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Esta vez fue ella quien lo guió, tan ansiosa como él de encontrar privacidad y lo que viniera a continuación, aunque fuera a dar un paso hacia el infierno. Al salir, Tris exclamó:

– Gracias a Dios.

Una fresca brisa campestre sopló sobre la caliente y húmeda piel de Cressida, llevándose parte de su locura con ella. El pecado seguía palpitando en su interior y cosquilleando su mente llena de nuevas informaciones, pero al menos ahora podría controlarse. Tal vez.

«¡Recuerda! -se ordenó a sí misma, mirando la luna blanca y pura-. No deseas perder tu virtud con un sinvergüenza en una orgía.»

– Vaya por delante que conoce el camino -le dijo-, incluso con luna llena no se ve bien.

– ¿Qué estamos buscando?

– Un lugar para esperar hasta la media noche sin tropezamos con nadie.

Medianoche. El concurso.

– Pero dijo que no competiríamos.

– Por supuesto que no, pero nos puede surgir una ocasión. Nos llevaremos las joyas antes o después del concurso. Los ganadores seguro que serán bastante peculiares, y a saber si estarán lo bastante sobrios como para darse cuenta del extravío.

Así de sencillo podía resultar; mientras tanto tenían una hora.

– Entonces ¿dónde? -le insistió.

– ¿Los establos? No, ahí estarán los mozos. ¿La cervecería? -Si se puede evitar, mejor. Siempre huele mal. -Los almacenes… estarán cerrados. La lavandería… -intentó recordar la casa.

– ¡El horno! -exclamó-. Aunque lo hayan usado hace un rato, dudo que haya alguien ahí ahora. No hay nada desagradable en el olor a pan caliente.

– En absoluto. La sigo, pues, Roxelana.

Puso la mano sobre la suya, claramente esperando que lo guiara hasta allí, lo cual ella hizo disfrutando del leve y cálido tacto de su piel, como un mendigo hambriento lo haría con unas migajas. Con el corazón palpitando y la boca seca, lo llevó rodeando la alborotada y escandalosa mansión. Algunos de los invitados también habían salido. Las sombras y los arbustos cobraban vida con las risillas que provenían de ellos, delatando así diversión y comportamiento disoluto. Su traviesa imaginación la tentó a llevarse al duque de Saint Raven a los arbustos. Se imaginó llena de barro, paja y hormigas. Cerca de los establos había ortigas. «Piensa en las ortigas, Cressida.» Una picadura podría hacerla olvidar su estado febril.

De los establos salía tanto ruido como de la casa. Alrededor estaba lleno de carruajes y los campos cercanos de caballos; todos los cocheros y mozos de cuadra parecían haberse instalado en los establos a beber en compañía de unas cuantas mujeres chillonas.

– Ya veo por qué envió su carruaje al pueblo. Pero ¿no se sentirán sus hombres discriminados?

– No tanto como si me los llego a encontrar borrachos. ¿El horno está al lado de la cocina?

Al oír el tono drástico de su voz, avivó el paso y cruzaron por delante de la cocina. Se detuvo ante la sencilla puerta de madera del horno de pan, la abrió cautelosamente y se sintió bienvenida por un bendito silencio y el cálido aroma del pan horneado. La envolvió como un antídoto a la locura que reinaba por todas partes esa noche. Era un lugar demasiado sano para el pecado. Le soltó la mano y se adentró en la oscura seguridad del interior.

– Imaginé que su padre tendría este lugar tan bien cuidado como una torre -dijo al cerrar la puerta, dejándolos en una oscuridad sólo rota por la luz de la luna que se filtraba a través de tres ventanas altas.

– No hay una puerta que lleve de la casa hasta aquí -le contestó separándose unos centímetros de su tentación.

– Aún así, hay cosas que robar.

Se dirigió al otro extremo de la estancia, lo cual a Cressida le provocó alivio aunque también una ligera decepción. Rogó que no se le notara.

– No hay nada de mucho valor aquí. Cuencos, quintales de harina, rollos de amasar.

– Hay quienes están tan desesperados que roban lo que sea.

– Es verdad -pensó en alto un instante-. Tal vez mi padre tuviera más miedo de que lo asesinaran por la noche, que de que le robaran. Las posesiones no parecen importarle demasiado.

– Eso es evidente.

En su tono había un directo reproche, pero en ese momento ella no iba a discutir ese asunto. Tampoco estaba segura de que fuese un tema que debatir. Se frotó los brazos, luchando por no desear que la tocara.

– Por las historias que me ha contado mi padre, supe que ganó y perdió muchas fortunas, con sus negocios, no con las cartas. En la India siempre hay oportunidades para un hombre valiente y listo, dice él.

– Y en Inglaterra, incluso después de habérselo jugado todo, tenía las joyas como respaldo.

Ella sólo podía ver su contorno plateado bajo la luz de las ventanas, mientras exploraba el otro extremo del lugar. Cressida lo observaba recordando los detalles de la habitación. La gran mesa para amasar, dar forma y enrollar la masa; justo al lado, el estante con los rollos, cuencos y pequeños recipientes.

– Muy aventurero -observó él-, pero no lo bastante como para arriesgarlo todo. Me pregunto cómo cometió ese error.

– Tiene mal la vista, igual que yo.

– O deseaba perderlo todo.

Cressida miró su sombra en la oscuridad.

– ¡Eso es absurdo!

– ¿Ah, sí? Mi teoría es que la gente suele conseguir lo que realmente desea, por muy indeseable que parezca en la superficie. Hay quienes encuentran la calma tan intolerable que la destruyen cada vez que la consiguen. Tal vez su padre se sentía tan atrapado por su predecible vida inglesa que intentó escapar de la única manera que sabía.

– ¿Buscando una nueva aventura? -lo dijo con incredulidad, a pesar de percibir algo de verdad en lo que decía-. Pero ¿y nosotras? ¿Y mi madre?

– Tal vez por eso su mente está congelada. Tal vez se olvidó… ¡Ah, no! Se volvió loco al perder las joyas ¿no es así? Eran para usted y su madre. Tuvo que ser como haber molestado a un tigre para divertirse y después descubrir que se ha comido a los suyos.

Cressida se puso las manos en la cara, encontrándose con una máscara y un velo. Se los quitó y los tiró al suelo, percibiendo cómo el velo caía más lentamente. Deseó poder negar el análisis de Saint Raven, pero sonaba sensato y demasiado verdadero. No había conocido a su padre hasta después de muchos años, pero comenzaba a sentir un creciente resentimiento hacia él. Seguro que había deseado volver a Inglaterra, reunirse con su mujer y su hija y estar en los más altos niveles sociales como sir Arthur, un rico mercader.

¿Había sido consciente de lo que había hecho? ¿Y por qué?

– Todas esas historias -dijo-. Fortunas ganadas y perdidas. Jugando con su vida. ¿Cree que sabía lo que hacía? ¿Que buscaba el riesgo?

– ¿Quién sabe? Pero he conocido a hombres así y nunca admiten saber nada. Se quejan de su mala fortuna, pero siguen haciendo lo que la causa.

Movió algo que provocó un pequeño estruendo.

– ¿Qué es esta enorme caja de madera?

Ella se alegró de tener una pequeña distracción.

– La palangana para amasar. Solía venir de vez en cuando a mirar. Me fascinaba ver cómo hacían el pan; era algo nuevo para mí, ya que siempre lo habíamos comprado en una tienda de nuestra calle.

¡Qué provinciano le parecía ahora! Estaba segura de que el duque de Saint Raven nunca había comprado el pan en una tienda.

– Me encantaba la panadería de Lea Park -le dijo, como para confirmar que se equivocaba-. No miraba cómo lo hacían, pero siempre estaba caliente y tenía ese característico olor a pan amasado. Todo un alivio para los chicos hambrientos.

– ¿Es Lea Park su hogar?

– ¿Qué es un hogar?

Esa extraña pregunta se le quedó en la mente.

– El hogar es donde está la familia.

– Su padre estaba en la India, pero la India no ha sido su hogar.

– El hogar por lo tanto es donde una persona crece.