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– Hasta que se mudan.

Ella no sabía que hacer; la conversación no conseguía hacerla volver en sí, y el simple soplo de su voz le erizaba la piel y hacía que su respiración se volviese más profunda. O tal vez eran sus manos, que le cosquilleaban por querer tocarlo. Deseaba con locura apoyar la cara en su pecho para inhalar el aroma a sándalo que ahora sentía. Incluso bajo el olor del pan recién hecho…

Dio unos pasos hacia atrás y se encontró con el cálido y suave arco de escayola del horno de pan. Dejó que eso la confortara y se concentró en lo que le había dicho, en aquello que no había comprendido.

– O sea ¿que Lea Park es su casa? ¿Dónde creció?

Vio cómo él también se acomodaba, seguramente con las caderas apoyadas en el marco de la ventana.

– No, crecí en Sommerset, en una casa llamada Cornhallows. Una pequeña mansión no muy diferente a ésta. No tenía horno porque estaba cerca del pueblo donde había un panadero.

– Entonces compraba el pan de la tienda. -No respondió inmediatamente, lo cual la desconcertó-. Suena como si fuera un hogar agradable.

– Lo era hasta que mis padres murieron.

La pena que desprendían sus palabras fue directamente a su corazón, haciéndole olvidar sus carnales deseos.

– ¿Cómo?

– Se ahogaron mientras cruzaban el Severn.

– ¿Los dos juntos? -No podía imaginarse algo así.

– Intenté quedarme en Cornhallows, pero claro, nadie quiso hacerse cargo de un niño de doce años. La casa era de alquiler, así que ahora viven allí otras personas.

Cressida suspiró, sintió la aspereza del aire en su garganta al imaginarse a ese pobre niño. Doce años. No era extraño que se preguntara qué era un hogar.

– Pero ¿su padre no era el duque?

– El duque era mi tío, aunque por entonces yo ya era su heredero.

– ¿Por eso se fue a vivir con él a Lea Park?

No podía. No sabía mucho del duque de Saint Raven, pero Lea Park no sonaba apropiado para él. De pronto le asaltaron un montón de recuerdos: el duque en la distancia, en el teatro, los salones de baile y las soirées siempre riéndose y lleno de vida. Siempre siendo el centro de atención de cada evento, como un ciervo en una cacería.

– Lea Park es donde vive el duque de Arran. Era un amigo de mi padre que accedió a ocuparse de mí. Me eduqué con su familia y así aprendí todo lo relacionado con el ducado.

Aunque esta charla amistosa parecía ser el perfecto antídoto para el deseo, ahora Cressida se sentía atrapada por una nueva locura. Necesitaba saberlo todo sobre este hombre, necesitaba comprenderlo y poder darle apoyo. Era una nueva e irresistible locura en medio de la fragrante oscuridad.

– ¿Por qué no se fue a vivir con el duque de Saint Raven?

Escuchó una irónica risilla.

– Yo no era la persona más querida en Saint Raven's Mount. Mi padre y mi tío se habían llevado mal casi desde la infancia. El duque, en mi casa nunca lo llamaron de otra manera, tenía diez años más. Por lo visto había sido siempre un arrogante, y mi padre se negaba a doblegarse ante su hermano. Era un desenfadado iconoclasta.

– ¿Un republicano? -le preguntó sorprendida.

– No ardientemente, pero cualquier enemigo de su hermano era su amigo. Un niño de doce años no entiende de esas cosas, pero dejó una especie de diario en el que aprobaba la Revolución Francesa. Sin duda alguna hubiese dado gritos de júbilo junto a la guillotina si al duque le hubiesen cortado la cabeza.

– No puede ser.

– Nunca lo sabremos. Pero no creo que quiera escuchar más sobre la sórdida historia de mi familia.

¡Claro que quería saberlo todo sobre él!

– Seguro que a toda Inglaterra le encantaría conocer la historia íntima de su familia, mi señor duque.

Fue recompensada con una risotada que sonaba genuina.

– Muy bien, entonces continúo: mi padre y el duque se odiaban y era algo que tenía mucho que ver con la sucesión. Para el duque era una tarea sagrada mantener a su hermano loco lejos de su alcance. Confieso que de algún modo lo entiendo, teniendo en cuenta cómo mi padre hacía gala de sus ideas revolucionarias. Cada nueva hija que tuvo mi tío debió haber sido una terrible decepción y siempre se lo manifestó a su esposa. No era el tipo de mujer que acabaría apocándose ante tal actitud, así que se volvió dura y amargada. Lo cual es algo por lo que doy las gracias, ya que así no me enviaron a vivir a Mount Saint Raven. Juró no vivir nunca bajo el mismo techo que yo.

– Qué absurdo. Si hubiese sido buena, podría haberse convertido en un hijo para ella.

Volvió a reír.

– Querida Cressida…

Su tono incrédulo le provocó un escalofrío.

– ¿Cree que había algo de maternal en ella? Incluso la duquesa de Arran veía a sus hijos una hora al día hasta que tuvieron una edad en que le parecieron más interesantes. Creo que mi tía no hacía ni eso. Sus hijas crecieron en una casa separada hasta que empezaron su formación. Luego las trasladaron a Mount Saint Raven, y entonces tuvieron que empezar a presentarse ante ella para que las examinara en sus logros como damiselas. Imagino que la vida en Matlock es algo distinta ¿verdad, Cressida?

– No hace falta ese tono irónico. Supongo que tampoco es como la vida en Cornhallows.

– Touché. Por lo que sé, a mi tío le dio un ataque de ira cuando supo de mi nacimiento. Sospecho que a mi padre le hubiese gustado pasear a seis niños delante del duque sólo para hacerlo rabiar, lo cual podría haber acabado con él. Pero mi padre se casó tarde y tuvo la coherencia de no casarse con una jovencita. Mi madre tenía treinta y cinco años, y era una mujer independiente y muy inteligente.

Cressida sintió el gran cariño que le tenía. Detrás de su cinismo y amargura adulta ¿seguía hiriéndolo esa terrible pérdida infantil?

– ¿Ya no pudo tener más niños?

– Por lo visto, no. Tuvo dos pérdidas tras mi nacimiento y tal vez mi padre se aseguró de que no volviera a concebir. Ella era mucho más valiosa que la rivalidad que tenía con su hermano. La temprana muerte de mi padre debió haber sido un alivio para los duques, pero no lo bastante.

Deseó estar más cerca de él y poder acariciarlo con afecto. -¿Era realmente tan odioso?

– Oh, sí que lo era. Me lo encontré una vez en Londres, tenía dieciocho años y recuerdo cómo me impactó su odio. El duque ni me miró, pero la duquesa… Si por ella hubiese sido, me habría clavado una daga en el corazón, y si no lo hizo fue por temor a la horca.

Era tan difícil para Cressida imaginarse todo esto que se limitó a sacudir la cabeza.

– Pero ¿Lea Park fue un buen hogar?

– Gracias a los Peckworth. Son una buena familia.

Peckworth. Los recuerdos de Cressida se conectaron.

– ¿Lady Anne Peckworth es la hija del duque de Arran?

– ¿La conoce?

Cressida casi se ríe; de hecho podía haber acabado haciendo obras de caridad con la hija del duque, lo cual era una de las maneras de entrar en los círculos de la alta sociedad.

– La vi con usted en Drury Lane. Era el estreno de Una mujer atrevida.

«Y usted besó su mano de una manera que hubiese roto mi corazón si fuese lo bastante tonta como para que me importara.»

Se quedó pensando en la imagen de él con lady Anne, mirándose a los ojos, con complicidad e intimidad. Si tenía alguna tentación de ponerse a soñar con él, se recordaría que ya estaba comprometido. Intentó sentir lástima por lady Anne, atrapada por ese irresponsable libertino, pero no lo consiguió. Tal vez las migajas sí que merecían la pena.

– Una obra divertida ¿no le pareció?

Sus palabras la sacaron de sus pensamientos.

– ¿Divertida? Mucho. A mi madre no le gustó demasiado, pero mi padre se partió de risa.

– ¿Y usted?

Recordando aquella noche, se sorprendió de toda la atención que le había prestado a la obra teniendo en cuenta que podía haber estado mirándolo a él.