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– Eso es lo que tú te crees.

Todo esto debería provocarle risa. Pero entonces ¿por qué 1e palpitaba así el corazón? ¿Por qué la distancia entre ambos le causaba tanto dolor?

– Creo que ahora nos entendemos -dijo, con toda la tranquilidad que pudo-. Estás negando los deseos naturales de tu cuerpo señorita Mandeville, porque han triunfado los cánones y el decoro de los Matlock.

– Por supuesto.

– Tonterías. El decoro no es más que una camisa de fuerza. Aunque si te sientes cómoda dentro de ella, quédate ahí.

Quería sonar tranquilo y sereno, pero una rabia ardiente acompañaba sus palabras como llamas ardiendo de una daga. ¡Dios! La espada de la sabiduría le hacía mucha falta en ese momento para poder demostrarle que eso no era importante. Giró la cara y miró el reloj.

– Faltan quince minutos para medianoche. Ha llegado la hora de ir a buscar tu tesoro.

Miró a su alrededor y vio los velos blancos caídos en el suelo. ¿Por qué se los habría quitado si no para invitarlo? Los recogió y Cressida los agarró enfurruñada. Quería y necesitaba estar enfadada con él, por reírse de ella y hacer ver que la virtud era una tontería. Le hacía falta recomponerse, pero su cuerpo sin satisfacer le temblaba por dentro y le sugería que hasta las cosas imposibles pueden ser posibles. Pero tenía razón y lo sabía, no podía ser de otra manera, aunque aún así estaba enfadada, o algo más que enfadada. Lo que quería era ir hasta él, y rendirse a sus deseos y a los suyos propios, a pesar de saber que no sería más que otra diversión de un vividor. Además, no era culpa suya si no pertenecía a este mundo ni quería jugar a sus sórdidos juegos.

Tenía que volver a ponerse los velos, pero las manos le temblaban. Aun así, debía hacerlo sola; no podía pedirle ayuda. Seguramente él percibió algo y dio un paso atrás para dejarla pasar sin necesidad de que se volvieran a acercar. Ella se dirigió a la mesa grande y dejó caer lo que llevaba en las manos.

¿Cuál era el orden? El velo de la cabeza. No, primero el de la cara. ¿O la máscara? No, porque agarra el velo. Con las manos aún temblorosas, intentó atar las cintas del velo de la cara alrededor de su cabeza.

– Déjame ayudarte -dijo Tris con un tono que sonaba extrañamente como una súplica.

– Está bien -le contestó casi conmovida.

Sus pasos seguían siendo silenciosos, pero sintió que se acercaba. Esta vez estaba preparada y no tembló cuando le tocó las manos para agarrar las cintas del velo, ni cuando al atar el nudo movió su pelo con los dedos. Pero temblaba por dentro al darse cuenta, dolorosamente, de lo cuidadoso que había sido de no acercarse ni un milímetro más de lo necesario… cuando hacía tan poco la hubiese abrazado, excitándola y besando su cuello.

«¡Oh! Cressida Mandeville de Matlock, estás totalmente loca. Pero ¿loca por dejarte seducir o por rechazarlo?»

De espaldas a él, recogió el velo azul, lo sacudió y se lo puso sobre la cabeza. Luego dejó que atara la máscara para que se mantuviera en su sitio, volviendo así a ser Roxelana otra vez, reina del harén, mujer de Suleimán…

Él se apartó y ella sintió el espacio vacío que había ocupado. Ahora que había sido clara, no iba a entrometerse más. Habían estado hablando de un mismo tema en diferentes idiomas. Se volvió hacia él.

– Lo siento.

– Soy yo el que debería sentirlo por haberte molestado.

– No me molestó -dijo sin más, pero mentía. Tal vez no se estaban refiriendo al mismo tipo de molestia.

Deseaba, por alguna razón, volver a la cercanía que habían tenido hacía unos momentos y buscar una explicación a todo esto.

– Creo que no era yo. Seguro que le pareció que yo… -pero se mordió la lengua-. Seguro que fue por el alcohol de esa bebida.

– ¿La cerveza de Crofton? Pero si apenas la probaste…

Se alegraba de que la oscuridad escondiera el rubor de sus mejillas, sintiéndose intoxicada. Eso era ¡la habían intoxicado!

– Tomé un poco y luego un sirviente me remplazó el vaso.

– ¡Dios mío! -dijo, seguido de una risa anticipando la barbaridad que añadiría a continuación-. ¡Pobre Cressida! Eso, querida era un potente afrodisíaco. Es lo que ha causado toda esa juerga por los pasillos, incluso en las fiestas más salvajes los invitados buscan algo más de privacidad.

– Afro…

– Aphrodisiakos -dijo él, obviamente en griego-. Viene de Afrodita, la diosa del amor, o para ser más preciso, del placer sexual. Cressida, perdóname. No lo sabía…

– Fue culpa mía. ¿Cómo podía saberlo?

Afrodisíaco. ¿Ese ardiente deseo había sido provocado por una bebida? Se acordó de un momento cuando estaban en el salón y de la desesperación que había sentido entonces. Si él no hubiese parado estaba no estaba segura de haber tenido la fuerza para hacerlo ella.

– Gracias -dijo de nuevo.

– No hay nada que agradecerme -contestó él llanamente. -No debí haberte traído, pero ya que lo hice, debería haberte protegido más. Y nunca debí intentar nada. Tenía que haber sabido que no era exactamente lo que una mujer como tú busca en la vida.

Una mujer como tú. Una mujer de Matlock. Encerrada en Matlock. Pero esta señorita de Matlock sí que buscaba eso, y ya no estaba segura que fuera por el afrodisíaco, aunque esta vez cuando la tentación volvió a pestañear, la apagó de un pisotón.

– Son casi las doce -anunció en el tono más prosaico que pudo.

– Sí, deberíamos volver a la casa. En cuanto alguien gane la estatuilla, podremos llevarnos las joyas y acabar con todo esto.

Acabar con todo esto.

– Qué gracioso que después de todo lo que ha pasado, vaya a resultar tan fácil al final. Se rió.

– Lo veremos tras el evento.

– Funcionará, su excelencia.

– Saint Raven.

Se rindió ante él.

– Saint Raven.

– Tris.

El nombre llegó hasta su oído como un susurro que la invitaba al pecado.

Apretó los labios para no ceder. ¿Cómo iba a estar tan loca como para tener miedo de un nombre?

– Se me podría escapar en público -dio como excusa, aunque era una tontería pensarlo-. Y no es que crea que nos volveremos a ver en público.

– Como sabes, de vez en cuando voy a los bailes de salón.

Podría haberle hecho saber que durante su temporada en Londres, en la cual asistió a varios bailes y eventos, nunca le habían presentado a Saint Raven, pero dijo otra cosa.

– Pero yo regreso a Matlock.

– Imagino que incluso Matlock permite la entrada a los forasteros.

– ¿Necesita acaso bañarse en las aguas termales?

– Después de esto seguro que sí.

Era una broma, pero le rompió el corazón. Ojalá pudiesen ser sólo amigos.

– Tenemos que irnos, Saint Raven -le recordó-, si queremos saber quién se gana la estatuilla.

– Sí-dijo, aunque continuaba sin moverse-. Déjame ser tu agente en esto, Cressida. Iré yo mientras tú te quedas aquí.

No se había dado cuenta de lo poco que deseaba volver a ese repugnante lugar.

– Aquí estarás segura. Todo el que no esté ocupado estará mirando el concurso.

– ¿Y si sólo puede coger la estatuilla durante un momento?

– Dime cómo abrirla. -Miró las manillas del reloj-. Rápido.

Ella se concentró en su respuesta.

– No es fácil, las estatuillas están talladas por toda la superficie excepto en la base. Tiene que introducir algo fino y fuerte, como una cuchilla o una uña, en la base del cinturón, justo en el centro y, a la vez, debe tirar de los talones. Si acierta, sentirá un ligero movimiento, pero muy suave. En ese momento gire sus piernas hacia la izquierda y se abrirá el cierre de la cavidad.

– Por lo visto no se abre de cualquier manera. ¿Cómo de larga tiene que ser la uña?

Consiguió no temblar al recordad las suyas sobre su piel.

– Más largas que las suyas, creo. ¿Su daga?