Risas y abucheos. El cuerpo de Cressida se tensó, pero sintió cómo los brazos de Saint Raven la cogían más fuerte. Podía interpretarlo como control, pero también como empatía y protección. Un nuevo dolor la sacudió. Las palabras de Crofton eran un recordatorio de que provenía de otro mundo y que una vez que salieran de allí, no tendría un lugar en el mundo íntimo de Saint Raven.
«Tampoco deseo tenerlo», pensó, consciente de que se mentía.
– ¿Alguno de vosotros habéis intentado las poses? -preguntó Crofton-. Os he organizado una demostración.
Con un aplauso recibió a una pareja de piel oscura vestidos de manera similar a las estatuas. Hicieron una reverencia al público antes de comenzar a imitar las posturas; empezaron por la más simple, con una gracia que Cressida admiró, incluso en el estado en el cual se encontraba.
Luego hicieron la pose en la que los dos tenían un solo pie en el suelo y con el otro se rodeaban las caderas. Su lugar más íntimo comenzó nuevamente a palpitar, mientras se maravillaba con la soltura con la que procedían. Todo el mundo aplaudió.
– Ya -dijo Crofton con una sonrisa- pero ¿pueden aguantarla mientras fornican? ¿Acaso podríais los demás? Pronto lo sabremos.
Cressida pensó que nadie podría; seguro que Saint Raven y ella se hubiesen caído al suelo si no los hubiese aguantado la pared.
Pero no, Saint Raven no estaba tan afectado como ella. Sólo había jugado con su deseo, seduciéndola con demasiada facilidad. Pero lo que lo horrorizó fue recordar que no era una puta, sino una dama con la que debería de casarse si se llegaba a salir con la suya. Ella pestañeó para librarse de unas lágrimas mientras observaba a la pareja deshacer la pose. Luego el hombre se elevó sobre sus hombros con las piernas cruzadas como si fuera la postura más cómoda del mundo.
– Dos personas deben levantar y sostener a mi sakhi, mi señor.
Acto seguido dos invitados elevaron a la mujer hasta sus muslos doblados, de manera que la daba la espalda. Encontró el equilibrio apoyándose en los hombros de los voluntarios, pero en cuanto entrelazó las piernas con las del hombre, pareció estar asombrosamente cómoda. Tras una pequeña pausa para que apreciaran la postura, dejó que los hombres la bajasen.
Cressida miró la serie de poses horizontales, imaginándose con demasiada viveza la manera en la que sus cuerpos conectarían. En la última, en la cual la mujer estaba de espaldas y con las piernas por detrás de la cabeza mientras el hombre movía sus caderas de arriba abajo, los invitados, ávidos, aplaudieron con entusiasmo.
Cressida se acordó de la pareja que había visto anteriormente contra la pared y supo exactamente lo que el hombre había estado simulando. Luego se dio cuenta de que ella misma había tensado sus músculos, moviendo suavemente sus caderas…
¡Oh, Dios, tenía que salir de allí!
Crofton se dirigió a sus invitados con una mirada lasciva.
– Mahinal y Sohni están disponibles para entrenar a los invitados más generosos. O tal vez prefiráis practicar con las parejas que habéis elegido. Supongo que tener una altura similar ayuda bastante. Por lo tanto, St Raven -dirigiéndose a ellos de repente-, tu pequeña hurí es demasiado baja.
– ¿Sugieres acaso que dispones de una mujer de mi estatura?
Todo el mundo se rió y Crofton pareció querer escupir en las llamas del infierno. Se dio la vuelta.
– ¡Bebed, festejad y pasadlo bien! Explorad. A medianoche se anunciará el comienzo del concurso con un gong. Lord Lucifer, es decir, yo mismo, seré el juez y cada vencedor será premiado con la estatuilla que mejor hayan imitado.
Muchos invitados se pusieron a explorar las posibilidades mientras Cressida se concentró en una sola cosa: buscar la oportunidad de llevársela separándola de las demás. Pero eso no sería posible, ya que había demasiada gente estudiándolas.
Tenía que hacer algo. ¿Tal vez hacer que el salón se quedara a oscuras? No veía como. ¿Fuego? Podía incendiar Stokeley Manor… No, no podía. Despreciaba a Crofton y a los suyos, pero tampoco merecían morir abrasados.
CAPITULO 10
Se giró en los brazos de Saint Raven para mirarlo a la cara, evitando que su cuerpo tan lleno de deseo la distrajera, aunque el tacto de la seda sobre la seda, y ésta sobre su piel, la hacían arder de deseo.
– ¿Qué vamos a hacer?
Él también parecía pensativo, y para nada afectado por el tacto de la seda sobre su piel.
– Lástima que no tengamos la que cogió su padre. La podríamos haber cambiado por otra en un momento de distracción.
– Tenía que haberlo pensado.
– Esperaba tener un momento para extraer las joyas. -Es cierto.
Tris apoyado contra la pared, cambió de postura, haciéndole sentir esa sensación febril en la piel, atormentando su olfato con el cálido aroma del sándalo y algo más, algo más profundo y misterioso… Alejó la mente de ese abismo.
– ¿Qué hacemos ahora?
Le vinieron lascivas respuestas a la mente mientras lo miraba, deseando irracionalmente ver la misma necesidad reflejada en su rostro.
– Salgamos de aquí -le dijo, y poniendo un brazo alrededor de su cintura para alejarla del tesoro, dejaron el salón.
No había mucha gente en el vestíbulo y la puerta principal estaba cerrada. Una fuerte campanilla sonó sobresaltándola: era el antiguo reloj principal que anunciaba las once de la noche, como un involuntario testigo horrorizado por tanta decadencia.
Faltaba una hora para el concurso. ¿Haciendo qué? Ser parte de otra lujuriosa exhibición le apetecía tanto como que la quemaran viva. ¿Y cómo iban a conseguir la estatuilla? Sabía que no podía participar en el juego, pero no aceptaría irse sin ella. Haber llegado tan lejos para nada, era increíble.
Por el momento seguía a Saint Raven, que la llevaba hacia el fondo de la casa. Si estaba buscando privacidad, no la encontraría fácilmente. Había gente por todas partes, en parejas y en grupos, tanto por los pasillos como en las habitaciones, todos comportándose disipadamente. Cressida estaba asombrada de la cantidad de gente que se besaba, acariciaba e incluso copulaba por los pasillos. Pero lo que más le impresionaba era el deseo que inundaba su cuerpo al escuchar los agitados jadeos que llenaban el lugar.
Se concentró seriamente en Saint Raven para no ver nada más, a pesar de que esto le causaba una serie de pensamientos que no quería tener. Una mujer chillaba, mientras un hombre gemía de placer. Un dolor abrasante atravesó su entrepierna y escuchó a alguien murmurar una blasfemia. ¿Provendría acaso de Saint Raven? Su brazo se tensó, acelerando el paso por el pasillo hasta que se dieron de bruces con un grupo.
¿Grupo? Se trataba realmente de un nudo de cuerpos. Una de esas putas jovencitas estaba de rodillas besando… ¡no podía ser! Saint Raven la obligó a darse prisa, llevándola casi por los aires. Sentía que sus piernas le fallarían en cualquier momento, haciéndola tropezar o caerse al suelo… donde tal vez él… Era un sinvergüenza, seguro que lo haría. Ese lugar dentro de ella palpitaba con más fuerza que su propio corazón.
De pronto él se detuvo en una esquina que estaba tranquila.
– ¿Se le ocurre algún sitio donde haya un poco de privacidad? ¿Una bodega? ¿Un ático? Sonaba desesperado.
Una feroz excitación le recorrió cada una de sus alteradas terminaciones nerviosas y su cuerpo caliente. Había dicho que no haría demostraciones públicas y ahora estaba desesperado por un poco de privacidad.
– La cocina no; hay sirvientes -explicó ella-. En el ático están los desvanes y los cuartos de los criados, lo podemos intentar.
No podía ni hablar correctamente.
– Esperemos que los demás no tengan la misma idea.
– Pues salgamos fuera.
– Buena idea. ¿Cuál es la salida más rápida?