿Qué intentamos primero, el comedor o la cocina?

– Por aquí. -Ella lo dirigió hacia la derecha tomándole la mano. Él se sobresaltó al sentir su tacto y se dio cuenta, por la manera en que se había detenido y como lo miraba, que ella también. Él sonrió y envolvió su mano con la suya.

– La sigo.

Había tocado las manos desnudas de muchas mujeres, cosa que no podían decir todos los hombres, pero no podía recordar la última vez que había estado cogido a la de una mujer así, con una fraternidad casi infantil.

Cressida llevó al duque hacia el comedor, abstraída por el efecto de esas manos sin guantes y por la manera que había cogido la suya. ¿Cuándo antes había ido así cogida de la mano con un hombre? Al final del pasillo se giró para mirarlo de nuevo. Él levantó sus manos unidas y besó la de ella. Una extraña inquietud recorrió su cuerpo.

«Esto es una mascarada, Cressida -se dijo a sí misma-, una actuación. Si hay algo más aquí, si este hombre te gusta, no se te olvide que es un libertino. Besó el pecho de aquella mujer con tanta normalidad como si le besara la mano.»

Se soltó de él y se dirigió hasta una pequeña sala de la parte de atrás donde se detuvo. Estaba todo cambiado. Los apagados y más bien oscuros paneles ahora brillaban con luces rojas, o más bien lámparas con chimeneas de cristal colorado, y esa morbosa luz iluminaba a mujeres desnudas que se exhibían en poses obscenas. No estaban completamente desnudas; llevaban unos velos, pero todos los detalles de sus cuerpos se transparentaban. Tenían las caderas estrechas y los pechos diminutos. Parecían niñas. Los hombres las manoseaban y les tocaban lugares impensables, y las chicas sólo se reían. A su lado estaban los cuidadores, enanos y jorobados vestidos de negro con cuernos en la cabeza. Cressida supuso que eran duendes del infierno. En realidad no las protegían demasiado. Ella se giró hacia Saint Raven y le murmuró:

– ¿Son tan jóvenes?

– No, sólo son putas que lo parecen.

– Pero ¿por qué?

– Algunos hombres tienen gustos extraños. Pero recuerde nuestro objetivo. No veo ninguna estatuilla por aquí.

¡Las estatuillas! Con esa iluminación morbosa se le hacía difícil estar segura, pero no estaban. Dejó que él se la llevara de allí, a pesar de tener la intensa sensación de que debía hacer algo respecto a esas niñas.

Llegar al comedor fue un alivio; parecía casi normal. Sólo estaba iluminado por velas y había unos refrigerios sobre la mesa presentados de manera convencional. De hecho, se parecía bastante a cuando ella y sus padres cenaban allí, algunas veces con invitados. Le dio risa imaginarse a sus vecinos, los Ponsonbys, o al vicario y su esposa en esta fiesta mientras miraba a los invitados que había a su alrededor. La ropa ajustada y transparente allí parecía normal. Ya se debería de haber terminado la pelea porque la mujer de negro, Violeta algo, estaba allí. Su vestido se ceñía a cada una de sus curvas y se abría para dejar al descubierto sus senos pequeños y levantados. ¿Estaría flirteando, aunque tal vez no fuese la palabra adecuada, con un pirata de botas altas, bombachos y una camisa abierta hasta la cintura? Sus pantalones eran tan ajustados que parecían estar pintados sobre su piel. Tenía un gran bulto que no pasaba desapercibido, y Cressida sabía lo que era porque lo había visto en las estatuas clásicas.

La mujer de rojo que también estaba allí, aunque en el otro lado de la sala, seguía con los pechos al aire y con marcas de arañazos. Eso no parecía molestarla. Se estaba riendo con «¿Pugh?», el hombre disfrazado de Enrique VIII, que le estaba dando de comer algún tipo de pastel alargado. Cressida recordó quién era. Lo había visto en algunos eventos sociales y se llamaba lord Pugh. Gordo, rubicundo y ruidoso, aunque ella nunca hubiese pensado que fuera un libertino y además creía que estaba casado.

Ingenuamente había dado por hecho que estos entretenimientos eran para solteros, pero evidentemente no. Saint Raven lo era, pero ella no creía que cambiase cuando se casase con lady Anne, lo que convertía en una burla ese hermoso momento en el teatro. También conocía por su nombre a las prostitutas. Volvió a mirar a Pugh y a la meretriz llamada Miranda y no pudo evitar fijarse que mientras la mujer se comía lentamente el pastel, tenía su mano debajo de esa extraña prenda con la que se tapaban los hombres sus partes pudendas a la que llamaban bragueta. Siempre le había parecido que era algo particularmente indecente. Incluso reyes como Enrique VIII la habían llevado. Se preguntaba que hubieran hecho las damas en aquella época. Era difícil que pasara desapercibido. Cressida relacionó mentalmente la gran protuberancia en la parte delantera de las calzas de lord Pugh y el alargado pastel que le estaba dando de comer a la mujer.