Después de un momento apartó la vista y se encontró a Saint Raven mirándola, enigmática e inescrutablemente. Luego cogió algo de la mesa, largo y cilíndrico, y se lo ofreció.
– No, gracias -le contestó con la esperanza de que sus palabras sonasen frías como el hielo.
– Sólo es medio pepino relleno con… -metió el dedo para probar de qué se trataba- paté de gambas.
– Quizá no me gusten las gambas.
– Pero pensé que a usted le gustaban… las gambas, Roxelana.
Ella le lanzó la mirada más gélida que pudo. Le estaba recordando que no sólo era parte de su harén, sino también que era del tipo de mujer que asistiría a una orgía como ésta. Una rápida mirada la hizo ser consciente de que algunas de las personas que los rodeaban estaban atentas a lo que decían.
– ¿Tienes miedo de ser envenenada, mi amor? -le preguntó Saint Raven.
Las miradas estaban puestas sobre ella, que se dio la vuelta y le dio un mordisco en la punta del pepino, mientras le venían a la mente escenas más escabrosas.
– ¡Ay! -dijo.
A Tris le dio un ataque de risa, y se tapó la boca, casi ahogándose. A Cressida su triunfo también le dio risa y consiguió rescatar los restos del manjar antes de que se le cayese. Ahora tenían a toda la sala entretenida y atenta. Tenía que desempeñar un papel, pero la verdad, se estaba divirtiendo. Le encantaba el paté de gambas, así que se levantó el velo y lentamente fue lamiendo el relleno rosa del pepino. El público la aplaudió, pero ella tenía toda su atención puesta en él. Sus ojos brillaban, y su mirada le decía ¡adelante! Le parecía cruel morderlo, así que lo cogió con la boca por uno de los extremos absorbiendo lo que quedaba del paté.
Alrededor suyo rompieron en aplausos y aclamaciones. Sin saber lo que había hecho, Cressida lo miró esperando que le indicara algo. Él la miró también. ¿El brillo se había convertido en fuego? Algo le cerraba la garganta y le costaba tragar. Ella dejó el pepino y se giró hacia la mesa haciendo como si estudiara la comida que había, muy consciente del barullo que había en torno a ella. Los hombres quisieron saber quién era y si estaba disponible. Enrique VIII de nuevo empezó a hacer ofertas. Entonces un cuerpo grande se pegó a ella por detrás y sus manos aparecieron en la mesa por ambos lados atrapándola. Sintió un aliento caliente en la nuca. Se dispuso a defenderse, pero entonces lo reconoció. A lo mejor fue su olor a sándalo, pero tal vez fue algo mucho más secreto.
– ¿Tiene hambre? -le preguntó con una voz profunda. Nerviosa, miró hacia abajo y él le tapó los ojos con la mano derecha, en la que llevaba un gran anillo de oro con su sello, una audaz declaración de identidad en medio de una mascarada. Una mano, eso era todo, pero hizo que se le fundieran los nervios, se le endurecieran los músculos y se le entrecortara su ya inestable respiración. Tenía los dedos largos, elegantes, fuertes y muy masculinos. Por primera vez notó que tenía algunos arañazos en los nudillos y se imagino que serían por alguna pelea.
Respiraba intentando recuperar la cordura. La noche anterior el duque de Saint Raven la había sacado de un carruaje, después se había enzarzado en una pelea y ahora estaba en una orgía donde todo el mundo lo conocía. Éste era su entorno y sin duda no era el de ella. Liberó sus ojos de esa seductora mano y lo apartó para ganar más espacio, se dio la vuelta y sus miradas se encontraron.
– Simplemente me había tomado un momento para poder mirar por la sala. Las estatuillas no están aquí.
CAPITULO 8
Tris se dio cuenta, perplejo, de que se había olvidado totalmente de las malditas estatuillas por culpa del juego con ese pepino, que estaba duro y adolorido. Además, había estado sintiendo su delicioso trasero contra su cuerpo y la mente se le había ido por unos derroteros muy distintos a la aventura que los había llevado hasta allí. «Se trata de Cressida Mandeville», se recordó a sí mismo. No es Roxelana, esposa o puta, sino la hija virginal de un mercader de Matlock, lo más parecido a una trampa que lo llevaría derecho al matrimonio si llegase a meter la pata.
Roger Tiverton, con su disfraz de pirata, tenía una tartaleta de mermelada ante la boca y se la estaba comiendo de una manera muy particular. Sacaba primero la lengua para lamer delicadamente el dulce en suaves círculos y luego llevárselo golosamente a los labios y tragárselo. A su alrededor había tres mujeres mirándolo fascinadas. Cressida Mandeville era una de ellas.
Tris pensó que si se hubiese tratado de Miranda Coop, la habría lanzado en medio de la mesa del banquete entre las sugestivas delicias para enseñarle de qué iba eso de la tarta de mermelada. Pero a Miranda no le hacía ninguna falta aprenderlo y la señorita Mandeville, desafortunadamente, debía permanecer protegida de toda esa sordidez, por lo que la tomó por la barbilla, girando su cabeza hacia él. En sus grandes ojos no vio confusión, sólo asombro, lo cual le recordó que siempre le habían gustado las mujeres inteligentes.
– No estamos aquí para este tipo de diversiones, Roxelana -le dijo mientras veía en su mirada todas las preguntas que a él le gustaría contestar, pensando que tal vez podría hacerlo sin llevarse su virginidad, sin arruinar su futuro, y sin atraparse a sí mismo-. A no ser que pueda interesarla en otro tipo de juegos. Si desea explorar un poco, estoy totalmente a su disposición.
Cressida, que lo había escuchado sin poner distancia, le contestó suavemente.
– No soy una puta.
– No le estoy ofreciendo dinero.
Vio cómo ella inspiraba profundamente.
– Entonces dejemos claro que no soy una loca llena de lascivia como las demás.
«Cressida, lo deseas y sabes que es así.»
– No sólo las putas disfrutan de los placeres no autorizados -le dijo atrayéndola hacia él para que sintiera su excitación-. Me encantaría darle placer y le puedo garantizar que también lo disfrutaría. ¿No siente curiosidad?
Pensó por un maravilloso momento que iba a acceder, pero entonces giró la cara, rompiendo el momento.
– Esa curiosidad será satisfecha en un momento más apropiado.
Estuvo a punto de perder la cabeza, pero se controló.
– Para bien o para mal -le contestó mientras salían de la habitación.
Cressida dejó que la guiara hasta el salón, sintiendo que tal vez estaba perdiendo una oportunidad de la que se arrepentiría el resto de su vida. Pero no era una puta y rendirse a los pies de semejante libertino sería una locura sin nombre, y tal vez perdería su virginidad, y podría quedarse embarazada. Y además sin posibilidad alguna de casarse con él. Incluso si contara con la fortuna que tuvo su padre, sería una pareja desigual, y, sin ella, sería sencillamente imposible. Por otro lado, no era lo que quería, a pesar de encontrar atractivo al duque, y la excitación que podía provocar un evento como éste en la mente más sana, por no mencionar su cuerpo. Sencillamente no podría vivir con un hombre adicto a este tipo de juegos y que se reía abiertamente de la fidelidad. Jamás compartiría un hombre con mujeres como Miranda Coop.
El vestíbulo, donde había un bullicio enorme y una tempestad de olores, no dejaba de recibir invitados. Muchos de ellos llegaban ya borrachos, pero todos agarraban una bebida de las bandejas que llevaban los sirvientes disfrazados de diablillos negros. Pensó para sus adentros que todo esto era más teatro que realidad, y que sería tan absurdo ofenderse por un evento así, como ponerse a dar aullidos en el momento en que Otelo asfixia a Desdémona. Se preguntaba también si la casa podría recibir a más invitados sin explotar, mientras sentía la confusión creada por la penumbra y el mal olor.