Tomó el vaso de ella y el suyo y se los dio a una pareja de borrachos que tenían cerca, que se lo agradecieron bebiéndoselos con sorprendente entusiasmo. Por un momento Cressida pensó en eso, y sintió que tal vez en su bebida hubiera más alcohol del que se imaginaba. Pero enseguida se dio cuenta de que no tenía la sensación de estar ebria. Sabía cómo era eso, ya que alguna vez había bebido más vino del que debía y había sentido sus efectos.
Bastaba de distracciones. Estaba allí con un propósito muy importante y debía mantener la mente fija en eso, para que pronto, si Dios la ayudaba, poder estar de vuelta en su casa y organizar el regreso de su familia a la sana sobriedad de Matlock.
Tris apartó al desagradable Crofton de su mente, que para él sólo era una mera distracción, pero le preocupaba que por haber venido a su fiesta pudiese aumentar sus pretensiones. Cressida Mandeville también era culpable de la molestia física que sentía, y que era poco probable que pudiera remediar. Lo quemaba la tentación de seducirla a pesar de ser su guía en ese evento y haberle prometido que con él estaría a salvo.
Pero su deseo le sopló al oído que podría satisfacerla sin ponerla en riesgo. Incluso sería de ayuda para ella, pues tendría menos posibilidades de ponerse en peligro y más conocimientos a la hora de escoger marido. Mientras recordaba la mano en su cuerpo y la curiosidad en sus ojos asombrados, pensó que ninguna mujer con tanta curiosidad al respecto podría mantenerse demasiado tiempo sin traspasar la barrera de la decencia. Estaba perdido. Tenía que soportar la novedad de ser guía de una viajera por un terreno peligroso y devolverla a su casa de una pieza. ¿No se decía a sí mismo que le encantaban los retos? Bien, pues ahora tenía uno.
Una fiesta así estaba diseñada para estimular el erotismo de los sentidos y romper barreras, pero el estilo de Crofton le parecía basto. Esa bebida, por ejemplo. Menos mal que Cressida no había bebido mucho, aunque en el momento en el que se distrajo pudo haberse tomado todo el vaso. Él ciertamente no necesitaba beberla, ya que Cressida por sí misma ya era un afrodisíaco. Su conjunto le parecía mucho más provocador que el vulgar exhibicionismo de Miranda, y su manera de caminar como una dama, mucho más estimulante que los contoneos de las putas.
Miranda estaba cerca riéndose con un hombre vestido de bufón. Le llamó la atención que aunque fuera de la misma altura y tuviera una complexión similar a la de Cressida, el efecto que le provocaban era completamente diferente. Las curvas en una eran vulgares y en la otra voluptuosas. Se dejó arrastrar por la tentación de estudiar los encantos de su hurí. Sus pechos eran demasiado grandes para la moda del momento, pero a él le fascinaban, y el maldito Pugh había tenido razón sobre su trasero. Era firme, alto, redondo y le provocaba que se le hiciera la boca agua y que le picaran las manos por querer acariciarlo y apretarlo.
¡Demonios! Mientras antes encontrasen la estatuilla y se fueran de allí, mejor. Pasó el brazo por su fina cintura y se encaminó hacia el salón.
CAPITULO 9
Tris se detuvo en la puerta para echar un vistazo al salón y tranquilizarse un poco:
«Recupera la estatuilla y vete…»
Desde allí pudo ver las figuras de marfil colocadas en fila encima de un mantel al fondo de la habitación. Estaban entremezcladas con unas velas, lo que le daba a la chimenea un aire de altar, aunque los ahí presentes no parecían en absoluto fieles devotos. Algunos se acercaban para examinarlas detenidamente, otros se paseaban por ahí bebiendo y riéndose, mientras unos pocos intentaban imitar las poses. Cressida se puso de puntillas delante de él.
– Ahí están.
Sonaba aliviada. No podía estarlo más que él. Otro roce de su delicioso trasero contra su cuerpo y se volvería loco. Deseaba poder alejarse un poco de ella, pero la multitud los empujaba el uno contra el otro, y de todos modos necesitaban estar cerca para poder hablar en secreto.
– ¿Sabe cuál es? -murmuró, cerca de su oído, atormentado por un olor que comenzaba a conocer muy bien.
Su aroma. Cressida giró la cabeza levemente, acercando sus labios a él.
– Una de las verticales. Desde aquí no distingo cual. Tris se concentró en su objetivo.
– Una de cinco, las otras cuatro son más o menos horizontales. ¿Cómo podrá distinguirlas?
La voz de Saint Raven sonaba suave en el oído de Cressida. Sintió su cálido aliento en el lóbulo de su oreja. El olor a sándalo la inundaba, pero había algo más, algo que palpitaba con fuerza en el aire. Tal vez por eso se sentía tan rara: caliente, mareada y con la piel especialmente sensible, sobre todo en sus partes secretas. Deseaba restregarse contra algo, deseaba restregarse contra él.
Algo le estaba diciendo Tris sobre mantener los pies en el suelo…
– … hay una limitada gama de posibilidades.
Posibilidades. A ella todas las poses de las estatuillas le parecían poco prácticas, pero ahora, curiosamente, deseaba volverse hacia él e intentarlas todas.
– ¿Entonces?
Cressida tragó saliva e inspiró fuerte.
– La reconoceré, pero necesito acercarme. A ellas, quiero decir… -añadió con impaciencia.
– Muy bien.
El centro del salón estaba aún más lleno que el vestíbulo, por lo que se fueron haciendo camino por los bordes. Cressida supuso que era normal que la llevara pegada a él mientras avanzaban a través de varios grupos de gente que charlaban y se reían, pero se preguntaba cuánto tiempo podría soportarlo sin perder la cabeza. Con cada respiración inhalaba su olor a sándalo, que ascendía y giraba en su cerebro. A pesar del ruido, podía oir los latidos de su corazón y su pulso acompasados con el suyo, mientras su deslumbrante conjunto de seda le acariciaba el cuerpo con cada movimiento.
Tris la miró y sus ojos le parecieron más grandes y oscuros. ¿Le frustraba a él también que la máscara no revelara más de sus ojos? Tenía los labios entreabiertos y su tórax ascendía y descendía con cada respiración. Los sonidos parecían magnificarse, pero al mismo tiempo se sentían distantes. Pensó que aquella bebida debía haber estado muy cargada de brandy u otro alcohol, pero se esforzó por comportarse con normalidad. Pero ¿qué era lo normal en una situación como ésa? Siempre había asumido que en su cama matrimonial disfrutaría del amor de una manera cálida y cariñosa. Nunca se había imaginado esa salvaje llama de pasión lista para convertirse en llamarada a la primera oportunidad.
Tris también estaba alterado, pero era un hombre con experiencia y podía soportar sus curvas contra su cuerpo, controlarse y protegerla. Pero ¿cómo evitar que viese lo que estaba ocurriendo en mitad del salón? Por lo menos aún seguían todos vestidos. Como la mayoría de los miembros de la sociedad inglesa carecían de la flexibilidad de los dioses y diosas indios, el resultado era más cómico que erótico. Aún así, era mucho más de lo que una dama debiera ver.
Sintió que ella se estremecía y miró en su misma dirección. Demonios. Había una pareja contra la pared; la mujer rodeaba la cintura del hombre con sus blancas piernas, mientras éste movía su trasero adelante y atrás. Le bloqueó la visión tirando de ella, a pesar de que un latido de excitación lo agitara al ritmo de la pelvis del hombre que estaba contra la pared.
– No está bien mirar.
– ¿Aquí? -le contestó-. Pensé que era parte del juego.
Su respuesta había sido demasiado atrevida, por lo que replicó atrayéndola con fuerza hacia sus brazos y sus cuerpos se tocaron.
– Le advertí que pasaría vergüenza. Ahora confiese, ¿se detuvo a mirar?
– Es que estaba asombrada -le dijo contoneando su cuerpo de tal manera que para él fue una tortura-. Las estatuillas me han parecido bastante exuberantes. ¿La gente hace cosas así en realidad?
¿Ahora quería hablar del tema mientras se le acercaba más y más? Si no hubiera sido una completa inocente, pensaría que su intención era acabar con él.