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Por primera vez Tris se preguntó cuánto valdrían las joyas y si los Mandeville aceptarían dinero. Probablemente no, y si la cantidad era sustancial, no sería fácil para él. Era rico, pero no tanto como debiera ser un duque, y carecía de dinero en efectivo.

Su tío siempre había lamentado no haber tenido un hijo, y una vez que se dio por vencido dividió su fortuna en generosas porciones entre sus seis hijas y dejó de interesarse por la gestión de sus tierras. Si no hubiese sido por sus fieles empleados, el ducado hubiese terminado en un estado ruinoso. De hecho, las cosas de por si ya iban bastante mal. El final de la guerra había traído malos tiempos y casi todos los ingresos del Estado eran necesarios para reparar los efectos de la negligencia y proporcionar empleo. Aún así, tenía que mantener cierta imagen pública, y mostrar que las cosas le iban bien en lo económico. Además, lo de las joyas era un tema de justicia. Lo cierto es que pertenecían a los Mandeville y debían ser devueltas a ellos. Tenía que haber una manera de hacerlo.

La gente empezó a quejarse de que les tapaban la vista, por lo que se movieron hacia la izquierda de la chimenea. Desde ahí podría estudiar la posibilidad de sacar la estatuilla de la fila. Si acercaba las que estaban en los extremos, no se notaría.

Atrajo a Cressida hacia sus brazos. Ella lo miró casi desesperada mientras él le acercaba la boca al cuello para hablarle al oído.

– No se preocupe, la conseguiremos. ¿Cómo supo que era ésa?

– El sombrero -murmuró de vuelta-, la mujer tiene un sombrero más alto y puntiagudo.

Miró la estatua, deseando que Cressida dejase de moverse tan sensualmente contra él. Era una mujer extremadamente inquieta.

– El sombrero -repitió él sin saber si reírse o gemir.

– Y un cinturón diferente.

Se rió suavemente rozando su fragante cuello y reconociendo el delicado aroma del jabón que había enviado a sus aposentos. Era su favorito para las mujeres, pero ahora, curiosamente, había decidido buscar otro para sus futuras huéspedes. Ese perfume siempre le recordaría a Roxelana.

Ella se giró en sus brazos y él no supo cómo contenerla. Un arlequín se reía mientras intentaba hacer la postura con las piernas cruzadas sobre sus hombros con la ayuda de dos amigos. Tris no se imaginaba cómo iban a ponerle una mujer encima. Hopewell le caía bien y temió que se le rompiera el cuello.

Hopewell inclinó sus piernas cruzadas hacia delante y alguien levantó a una de las prostitutas más pequeñas para sentarla encima de él dándole la espalda. La chica entrelazó sus piernas con las de Hopewell y consiguieron mantenerse en equilibrio, pero comenzó a quejarse de que no era divertido sin un pene dentro. Cressida tenía los ojos como platos y Tris lo único que deseaba era tapárselos con las manos. La chica parecía tener unos trece años, pero prefirió ignorar ese hecho. No podía seguir haciéndose cargo de damiselas con problemas. Además, ésta en particular parecía estar encantada con la situación, si no fuera por la falta de pene.

Cressida se dio la vuelta para mirarlo.

– ¿No sólo la pose?

– No, no se preocupe, no lo vamos a hacer.

– Tenemos que hacerlo -dijo, pero él percibió su temor.

Pasó los nudillos a lo largo de su espalda.

– No, no será necesario. Confíe en mí.

Confíe en mí… cuando todo lo que quería era deslizar su mano bajo su chaqueta y sentir el satén de su espalda y continuar bajo sus pantalones hasta sus deliciosas nalgas. Y levantar su pierna derecha…

Cressida sentía que se volvía loca. Tenían que planificar cómo robar la estatua, pero no podía pensar con claridad ya que su excitación continuaba aumentando. Dos veces había tenido que controlarse para no tocarse entre las piernas. Tenía que ser el alcohol de aquella bebida porque nunca antes se había sentido así. Si pudiese ausentarse un momento para refrescarse con agua tal vez funcionaría. O si no un poco de láudano para dormirse hasta que se le pasase.

En ese momento, tan pegada a Saint Raven, el ruido de la sala sólo era un sonido de fondo mientras se sentía arder, y deseaba locamente restregarse contra él, abrir sus piernas y sentirlo ahí. Sus manos se frustraban al encontrarse con su camisa y su chaqueta. La boca se le hacía agua pensando en él. Quería lamer su cuerpo.

Le dio un escalofrío y pensó en la causa que la hacía sentirse así. Era por su culpa, maldito y astuto sinvergüenza. Había pasado toda la tarde tocándola y dándole pequeños pellizcos, y ahora encima le recorría la espalda con sus nudillos, haciendo que todo su cuerpo temblara de excitación. Cada pliegue de seda de su vestido le acariciaba el cuerpo al moverse, particularmente al rozar sus pezones llenos de deseo. Seda sobre seda. La costura entre sus muslos le tocaba un lugar exquisitamente sensible. Sus pechos parecían desbordarse y sus pezones querían algo más que ser tocados. Pegó su cuerpo al de él. Estaba caliente, tanto como ella, pero continuaba acariciando su espalda casualmente, hasta que llegó al final de su chaqueta e introdujo la mano bajo ella, cálida y sensual sobre su piel desnuda. Ella emitió un suave gemido mientras él la acercaba más a su cuerpo, haciendo que sus pechos chocaran con su tórax, como si supiera exactamente cómo se sentía.

Menudo demonio que era, capaz de hacerla sentir así. Debería detenerlo. Detenerlo todo. Sabía que pararía si insistía. Confiaba en él. Confiaba en él… Su respiración se agitó frenéticamente. Pero si confiaba en él, ¿podía acaso dejar que continuara con lo que estaba haciendo? ¿Aquello que deseaba desesperadamente?

– Aparte el velo un momento, por favor -murmuró, y ella obedeció, bajándoselo por debajo del mentón.

Oh, sí. Besos. Su boca estaba sedienta de besos. Tenía una cierta conciencia de estar en público, pero le daba igual. Atrapándola fuertemente por la espalda, él fue en busca de sus labios y esta vez ella los abrió, deseosa de que la besaran como la noche anterior y más aún. Ansiaba un beso tan retorcido como las estatuillas, un beso que la envolviera por completo. Un beso que la abrasara, que la absorbiera.

Subió su pierna derecha deslizándola por el muslo de él, sintiendo la seda sobre la seda. Era demasiado alto, por lo que se puso de puntillas para rodear su cadera con la rodilla. Esto era lo que deseaba. Esto. Abrirse a él, arriba y abajo, en ese lugar palpitante que ardía al ser presionado, deseándolo cada vez con más fuerza. Tris puso la mano bajo su rodilla para ayudarla a aguantar la pose. No podía imaginarse que un beso pudiera ser más profundo, pero él lo hizo posible. Su deseo se había convertido en dolor y se pegó más contra él para aliviarse mientras la agarraba fuerte por la curva de su espalda. No era bastante, necesitaba más. Al oírla gemir Tris echó su cabeza hacia atrás.

– Demonios.

Tras un momento, bajó la pierna de Cressida y ella sintió cómo contenía el aliento de frustración.

– Lo siento. Hemos ido demasiado lejos.

O no lo bastante. Temblaba, sentía dolor y tenía el estómago horriblemente apretado, hasta el punto de querer echarse a llorar.

– O no lo bastante -dijo al igual que ella, que se acababa de dar cuenta de haberlo dicho antes en voz alta.

Comenzó a acariciarle la espalda nuevamente, pero de manera tranquilizadora.

– Haré algo al respecto, ninfa, pero en otro lugar. Además, no podemos arriesgarnos a irnos; aquí vuelve Crofton.

La ayudó a colocarse el velo y la giró para que pudiera ver el salón, manteniendo los brazos alrededor de ella, con su espalda pegada a su abdomen. Aunque Cressida estuviese destrozada y temblando, se sentía tremendamente protegida.

Crofton, ese demonio colorado, autor de todos sus infortunios, se había colocado en el centro de la sala y exigía atención.

– Amigos míos, ya habéis visto mis nuevos tesoros. Interesantes ¿verdad? Vienen directamente desde la India y son producto, al igual que esta sencilla casa, de una tarde afortunada jugando a las cartas con un mercader arribista que creyó poder mezclarse con sus superiores.