– ¿Contra la pared? -Intentó sonar como si hablaran del tiempo-. Dudo que muchos puedan hacerlo sin apoyo. De cualquier manera, la comodidad es algo bastante importante. Lo que yo prefiero es…
«¡No pienses ahora en lo que prefieres!», se dijo.
Un hombre pasó por su lado y esa mujer endemoniada se apretó aún más contra él. En esos momentos hubiese ofrecido su reino a cambio de la bragueta de una armadura.
– Hay veces -se escuchó decir-, en las que la falta de comodidad tiene sus propios atractivos.
Sólo un beso. No haría daño a nadie… Pero el fastidioso velo se interponía entre ellos.
– Comodidad -ella repitió moviendo suavemente el velo con su voz.
¿Era deseo lo que él había escuchado? ¿Ganas? ¿Una necesidad como la suya? Más allá había un trozo de pared libre. De pronto recuperó el control. ¡Maldita sea! Ésa era la peor trampa en la que podía caer: pensar que una joven decente podía desear lo mismo que un hombre indecente. Rompió el momento y se dirigió directamente hacia la chimenea.
«Recupera la estatuilla y vete», no se dejaba de repetir.
Avanzó sin miramientos hacia la colección. Un par de hombres se giraron para protestar, pero se detuvieron al reconocerlo o al pronunciar alguien su nombre. No le gustaba utilizar su rango de esa manera, pero tenía que acabar con esto.
– Dígame cual prefiere, Roxelana -dijo para facilitarle las cosas.
Al no oír respuesta alguna se giró y la vio frunciendo el ceño. Diablos, si no escogía la acertada ¿qué iban a hacer?
«Piensa, Tris. Deja de pensar con tu maldito miembro y haz que se te ocurra una estrategia.»
Podía intentar comprárselas todas a Crofton, pero resultaría peligroso. Y no sólo porque le cobraría una fortuna, sino porque sería capaz de negarse sólo por incordiar. O peor aún, sospechar algo. ¿Serían capaces de encontrarla aunque estuviera escondida en el más imposible de los lugares?
– ¿Entonces? -insistió.
¿Acaso tras la máscara su mirada reflejaba preocupación?
– Necesito acercarme. -Y añadió-. Yo también soy un poco corta de vista, su excelencia.
La manera de pronunciar su título mostraba cuánto detestaba admitirlo.
– Suleimán -le recordó.
Bajo el velo, sus labios rojos se tensaron de rabia. Él se imaginó cómo sería si se tensaran alrededor de… pero inmediatamente bloqueó ese pensamiento. Tampoco podía evitar que la incapacidad que la señorita Mandeville tenía de reconocer cualquier error o debilidad le provocara ternura.
– Imagino que no lleva anteojos encima -la increpó.
Sus labios rojos se separaron como si respirara profundamente, sin duda, enfadada.
– Eso sí que sería gracioso: una hurí con anteojos. Sólo los necesito para dibujar o para bordar detalles, y no esperaba hacer ninguna de las dos cosas en esta aventura.
Él vio el repentino cambio en su expresión al recordar a lo que había venido y rodeó el contorno de su seno para distraerla. ¡Ah! Cressida Mandeville tenía unos senos muy dulces y suaves, y hubiese apostado su alma a que no tenía ni la más mínima idea del placer que podía obtener de ellos. Y mucho menos del que podían proporcionarle a él.
¡Qué lástima que no sea una ramera! ¡Dios! Estaba acariciando su seno. Se detuvo. Teniendo en cuenta su mirada de placer no iba a ser ella quien lo hiciera, por lo tanto le tocaba a él. Además, se dio cuenta de que la gente que tenía alrededor los estaba observando. Cuando se duda, hay que ser descarado, por lo que se giró para tomar la mano de Cressida al estilo tradicional y la llevó hacia la fila de estatuillas, comentando en voz lo bastante alta para que se le oyera.
– ¿Qué postura prefiere, Roxelana? Tengo que confesar que no me complace la del caballero boca abajo con las piernas cruzadas.
– Me gustaría ver a alguien intentarlo -murmuró ella.
Tris miró a su audiencia.
– La dama duda que sea posible. Uno se pregunta qué sucede durante el frenesí del clímax. Me encantaría ver el experimento. Los invitados soltaron una risita ahogada.
– ¿Sólo observas, St Raven? -dijo un hombre vestido de manera poco imaginativa con el traje de amplia falda de su abuelo. Lord Seabright, un idiota amistoso-. Estoy seguro de que puedes hacerlo, aunque tu hurí pese demasiado.
Tris sintió cómo Cressida se ponía tensa y contuvo la risa.
– De carnes generosas y con deliciosas curvas -contestó rápidamente-. Entonces -dirigiéndose hacia lady Generosa-, ¿cual prefiere? Tal vez, si me complace suficientemente, se la compre.
Una escena con muchas posibilidades. Por un momento pensó que se rebelaría y que quizás agarraría una de las estatuillas para estampársela a Seabright en la cabeza, pero antes de poder sugerírselo, ella le dio la espalda al hombre.
– Es una elección tan difícil -dijo con su acento extranjero, estudiando la fila de estatuillas.
Si no podía reconocer la correcta, deberían esperar. Finalmente, la gente se cansaría de observar su juego de seducción. Tuvo que contener un gemido. ¿Pasar horas allí? Incluso ahora, con Cressida de pie, era consciente de cada una de sus sensuales curvas. Se imaginaba el sabor de su piel en su lengua, el tacto de su pezón llenando su boca…
Apartó los ojos de su cuerpo y la mente de su excitación para concentrarse en las estatuillas verticales. ¿Qué es lo que las hacía diferentes para ella? ¿Recordaría acaso si la mujer tenía la pierna izquierda o derecha sobre la cadera del hombre? Seguro que recordaría si se trataba de aquella que tenía ambas piernas levantadas. La cuarta era algo complicada: ambos cuerpos sosteniéndose sobre un pie y con el otro rodeando simultáneamente sus caderas. Había tres con la mujer con una pierna levantada, en dos de ellas la derecha y en la otra, la izquierda. ¿Acaso era aquella? Miró a las que tenían la derecha levantada, preguntándose en qué se diferenciarían. ¡Ah!, en una de ellas el hombre la agarraba por la cintura con las dos manos y en la otra una de sus manos estaba en su pecho. Por lo tanto, puede que la de Londres la hubiera confundido por la de la pierna izquierda levantada, o por la de la mano del hombre en su pecho.
Se inclinó hacia ellas y tocó la de la mujer con la pierna derecha alrededor de las caderas de su compañero que tenía la mano puesta en uno de sus pechos.
– Ésta, lord Suleimán. Ésta es la que me gusta.
La cogió de manera casual.
– Dejadme buscar a nuestro anfitrión para saber su precio.
Merecía la pena intentarlo, pero tenía la impresión de que su condición de duque no sería suficiente. Estaba a punto de proceder cuando Crofton llegó junto a él a través del gentío.
– Mi querido duque, no puedo permitir que te lleves una estatua sin más -dijo con la socarronería que Tris había temido-. Como todos los demás, debes ganártela. Cada estatua será para la pareja que mejor reproduzca lo que representa.
A Tris le pasaron una serie de blasfemias por la mente. Podría persuadir a Cressida de que interpretaran la pose en público, pero nunca completarla. Incluso si estuviese dispuesta a intentarlo, no se lo permitiría.
– Ya veo que has elegido una de las más fáciles -añadió Crofton astutamente.
Siguió hablando en un tono bajo e indiferente.
– Fue mi Roxelana la que la escogió, lord Satán. Sin duda piensa que es la postura que le dará más placer.
– En ese caso disfrutará reproduciéndola, pero debo insistir en que devuelva el premio hasta entonces.
Tris no podía oponerse. Comenzar una pelea por la estatuilla llamaría la atención. Además, podría caerse y romperse en dos. Era endemoniadamente frustrante. Sólo necesitaba llevársela un par de minutos a un rincón oscuro.
– ¿A qué hora será el concurso? -preguntó.
– A medianoche, por supuesto. Hasta entonces, por favor, disfrutad de mis muchos pequeños obsequios -y Crofton se giró para aplaudir a aquellos que intentaban llevar a cabo las poses.