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– Creo que me perdí algunas de las referencias ingeniosas del diálogo.

Lo vio moverse y, aunque sus zapatillas asiáticas eran muy silenciosas, escuchó cómo cruzaba la oscura estancia acercándose a ella.

– ¿Se le ilumina la mente ahora? -le dijo mientras se aproximaba.

– Un poco.

Recordó un chiste de la obra sobre gallos altivos, lo cual parecía tener sentido en este momento. Lo tenía casi delante de ella y otra vez sintió que se inundaba de deseo.

«El propósito. La búsqueda. ¡Piensa en eso, Cressida!»

– ¿Qué vamos a hacer? -dijo de pronto.

En el horno había un reloj para que los panaderos controlaran cuánto tiempo llevaban en el fuego sus hogazas, pero no lo veía en la oscuridad. Aún tenía que pasar toda una hora y él estaba demasiado cerca, a sólo unos centímetros de ella.

Se dio la vuelta, intentando evitarlo con disimulo. De pronto tocó la puerta de acero del horno, pero retrocedió creyendo haberse quemado, aunque no estaba caliente. Bajó el pomo, dejándola abierta entre ellos dos y un aromático olor salió de su interior.

– Deben haber horneado los panes y tartas hoy mismo.

«Suculentas tartas, largas barras de pan. ¡No pienses en eso!» El se pasó hacia el otro lado de la puerta, acercándose. Necesitaba una nueva barrera.

– ¿Y qué hay de lady Anne?

– ¿En qué sentido?

– Dicen que se va a casar.

Estaba cada vez más cerca.

– Los rumores, como siempre, se equivocan. Es mi hermanastra y está enamorada de otra persona.

Su loco corazón le dio un vuelco y él enseguida le preguntó:

– ¿Celosa?

– ¡No! -Cressida se echó hacia atrás, pero estaba atrapada y con la espalda contra el horno.

– Somos camaradas por esta noche, Cressida. Ni más ni menos que eso, y me gustaría tenerla en mis brazos.

Dio un paso hacia ella, y atrapándola con su calor y dureza contra el cálido horno, la cogió por las caderas y bajó la cabeza para besarla en medio de la oscuridad que provocaba su cuerpo. Eso no estaba bien. Peor aún, era una locura. Toda esta conversación sobre su familia y sus penurias de la infancia podían no haber sido más que un truco de este sinvergüenza para ablandarla, ya que había provocado una intimidad que no existía entre ellos.

Aún así, le había advertido lo que había. Nada más ni nada menos. Tenían esa noche, sólo esa noche. Creyó que sus labios intentaban expresar eso mismo contra los suyos. Fuera lo que fuese lo que estuvieran haciendo, hacía que su confusión se transformase nuevamente en fiebre.

– ¿Qué hace?

– Darle placer -murmuró-. Confíe y ríndase al placer.

– No debería. No debiéramos. ¿Qué estamos haciendo?

– Explorar. Explore conmigo, ninfa y probaremos todos los placeres.

– Marlon, un poema muy pícaro.

Retrocedió un poco, pero seguía atrapándola con sus brazos.

– No huya de esto, Cressida. Tiene el nombre y el corazón de una exploradora. Explóreme, Cressida Mandeville.

Rozó su boca con la suya provocándole más tormento aún que un beso.

– Vamos, pequeña. Explore. Le prometo que la llevaré de vuelta a buen puerto.

Deslizó las manos por sus brazos para encontrarse con las suyas y llevarlas a su costado.

– Suélteme la blusa.

Afortunadamente estaba apoyada contra el horno, lo cual evitó que se cayera al suelo. Con sus manos sobre las suyas muy poco a poco fue soltando su blusa de satén por fuera de sus pantalones y… ¡Oh, Dios! Presionó las manos contra su piel caliente. Las mantuvo ahí un momento y luego recorrió nuevamente sus brazos y hombros para acariciarle suavemente el cuello. Ella no pudo contener las ganas de estirarse y echar la cabeza hacia atrás contra el horno. Tampoco pudo evitar flexionar los dedos sobre su piel, tan suave y tersa por encima de sus huesos y músculos.

Sus expertas manos exploraron su nuca y su cuello, haciéndole sentir algo mágico. Lo atrajo más hacia ella y cuando sus labios se volvieron a rozar con los suyos, lo besó con fuerza. Entonces, tímidamente, asomó la lengua para lamer su boca.

CAPÍTULO 11

Tris sonrió y respondió con un profundo beso. Cressida Mandeville lo había estado volviendo loco durante horas y por fin se disponía a jugar con él.

Además, no había llegado a satisfacerla aún, lo cual no era propio de un galán. Pero ella retrocedió.

– Tengo miedo.

Su retirada le permitió acceder a los botones de su chaquet mientras sus dedos intentaban abrirlos, le preguntó:

– ¿De qué, corazón?

– De esto.

Abrió el primer botón.

– ¿Deseas que pare?

– No.

Sonrió al verla dudar con la respiración entrecortada y abrió un segundo botón, pero ella le atajó la mano.

– No podemos. ¿Y si llegara a concebir?

– No lo harás, lo prometo.

A pesar de su intento por controlarla abrió el siguiente botón

– ¡Cualquier sinvergüenza diría lo mismo! ¡Déjeme ir!

Se quedó quieto, pero sin echarse hacia atrás.

– Confías en mi, Cressida.

– No es verdad.

– Entonces dime por qué estás aquí. ¿Por qué estás tan segura de que no te voy a entregar a Crofton? ¿O que no voy a recuperar las joyas para luego robártelas?

– Usted es rico, esas joyas no significan nada.

Sentía su respiración agitada. Para darle tiempo bajó sus manos y las deslizó por debajo de la chaqueta. Acarició sus caderas con la punta de las uñas. Al oírla inhalar y sentir que acercaba su cuerpo hacia él, supo que sólo era cuestión de tiempo. Podía ser muy paciente cuando se trataba de conseguir lo que quería.

– No sé cuánto costarán las joyas, pero no me iría mal ese dinero.

– ¿Un duque?

– ¿Me creerías si te lo explicara? Bajó la cabeza arrimándose a su cuello.

– Sí.

– Porque confías en mí -afirmó mientras lamía suavemente su cuello, sintiendo cómo ella aguantaba la respiración. Esperó su respuesta.

– Imagino que sí.

Le encantaba cómo se resistía verbalmente mientras todo su cuerpo le demostraba lo mucho que estaba disfrutando.

– Entonces confía en mí ahora, preciosa. Explora conmigo. Podemos hacer muchas cosas sin correr ningún riesgo. Confía en mí.

Soltó sus caderas y tomó en su mano un seno dulce y generoso, cuyo pezón comenzó a cosquillear con el dedo pulgar.

Ella soltó un jadeo y se puso de puntillas y él no pudo evitar una risa victoriosa.

– ¿Ves?

– Sí…

Deslizó las manos hasta sus hombros para quitarle la chaqueta. En ese momento Cressida le dio un leve empujón y él dio un paso atrás un tanto sobresaltado. Cuando ajustó la vista vio que había vuelto a cerrarse la chaqueta y lo estaba mirando con los ojos muy abiertos y con miedo. Miedo. Dios mío.

Levantó las manos.

– Está bien, está bien. No te voy a forzar.

Su corazón palpitaba como si su vida dependiera de su respuesta. Ella miraba hacia abajo intentando cerrar los culpables botones, y aunque él deseó ayudarla mantuvo la distancia.

– Háblame, amor, pensé que estabas pasándolo bien.

– Así es -murmuró, dejando las manos quietas.

A pesar de todo, su valiente honestidad lo sedujo enormemente mientras ella se cerraba como podía los últimos botones.

– Pero no está bien; tiene que saber que no está bien -le dijo mirándolo a los ojos

– Te dije que no te dejaría embarazada.

– No tiene nada que ver con eso… -le dijo mientras lo miraba- Creo que no hablamos el mismo idioma.

Sintió un fuerte escalofrío. Tenía razón. La señorita Mandeville de Matlock tenía toda la razón; era una locura imaginarse algo más allá de esta quijotesca hazaña.

– Hemos estado hablando un idioma distinto. Creí haber escuchado que confiabas en mí.

– ¡Y así es! Pero está mal. Tal vez no en su mundo, pero en el mío… en mi mundo, la gente decente no hace cosas así.